Parteras de Ecuador convierten el parto en una silenciosa lucha por la soberanía
En Cotacachi, las parteras ancestrales defienden el parto en casa como saber indígena, autonomía corporal y resistencia política, desafiando al sistema médico ecuatoriano mientras forman a una nueva generación para proteger a las mujeres de la violencia obstétrica y el borrado cultural.
El parto como territorio y rebeldía
En las comunidades andinas de Cotacachi, en el norte de Ecuador, el parto no es solo un evento familiar privado. También puede ser un acto silencioso de desafío político, una forma de decir que el cuerpo, como la tierra, tiene memoria, fronteras y derechos. Según un reporte de EFE, la partera ancestral Martha Arotingo describe el parto en casa hoy como “un acto político”, en el que una mujer dice que está decidiendo por su territorio, por el cuerpo que va a parir.
Esa frase lleva el peso de una historia mucho más larga. En estas comunidades, el parto se encuentra en la intersección del saber indígena, la autonomía de las mujeres, el poder del Estado, la religión y la medicina occidental. Arotingo, quien aprendió el oficio de partera de su madre cuando era niña y ha acompañado partos en su territorio por más de veinte años, sostiene que los cuerpos de las mujeres han sido controlados durante mucho tiempo por el Estado, la Iglesia y el sistema médico. Para ella, el primer paso es que una mujer reconozca su cuerpo como su primer territorio.
EFE informa que Arotingo es ahora vicepresidenta del Consejo Indígena de Medicina Ancestral Hampik Warmikuna, que impulsa la primera escuela de partería ancestral del país, Unanchu Mamakuna. El proyecto responde a un problema simple pero urgente: las parteras están envejeciendo. Arotingo dice que las parteras tradicionales más jóvenes entre sus compañeras tienen entre cincuenta y seis y sesenta años, y muchas han dejado de atender partos aunque su labor sigue siendo esencial para las mujeres indígenas.
Esto no es nostalgia disfrazada de medicina. Es una lucha por quién define la seguridad, el conocimiento y el cuidado. Para muchas mujeres en Cotacachi, el hogar no es un espacio atrasado sino uno protegido, rodeado de familia y comunidad. Arotingo dijo a EFE que una mujer debe poder decidir qué quiere hacer, dónde, cómo y con quién quiere parir. Elegir el parto en casa, sostiene, no debería tratarse como un acto criminal. La mujer simplemente está decidiendo.
En América Latina, la palabra ‘decidir’ rara vez ha sido simple para las mujeres indígenas. La historia de la región está llena de instituciones que pretendieron civilizar, modernizar, salvar o disciplinar los cuerpos indígenas mientras despreciaban sus propios sistemas de cuidado. Lo que ocurre en Cotacachi no es solo un debate sobre el parto. Es un debate sobre qué saber cuenta como ciencia, qué dolor cuenta como evidencia y qué forma de vida se permite sobrevivir.

La violencia obstétrica deja una larga sombra
La defensa de la partería ancestral de Arotingo también está marcada por lo que muchas mujeres viven en los hospitales. Según EFE, ella dice que las parteras no atienden partos mirando el reloj ni forzando a la mujer a ajustarse al tiempo institucional. Observan cómo está la madre y se adaptan a su ritmo y necesidades. Esa diferencia importa en lugares donde la autoridad médica a menudo ha tratado a las mujeres indígenas como sujetos a ser gestionados, no como personas a ser escuchadas.
Las cifras en los informes son contundentes. En Ecuador, el cuarenta y ocho por ciento de las mujeres ha sufrido al menos un acto de violencia ginecológica-obstétrica en su vida, según la Encuesta Nacional sobre Relaciones Familiares y Violencia de Género contra las Mujeres del Instituto Nacional de Estadística y Censos. Entre las mujeres indígenas, la cifra sube a casi el setenta por ciento. Esa brecha explica por qué el parto en casa, en este contexto, se vuelve político sin necesidad de pancartas.
La cuestión no es si los hospitales pueden salvar vidas. La cuestión es qué ocurre cuando todo un sistema hace que las mujeres indígenas sientan miedo, vergüenza, apuro, sean ignoradas o maltratadas en el momento en que son más vulnerables. Un sistema de salud puede tener tecnología y aun así fallar en dignidad. Puede tener protocolos y aun así carecer de respeto. Puede hablar en el lenguaje del riesgo mientras se niega a reconocer el riesgo de la humillación.
Para Arotingo, defender la partería es defender el territorio y los derechos de las mujeres indígenas. Ese vínculo es crucial. En muchas luchas latinoamericanas, el territorio no es solo tierra. Es agua, lengua, alimento, plantas, ceremonia, cuerpo y memoria. Decir que el cuerpo es territorio es rechazar la idea de que las instituciones pueden entrar sin consentimiento y reorganizar la vida según jerarquías externas.
La escuela fundada por el Consejo Indígena de Medicina Ancestral en Cotacachi busca responder a ese desafío a través de la continuidad. Arotingo dijo a EFE que es la primera escuela de partería ancestral a nivel nacional y, según entiende, mundial, donde el conocimiento es transmitido por mujeres sabias. La escuela es gratuita para mujeres de las comunidades y ya ha formado a nueve parteras que ahora acompañan partos en diferentes territorios locales.
Ese detalle importa porque muchas comunidades están lejos de hospitales y centros de salud. La distancia es física, pero también emocional y cultural. EFE informa que algunas mujeres evitan esos servicios porque han sido maltratadas, violentadas o atendidas de mala manera. Arotingo dice que hay una falta de confianza. La confianza, una vez rota, no se reconstruye solo con nuevos edificios o lenguaje oficial. Requiere reconocimiento.

Una escuela contra el olvido
La lucha por la partería ancestral es también una lucha contra la persecución. Arotingo dijo a EFE que las parteras tuvieron que acompañar partos en silencio durante años. Después de ayudar a una mujer a parir, a veces pedían a las madres que no mencionaran su apoyo porque temían persecución o criminalización. Ese silencio es en sí mismo un archivo de discriminación.
La discriminación, dice, también está ligada a la educación formal. Las parteras tienen una formación dentro de su propio sistema, pero el sistema occidental no la reconoce. Esta es una de las heridas coloniales más antiguas de América Latina: el saber existe, funciona, cura y se transmite, pero como no pasa por la institución aprobada, se trata como superstición, informalidad o peligro.
Carmen Morán, presidenta del Consejo de Medicina Ancestral y estudiante de la escuela de partería, dijo a EFE que las parteras enfrentaron discriminación en los hospitales durante muchos años y que algunas incluso fueron detenidas. Sin embargo, siguieron siendo el único apoyo para muchas mujeres en comunidades alejadas. También señaló que su trabajo históricamente ha sido voluntario, sin ninguna remuneración.
Ese trabajo no remunerado revela otra capa de la historia. Las mujeres preservan el saber, atienden partos, mantienen unidas a las familias y protegen la salud comunitaria. Sin embargo, su labor suele tratarse como un deber natural más que como un trabajo calificado. La misma sociedad que depende de ellas aún puede negarles reconocimiento.
Para María Piñán, también estudiante de la escuela, la forma en que las personas nacen moldea la sociedad que luego construyen. EFE informa que ella vincula el parto con el cuidado emocional, la alimentación, el entorno comunitario, el embarazo y el posparto. Su mirada amplía el tema más allá del momento del alumbramiento. El nacimiento se convierte en el inicio de una relación social, no solo en un episodio médico.
En Cotacachi, donde las comunidades viven en medio de gran biodiversidad, las plantas medicinales siguen siendo parte del cuidado de la salud y el apoyo al embarazo. Estas prácticas, transmitidas por madres y abuelas, siguen vivas no porque estén congeladas en el pasado, sino porque las comunidades aún las necesitan. Morán dijo a EFE que no quieren que este saber desaparezca porque sus abuelos sanaron con él.
El debate sobre la partería ancestral en Ecuador no es, entonces, una elección entre pasado y futuro. Es una exigencia de un futuro donde las mujeres indígenas no tengan que abandonar su cultura para recibir atención, donde los hospitales no confundan autoridad con violencia y donde el parto en casa no se trate como atraso solo porque rechaza el control institucional.
En Cotacachi, el acto de acompañar un parto se ha convertido en una forma de defender la vida del olvido. Una mujer da a luz en su casa, con su gente cerca, y ese gesto dice más que cualquier documento oficial. El cuerpo recuerda. La comunidad recuerda. Y el saber que sobrevivió en silencio ahora está aprendiendo a hablar en público otra vez.
Lea También: Los hipopótamos de Colombia obligan a la misericordia de un multimillonario en la vida después de Escobar




