Terremoto en Cali deja familias a la intemperie mientras su hospital sigue luchando
Tras el terremoto de magnitud 7,4 en Colombia, dos comunidades de Cali revelan la falla más profunda del desastre: familias que custodian apartamentos agrietados por los que aún deben dinero, y trabajadores hospitalarios que salvan a cientos. Al mismo tiempo, familias esperan junto a una torre colapsada por noticias que nunca llegan.
Hipotecas bajo el cielo abierto
En Reserva de Meléndez, ahora se duerme bajo carpas militares instaladas a la vista de las torres de apartamentos que los residentes antes consideraban seguras. Unas 200 familias han pasado dos noches afuera, demasiado asustadas para confiar en las paredes agrietadas que dejaron atrás.
Dentro de las carpas hay ropa rescatada, documentos, fotografías y mascotas. Los niños se acurrucan junto a padres que no pueden responder la pregunta: ¿Cuándo vamos a volver a casa?
Katherine Almeida, una joven residente convertida en vocera comunitaria, dijo a EFE que la confusión reinó en los primeros segundos. Algunos vecinos bajaron corriendo por las escaleras. Otros agarraron lo que tenían cerca. Varios solo tuvieron tiempo de sacar a sus hijos afuera.
El temblor terminó. La emergencia continuó.
Los residentes describen techos desprendidos, grietas enormes y torres visiblemente dañadas. Lo que aún les falta es una evaluación experta del suelo y las estructuras que explique si regresar es peligroso, temporal o imposible.
Esa incertidumbre tiene peso financiero. Muchas familias compraron estos apartamentos con créditos que aún están pagando. Otros alquilan y no tienen a dónde ir. Un hogar dañado puede convertirse en una deuda mensual atada a un lugar que nadie podrá habitar.
Las autoridades y voluntarios han ofrecido albergues, pero muchos residentes se niegan a irse. Almeida dijo a EFE que temen que los saqueadores se lleven lo poco que quedó. Las familias permanecen junto a los edificios, custodiando sus pertenencias de unas paredes que podrían colapsar hacia adentro.
Su cálculo es sombrío pero familiar en las ciudades desiguales de América Latina. La ayuda ante desastres asume que la gente puede separar la seguridad de la propiedad. Los hogares más pobres, muchas veces, no pueden. Herramientas de trabajo, documentos o un refrigerador pueden representar años de sacrificio. Irse puede significar sobrevivir al temblor solo para perderlo todo.
El barrio está en la Comuna 18, una de las zonas más pobres de Cali, donde la vulnerabilidad no empezó el lunes. El mes pasado, María Camila Potosí, de 21 años y embarazada, fue asesinada en un crimen cuyo objetivo era robarle a su bebé por nacer. Ese horror ahora se suma al duelo por el terremoto, profundizando la sensación de los residentes de que la seguridad les ha fallado una y otra vez.
Una madre murió durante el temblor mientras protegía a sus dos hijos, contaron los vecinos. Se envolvió alrededor de una niña de dos años y un niño de seis antes de que una pared cayera. El niño sobrevivió y salió del hospital. Su hermana permanecía en cuidados intensivos.
“Nos duele porque niños tan pequeños se han quedado sin su madre”, dijo Almeida a EFE.

Un hospital corre hacia el temblor
Al otro lado de Cali, el Hospital Universitario del Valle enfrentó otro desastre. El terremoto golpeó un lugar construido para recibir emergencias y lo convirtió en una.
Cuando el edificio se movió, médicos, enfermeros, camilleros y otros trabajadores evacuaron a unas 800 personas. Llevaron a los pacientes a los jardines, continuaron los tratamientos al aire libre y luego los trasladaron mientras ingenieros revisaban el hospital.
“Cuando empezó el terremoto, pusimos en práctica lo que hemos aprendido: salvar vidas”, contó un trabajador del hospital a EFE de manera anónima. “Cada quien tomó pacientes y salimos, sin importar que también estábamos en riesgo.”
La frase suena heroica porque lo fue. También expone la delgada línea entre cuidador y víctima. El personal se movió entre escombros que caían, sosteniendo a pacientes que no podían correr, mientras el edificio destinado a proteger la vida se fracturaba a su alrededor.
Una torre de seis pisos que albergaba salas hospitalarias, incluyendo pediatría y espacio para mujeres embarazadas, colapsó parcialmente—los daños se concentraron entre el tercer y sexto piso. Los dos primeros niveles soportaron suficiente peso para evitar una catástrofe mayor, pero cinco personas quedaron atrapadas.
Entre ellas estaban un paciente de 14 años y su madre. En otra parte del ala destruida, una mujer hospitalizada estaba con su esposo. Un hombre que había sido operado recientemente y tenía una traqueostomía recibía atención cuando la torre falló.
Sus familiares regresaban cada día, esperando junto a las operaciones de rescate pese al silencio bajo los escombros. Otro empleado dijo a EFE que el tiempo se agotaba y el edificio estaba severamente comprimido. La esperanza seguía porque abandonarla sería aceptar un final que ninguna familia había visto aún.
Otras dos personas resultaron heridas, incluyendo una mujer que requirió cirugía de cadera y un joven de 20 años golpeado por escombros mientras escapaba. Él se convirtió en paciente del hospital del que intentó huir.

El desastre de Cali después de las sirenas
Las cifras de la ciudad revelan la magnitud. Las autoridades de Cali reportaron 46 edificios con colapso total, otros 46 con colapso parcial y 1.142 con daños estructurales. Dieciocho edificios recibieron órdenes de evacuación. Las cuadrillas habían retirado 8.236 toneladas de escombros, mientras 1.800 rescatistas seguían activos.
Pero las estadísticas aplanan las consecuencias. Un edificio dañado puede significar decenas de hipotecas. Una orden de evacuación puede separar a familias de medicinas, uniformes escolares, documentos de identidad y herramientas de trabajo. Un ala hospitalaria colapsada reduce la capacidad médica justo cuando aumentan las lesiones.
Al mediodía en Reserva de Meléndez, la temperatura supera los 30 grados centígrados y las carpas se vuelven sofocantes. Los vecinos llevan comida y agua. El Ejército provee refugio. Médicos y psicólogos voluntarios circulan. Los residentes organizan turnos de vigilancia. Payasos distraen a los niños que no entienden por qué sus habitaciones están prohibidas de repente.
Esta solidaridad es real, pero no debe ocultar la pregunta institucional que subyace. Las comunidades improvisan porque las evaluaciones técnicas, viviendas temporales seguras y respuestas financieras tardan más de lo que permite el miedo. El terremoto expuso no solo estructuras débiles, sino la distancia entre el rescate y la recuperación.
Tres días después del sismo, las autoridades nacionales reportaron al menos 273 muertos y 377 personas desaparecidas en toda Colombia. En Cali, el hospital seguía funcionando y las familias seguían durmiendo afuera. Ambos actos pueden llamarse resiliencia. Ninguno debería justificar el abandono.
Para Reserva de Meléndez, la recuperación depende de si las torres pueden repararse, los prestamistas ofrecen alivio y las autoridades tratan la deuda de vivienda como parte del desastre. Para las familias fuera de las ruinas del hospital, la recuperación empieza con una respuesta.
El suelo se movió durante minutos. Después, Cali quedó negociando con el tiempo: las horas bajo los escombros, las noches bajo lona y los años de pagos aún atados al concreto agrietado.
Lea También: Dosquebradas cuenta sus pérdidas mientras Colombia vuelve a aprender sus lecciones sísmicas




