AMÉRICAS

Secretos ecuatorianos persiguen a Petro y Noboa en medio de una tormenta regional

Una estadía discreta en Manta se ha convertido en algo mucho más grande que una simple controversia de viaje. Para Colombia y Ecuador, el episodio expone cómo el poder criminal, la sospecha política y la desconfianza diplomática pueden cruzar fronteras y desestabilizar la geopolítica latinoamericana de formas peligrosas.

Una visita presidencial que se niega a quedarse pequeña

Algunos escándalos políticos llegan con un discurso, un documento o una fotografía imposible de explicar. Otros llegan a través del silencio. Una residencia. Un convoy. Unos días de puertas cerradas. Música que se escucha desde adentro. Vehículos con vidrios polarizados entrando y saliendo. Personas ingresando, pero sin identificación clara. En América Latina, ese tipo de silencio rara vez permanece privado por mucho tiempo. Se espesa, adquiere significado y luego se convierte en un problema nacional.

Eso es lo que ha ocurrido tras la revelación de que el presidente de Colombia, Gustavo Petro, se alojó en una casa en la ciudad ecuatoriana de Manta entre el 24 y el 26 de mayo, después de llegar a Ecuador para asistir a la ceremonia de posesión del presidente Daniel Noboa. Según el relato publicado por una alianza entre Código Vidrio y Vistazo, Petro no salió de la residencia, pero sí recibió visitas. La residencia estaba en Manta, Manabí, en un momento en que esa zona se había convertido en el epicentro de las operaciones para localizar a José Adolfo Macías, alias Fito, líder de Los Choneros.

Ese solo detalle convierte el episodio de un itinerario presidencial inusual en algo mucho más grave. Manta no era solo una ciudad costera en ese entonces. Era un punto de presión. Fito seguía prófugo de la justicia ecuatoriana. Más tarde sería recapturado en Manabí y extraditado a Estados Unidos. Así que cuando un presidente visitante permanece en una residencia de lujo en esa misma ciudad bajo estricta reserva, mientras que informes posteriores también apuntan a diálogos entre delegados de Fito y autoridades colombianas a inicios de junio de 2025, la controversia no puede tratarse como simple chisme o una excentricidad privada.

Petro ha dicho que el viaje fue oficial, que agentes del Estado ecuatoriano lo acompañaron como parte de su esquema de protección, y que aprovechó el viaje para escribir 30 páginas de un libro sobre capitalismo y crisis climática. Formalmente, esa respuesta existe. Políticamente, no resuelve el problema de fondo. Porque el tema no es solo lo que Petro dice que estaba haciendo. Es la atmósfera creada por el secretismo en un contexto ya contaminado por el crimen organizado, redes de prófugos y acusaciones políticas.

Noboa dijo recientemente que Petro se reunió con miembros de la Revolución Ciudadana, y que algunos de ellos tenían vínculos con Fito. Petro respondió anunciando que demandaría a Noboa por calumnias. Ese intercambio no es trivial. Nos dice que lo que pudo haber quedado como una anécdota turbia ha entrado ahora en el terreno más duro de la tensión entre Estados, donde la sospecha criminal y la rivalidad política empiezan a retroalimentarse.

Daniel Noboa. EFE/ José Jácome

Qué significa esto para Ecuador y Colombia

Para Ecuador, el mensaje es profundamente incómodo. Según se informa, el gobierno vio los diálogos entre delegados de Fito y autoridades colombianas como una injerencia en su esfuerzo por capturar a un hombre que se había fugado de prisión y seguía siendo símbolo de la creciente crisis criminal del país. Eso importa porque la soberanía en un caso así no es un eslogan patriótico abstracto. Es operativa. Si Ecuador está intentando capturar a un prófugo en el centro de una de sus estructuras criminales más temidas, entonces cualquier contacto de funcionarios o delegados extranjeros, especialmente sin una explicación pública clara, puede parecer menos diplomacia que intromisión.

Y la incomodidad de Ecuador se entiende aún más al leer el resto de los detalles reportados. Documentos de inteligencia describieron la caravana de seguridad de Petro moviéndose desde el aeropuerto hacia el sur de Manta por una ruta costera de 13 kilómetros, escoltada por una caravana oficial. Una cápsula de seguridad interna colombiana lo protegía de cerca. Las Fuerzas Armadas de Ecuador brindaron seguridad perimetral externa, pero sin acceso al entorno más cercano a Petro. Ese arreglo es simbólicamente revelador. Ecuador cuidaba el exterior mientras Colombia controlaba el interior. En una visita normal, esto podría ser un procedimiento. En una controversia como esta, se siente como una metáfora de todo el asunto.

Para Colombia, las implicaciones también son serias, aunque diferentes. La presidencia de Petro ya tiene una fuerte carga ideológica en la región, y su explicación de que pasó el viaje escribiendo páginas de un libro sobre capitalismo y crisis climática solo agudiza el contraste entre las ideas que dice estar elaborando y el turbio contexto criminal que rodeó la visita, según describieron luego los reportes. Un presidente que se presenta como pensador de crisis estructurales no puede permitirse lucir casual, opaco o improvisado cerca del campo gravitacional de un jefe criminal prófugo. Incluso si no hubo reunión ilícita, la apariencia de desorden ya es políticamente costosa.

Más preocupante aún es el informe de que a finales de julio de 2024, Fito habría permanecido en la zona colombiana de Tumaco y que un grupo armado irregular le habría dado protección, específicamente en la vereda Mata de Plátano. Si es cierto, ese detalle transforma la controversia de un bochorno diplomático a una advertencia de seguridad fronteriza. Sugiere que la geografía criminal que une a Ecuador y Colombia no es incidental. Es real, porosa y protegida por actores armados capaces de convertir al prófugo de un país en la carga secreta del otro.

Por eso el caso importa para ambos gobiernos. Ecuador debe enfrentar la posibilidad de que sus enemigos criminales estén entrelazados con contactos extranjeros y refugio transfronterizo. Colombia debe enfrentar el daño causado cuando sus propias instituciones parecen, justa o injustamente, demasiado cercanas al mundo de sombras que rodea a una figura criminal notoria. Ningún país sale fortalecido de esa percepción.

José Adolfo Macías Villamar, alias “Fito” (derecha), custodiado en Guayaquil, Ecuador. EFE/Mauricio Torres

La geopolítica del secreto y el poder criminal

En términos latinoamericanos, el episodio revela una verdad vieja y dolorosa. La geopolítica de la región rara vez la moldean solo los presidentes y los comunicados oficiales. También la moldean actores no estatales, organizaciones criminales, rutas de prófugos, vacíos de inteligencia y la profunda desconfianza que crece cuando los gobiernos sospechan que el otro toca las mismas redes oscuras desde ángulos distintos. El mapa formal muestra a Colombia y Ecuador como repúblicas vecinas. El mapa informal, el que dibujan los traficantes, la protección armada, las casas seguras y los susurros, es mucho más poderoso de lo que los Estados quieren admitir.

Por eso este escándalo importa más allá de la disputa personal entre Noboa y Petro. Muestra cuán rápido pueden desestabilizarse las relaciones bilaterales cuando el crimen, la política y el secreto se superponen. En una región ya cargada de polarización ideológica, las acusaciones que involucran a figuras como Fito no se quedan confinadas al trabajo policial. Se convierten en munición. Un gobierno ve injerencia. Otro alega calumnia. Un presidente dice que estaba escribiendo. Informes de inteligencia dicen que la casa estuvo sellada en hermetismo. Se escuchó música. Llegaron visitantes. Según reportes, mujeres acompañaron a Petro al salir de la residencia y no eran parte de su equipo oficial de seguridad. Cada detalle profundiza la sensación de que el propio Estado está perdiendo la línea limpia entre el deber público y la opacidad privada.

Para la geopolítica mundial, el caso ofrece una lección menor pero reveladora. El crimen organizado en América Latina no es una nota al pie doméstica en la política global. Ya es parte de ella. La eventual extradición de Fito a Estados Unidos confirma que estas dinámicas criminales no terminan en la costa ecuatoriana ni en las fronteras colombianas. Son absorbidas por sistemas mayores de presión, persecución y poder internacional. Y cuando un líder prófugo, un presidente vecino, un viaje de investidura, una pista de inteligencia y una ruptura diplomática empiezan a aparecer en la misma historia, el mundo debe entender que las fragilidades internas de América Latina nunca son solo locales.

Este es el significado más dañino del episodio de Manta. Debilita la confianza. Le dice a Ecuador que incluso en el punto más álgido de una búsqueda, el terreno alrededor del poder puede volverse turbio. Le dice a Colombia que la conducta presidencial, incluso cuando se explica oficialmente, no puede escapar a las consecuencias políticas del secretismo en una región marcada por la irregularidad armada. Y le dice a América Latina algo aún más duro. En esta región, la geopolítica ya no es solo cuestión de ideología o diplomacia. También es cuestión de quién puede evitar que la gravedad criminal entre en la sala cuando los presidentes cruzan la frontera.

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