ANÁLISIS

Los desaparecidos de México revelan un Estado donde la ausencia se volvió infraestructura mortal

La crisis de desapariciones en México ya no es solo una tragedia de violencia. El informe de la CIDH muestra una maquinaria de ausencia, donde el crimen organizado, tribunales débiles, morgues saturadas y madres buscadoras exponen a un Estado que lucha por nombrar a los vivos y a los muertos.

La aritmética de una herida nacional

En México, la desaparición se ha convertido en una cifra tan grande que casi oculta a las personas dentro de ella.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos, conocida como CIDH en español y IACHR en inglés, presentó su informe en la Ciudad de México con un lenguaje que sonó menos a diplomacia que a alarma. Calificó la crisis como una grave emergencia humanitaria. La secretaria ejecutiva Tania Reneaum dijo que la desaparición, en cualquiera de sus formas, es una de las violaciones más graves a la dignidad humana. La frase importa porque la tragedia de México no es solo que la gente desaparece. Es que tantos desaparecen en sistemas que después fallan.

Los datos del informe no describen violencia aleatoria. Describen estructura. En el corte analítico del informe, México tenía 128,713 personas desaparecidas o no localizadas—cifras públicas más recientes citadas durante la presentación sitúan la crisis por encima de 130,000. Estimaciones independientes señalan que más de 70,000 cuerpos no identificados permanecen bajo custodia estatal. Esa es la cruel proporción en el corazón del informe: por cada dos personas desaparecidas, hay aproximadamente un cuerpo no identificado en algún lugar dentro de la maquinaria forense del Estado, no necesariamente conectado, no necesariamente bien buscado, no necesariamente nombrado.

El mapa es igual de revelador. Jalisco, Estado de México y Tamaulipas concentran juntos más de 42,000 casos en los datos de la CIDH, cerca de un tercio del total nacional. No son solo estados con altos índices delictivos. Son territorios estratégicos: corredores industriales, rutas de cárteles, periferias urbanas, pasos migratorios, puertos, carreteras, fronteras, barrios populares donde la gente se mueve por trabajo, escuela, tránsito, supervivencia. La desaparición sigue a la economía tanto como sigue a la violencia.

Los datos de género muestran otra dimensión. Los hombres representan aproximadamente tres cuartas partes de los desaparecidos, con los grupos de mayor edad concentrados entre los veinte y treinta y cuatro años, las edades del trabajo, el reclutamiento, la migración y la exposición a mercados laborales criminales. Pero entre las mujeres, la mayor concentración está entre los 15 y 19 años. De las 29,503 mujeres desaparecidas en el corte del informe, 6,141 están en ese rango adolescente, más de una de cada cinco. Entre niñas, niños y adolescentes, las niñas superan ligeramente a los niños, y entre los doce y dieciséis años, el desequilibrio se acentúa. Eso no es solo un delito. Es una captura de género.

Familiares de víctimas de desapariciones forzadas.  EFE/ Jose Mendez

Donde el Estado falla dos veces

El informe de la CIDH señala principalmente al crimen organizado como el motor directo de las desapariciones, pero su acusación más profunda es sobre la segunda falla del Estado. Primero, a menudo falla en prevenir la desaparición. Luego falla en investigar, identificar, procesar y devolver la verdad.

Esa distinción es esencial. No se acusa a México de una orden nacional única para desaparecer personas. El informe es más preciso y más inquietante. Describe un país donde el crimen organizado opera en varios territorios con distintos grados de omisión, tolerancia, apoyo o colusión directa del Estado. En algunos lugares, la línea entre el poder criminal y la autoridad pública se difumina. El informe cita patrones que involucran a grupos criminales, agentes de seguridad, retenes policiales, migrantes desaparecidos, reclutamiento forzado y casos donde funcionarios presuntamente miraron hacia otro lado o participaron.

Los datos sobre justicia explican por qué las familias desconfían de los discursos oficiales. México Evalúa, citado por la CIDH, situó la impunidad penal general en 93.6 por ciento en 2023. Para desaparición forzada, la tasa de impunidad alcanzó el 99.5 por ciento. La fiscalía federal especializada tenía 1,833 expedientes, pero solo 20 carpetas y ocho averiguaciones previas habían llegado a tribunales, una tasa de judicialización de 1.52 por ciento. En términos simples, de cada cien investigaciones de desaparición en ese universo federal, menos de dos llegaron a la etapa judicial.

Por eso la crisis no puede medirse solo por el número de personas desaparecidas. Debe medirse en expedientes que no avanzan, órdenes que no se ejecutan, pruebas que se pierden, familias a las que se les pide aportar evidencias, cuerpos mal registrados, fiscales que cambian tres o más veces y casos que se reducen a trámites. La CIDH señala que México tiene leyes, comisiones, protocolos e instituciones de búsqueda. Pero los datos muestran un Estado mejor creando categorías que generando consecuencias.

Las cifras de migrantes muestran otro punto ciego. El registro nacional reportó solo 277 migrantes desaparecidos en los datos del informe. Sin embargo, estimaciones de la sociedad civil citadas por la CIDH encontraron 686 desapariciones de migrantes en los desiertos de Chihuahua y Sonora solo en 2022, y 561 en Tapachula, Chiapas, de 2019 a 2022. Esa brecha no es una nota al pie estadística. Significa que las personas más propensas a ser invisibles antes de desaparecer también son las más propensas a seguir siéndolo después.

Familiares de víctimas de desapariciones forzadas.  EFE/ Jose Mendez

Madres contra la maquinaria

El informe se vuelve más humano cuando los datos llegan a las familias. Bibiana Efigenia, quien busca a su hermano Manuel, se quebró al criticar a los funcionarios que hablaban de cooperación. Dijo que era vergonzoso escuchar a un Estado que no había escuchado a las víctimas ahora decir que quería trabajar con ellas. Después, los familiares gritaron la frase que se ha vuelto una herida nacional en México: vivos se los llevaron, vivos los queremos.

Ese grito sobrevive porque las familias se han convertido en la institución de búsqueda no remunerada del país. La CIDH reconoce el papel de los colectivos, especialmente de las buscadoras, que organizan búsquedas en campo, presionan a fiscales, comparan registros, exigen trabajo forense y enfrentan amenazas por hacer lo que el Estado debió hacer primero. El informe señala que buscar expone a las familias, especialmente a las mujeres, a violencia, desplazamiento, persecución, ruina económica e incluso desaparición.

El análisis más amargo es este: la crisis de desapariciones en México ha invertido los deberes del Estado. En vez de que las instituciones busquen a los ciudadanos, los ciudadanos buscan pruebas de la responsabilidad institucional. En vez de que el sistema de justicia produzca verdad para las familias, las familias producen presión para el sistema de justicia. En vez de que las morgues resuelvan la incertidumbre, el colapso forense suele multiplicarla.

El informe de la CIDH sí reconoce reformas desde 2018, incluyendo cambios legales, organismos de búsqueda y esfuerzos para mejorar los registros. Pero la reforma aún no rompe el patrón central. El país sigue generando personas desaparecidas más rápido de lo que puede identificar cuerpos, procesar responsables, proteger buscadoras o restaurar la confianza.

Por eso este informe pesa tanto. No dice simplemente que México tiene demasiadas personas desaparecidas. Dice que la desaparición se ha convertido en una forma de gobernanza por el miedo en algunos territorios, un mercado laboral para grupos criminales, una amenaza de género para niñas y mujeres, un riesgo migratorio, una emergencia forense y una prueba de si la democracia aún puede defender los cuerpos de su gente después de que la violencia les ha quitado el nombre.

En México, la ausencia ya no es un espacio. Tiene rutas, edades, estados, patrones, expedientes, morgues y madres cargando fotografías. Los desaparecidos no están fuera de la historia nacional. Son la historia que la nación aún no se ha atrevido a terminar.

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