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El ballet de Cuba baila entre apagones mientras late el pulso de una nación

Mientras Cuba se hunde más en la escasez, los apagones y la parálisis económica, el Ballet Nacional de Cuba ha regresado al escenario habanero con clásicos de Alicia Alonso, convirtiendo una noche de danza en un retrato desafiante de supervivencia cultural bajo presión.

Cuando vuelve la luz, también el cuerpo

En La Habana, donde la oscuridad se ha vuelto parte de la aritmética diaria, el regreso del Ballet Nacional de Cuba se sintió menos como una cita cultural y más como un pequeño acto de insistencia nacional. Al país le falta combustible, le falta electricidad, le falta paciencia. Pero durante tres noches en el Teatro Nacional de Cuba, los cuerpos se elevaron, giraron, saltaron y temblaron bajo las luces, llevando un repertorio más antiguo que la crisis actual y, de algún modo, también herido por ella.

El programa, titulado “La Magia de la Danza”, trajo de vuelta fragmentos de Giselle, El Cascanueces y Don Quijote, todos basados en las versiones moldeadas por Alicia Alonso, la legendaria bailarina y coreógrafa cubana que convirtió el ballet en una de las formas más elegantes de memoria estatal de la isla. Alonso falleció en 2019, pero en Cuba, su presencia nunca abandona del todo el escenario. Permanece allí en las muñecas, el cuello, la dura disciplina bajo la belleza.

El Ballet Nacional de Cuba, conocido por sus siglas BNC, enmarcó la función como un acto de resistencia. “No importa cuán difíciles sean los tiempos, nada nos detendrá: seguiremos bailando, porque en cada función late un pedazo de Cuba”, dijo la compañía en un comunicado citado por EFE. En otra declaración promocional del espectáculo, también recogida por EFE, la compañía afirmó: “Nos volveremos a encontrar para demostrar que el arte es más fuerte que cualquier tormenta.”

Son palabras grandilocuentes, y en países más tranquilos podrían sonar ceremoniales. En la Cuba actual, resuenan de otra manera. Se pronuncian en una isla donde los apagones prolongados han transformado la vida cotidiana, donde la economía estatal está casi paralizada y donde el embargo petrolero de Estados Unidos ha profundizado una crisis ya severa.

Integrantes del Ballet Nacional de Cuba (BNC) actúan en la Sala Avellaneda del Teatro Nacional en La Habana, Cuba. EFE/Ernesto Mastrascusa

Un escenario contra la tormenta

La crisis ha alcanzado incluso el calendario cultural de la isla, durante mucho tiempo uno de los orgullos de la revolución. La escasez de combustible ha alterado la programación a pesar de los esfuerzos oficiales, y algunos eventos tradicionales, incluida la Feria Internacional del Libro de La Habana, han sido suspendidos. En ese contexto, el ballet se convierte en algo más que una función. Se vuelve prueba de que algo aún se mueve.

Eso no significa que el arte cancele el hambre, ni que una pirueta suavice la frustración de una familia esperando que regrese la electricidad. La resistencia cultural cubana ha sido a menudo romantizada desde fuera, pulida hasta convertirse en la imagen de músicos en portales y bailarines en salones agrietados, como si la dificultad fuera en sí misma una especie de estética. Eso es demasiado fácil. La escasez no es poesía para quien la vive.

Pero también es cierto que la cultura cubana ha convertido una y otra vez la escasez en forma. No porque la escasez sea noble, sino porque quienes la sobreviven se niegan a dejar que escriba la última frase. El Ballet Nacional de Cuba es uno de los ejemplos más claros de esa contradicción. Es una institución clásica de élite nacida en un país que desde hace mucho reclama la cultura como un derecho público. Pertenece a teatros de mármol y academias disciplinadas, pero también a la creencia más amplia de la isla de que el arte puede portar la dignidad nacional cuando la política y la economía no logran hacerlo.

Fundada en mil novecientos cuarenta y ocho bajo el nombre de Alicia Alonso, junto a Alberto y Fernando Alonso, la compañía se convirtió en la máxima expresión de la escuela cubana de ballet. En 2018, fue declarada Patrimonio Cultural de la Nación, un reconocimiento extendido no solo a la compañía sino también a su repertorio, archivo de imágenes, objetos y documentos institucionales.

Esa declaración importa porque el BNC no es solo una compañía. Es un archivo que respira. Cada producción carga con el peso de la técnica, la ideología, el sacrificio, la memoria y el prestigio internacional. En América Latina, donde muchos países han luchado por financiar el arte elevado fuera del privilegio privado, Cuba hizo del ballet uno de sus idiomas oficiales de excelencia.

Ahora ese idioma se pronuncia desde el agotamiento.

Integrantes del Ballet Nacional de Cuba (BNC). EFE/Ernesto Mastrascusa

La sombra de Alicia Alonso en La Habana

“La Magia de la Danza” se construye a partir de los momentos más reconocibles del repertorio de la compañía. Incluye selecciones de Giselle, La Bella Durmiente, El Cascanueces, Coppélia, Don Quijote y El Lago de los Cisnes, obras que están en el corazón de la tradición global del ballet. Pero bajo los pies cubanos, nunca han sido simples reliquias europeas importadas. Alonso y la escuela cubana las absorbieron, reinterpretaron y formaron generaciones para bailarlas con una mezcla particular de precisión técnica, claridad dramática e intensidad emocional.

También hay un homenaje dentro del programa: “Sinfonía de Gottschalk”, una pieza que recrea coreográficamente dos movimientos, “La Noche” y “Fiesta Criolla”, de Una Noche en los Trópicos del compositor y pianista estadounidense Louis Moreau Gottschalk. El eco histórico es llamativo. La obra de Gottschalk se estrenó en mil ochocientos sesenta y uno en el antiguo Teatro Tacón de La Habana. En ese sitio se levanta hoy el Gran Teatro Alicia Alonso.

Esa conexión pliega el tiempo sobre sí mismo. Un compositor estadounidense del siglo XIX en la Habana colonial. Una bailarina cubana del siglo XX que se convirtió en símbolo nacional. Una isla del siglo XXI que baila entre apagones y asedio económico. El escenario se convierte en un lugar donde la historia no desaparece. Cambia de vestuario.

El cartel artístico está encabezado por la directora y bailarina del BNC, Viengsay Valdés, quien interpreta Giselle, uno de los papeles más atormentados del ballet. El programa también reúne a grandes figuras cubanas, entre ellas los primeros bailarines Anette Delgado, Dani Hernández, Ányelo Montero, Yankiel Vázquez y Ernesto Díaz; la primera solista Gabriela Druyet; las solistas Laura Kamila y Alianed Moreno; y otros artistas emergentes.

Esa mezcla de veteranos y jóvenes intérpretes añade otra capa a la producción. En un país marcado por la migración y el cansancio, la continuidad artística no es automática. Hay que formarla, protegerla y convencerla de quedarse. Cada bailarín emergente en ese escenario es también una pregunta sobre el futuro de Cuba: ¿quién se queda, quién se va, quién puede permitirse soñar y qué país le pide a la belleza que siga demostrando su lealtad?

Hay algo casi insoportable en la imagen del ballet durante una crisis de apagones. La forma exige luz, música, ensayo, disciplina, transporte, zapatillas, tela, comida y cuerpos en funcionamiento. Depende de sistemas. Cuando los sistemas fallan, el bailarín lo siente primero en los músculos. Aun así, el telón se levanta.

Por eso el regreso del BNC importa más allá de la élite cultural habanera. No resuelve la crisis de Cuba. No borra la rabia de quienes viven sin electricidad confiable ni alivio económico. Pero revela una de las verdades más antiguas de la isla: Cuba ha sobrevivido muchas veces haciendo que la función cargue con lo que la política no puede explicar del todo.

El viernes por la noche, en la Sala Avellaneda del Teatro Nacional, el país no dejó de sufrir. Pero por unas horas, se vio moverse a sí mismo.

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