Colombia pone a prueba si la desobediencia civil defiende la democracia o la desafía
El día de la posesión, Colombia celebrará dos rituales democráticos rivales: la toma de juramento de Abelardo de la Espriella en Cali y concentraciones pacíficas de la oposición en las cercanías. La pregunta de fondo es si la resistencia protege el gobierno constitucional o se convierte en un arma para rechazar el resultado de una elección.
Una protesta aún no es desobediencia
El 7 de agosto, una multitud ingresará a la Arena USC para ver a De la Espriella tomar el juramento presidencial. Otros colombianos se reunirán en Bogotá, Barranquilla y en el Puerto Resistencia de Cali, un lugar ya cargado de recuerdos de jóvenes manifestantes, barricadas, fuerza policial y el paro nacional de 2021.
El simbolismo es casi demasiado preciso. La primera posesión presidencial de Colombia fuera de Bogotá es presentada por De la Espriella como un acto de descentralización y restauración de la autoridad estatal. A unas calles y mundos políticos de distancia, la izquierda usará la misma ciudad para anunciar que no consiente en silencio.
Según EFE, el senador Iván Cepeda, a quien De la Espriella derrotó en la segunda vuelta del 21 de junio, describió las concentraciones planeadas como actos pacíficos de “desobediencia civil”. De la Espriella respondió que esa frase era un eufemismo para desestabilizar la democracia. Miembros del Pacto Histórico boicotearán la sesión conjunta del Congreso, mientras el presidente saliente Gustavo Petro sigue rechazando el resultado electoral.
Ambos bandos están usando un término poderoso con demasiada ligereza.
La desobediencia civil no es simplemente un desacuerdo público, una marcha, un boicot o un discurso airado. En su forma democrática, es una infracción pública, consciente y no violenta de una ley específica o una orden oficial, emprendida para exponer una injusticia y persuadir a la comunidad política en general. Quien desobedece no sabotea al Estado en secreto. El acto es visible. La demanda es explícita. Los manifestantes aceptan que pueden enfrentar consecuencias legales.
Ese tipo de desobediencia puede fortalecer la democracia cuando los canales ordinarios están bloqueados, las minorías son sistemáticamente ignoradas o una ley viola la promesa constitucional que la sustenta. Indica que el orden legal ha traicionado sus propios principios y debe ser llamado a rendir cuentas.
La desobediencia antidemocrática es diferente. Utiliza la intimidación, la violencia, afirmaciones fabricadas, la toma de instituciones o la interrupción coercitiva para anular la igualdad política de otros. No apela a los ciudadanos. Intenta imponerse sobre ellos. Lo más importante aquí, busca anular una elección sin pruebas creíbles ni resolución legal.

La elección y la calle deben contar por igual
De la Espriella ganó por menos de un punto porcentual, aproximadamente 250.000 votos, en un electorado dividido casi exactamente por la mitad. Un margen tan estrecho otorga al vencedor autoridad legal, pero no permiso moral ilimitado. También da al lado derrotado un enorme peso democrático, pero no un veto sobre la transferencia del poder.
Esa distinción decide este caso.
Según lo anunciado, las concentraciones del 7 de agosto no son desobediencia civil antidemocrática. Puede que ni siquiera sean desobediencia civil. Cepeda ha descrito concentraciones estacionarias y pacíficas, no una ocupación ilegal, un ataque al Congreso o un intento de impedir el juramento. La Constitución de Colombia protege la reunión pública y pacífica. Calificar tales concentraciones como desestabilización antes de que ocurran implica tratar a la oposición misma como sospechosa.
El boicot también es democrático. Los legisladores pueden negarse a asistir a una ceremonia como acto de condena política. Su ausencia puede ser descortés, polarizante o estratégicamente equivocada, pero la democracia no exige entusiasmo ceremonial de los derrotados.
El problema más grave es la negativa de Petro y el Pacto Histórico a reconocer la victoria de De la Espriella. Solicitar recuentos, presentar pruebas y cuestionar irregularidades ante los tribunales electorales son actos democráticos. Seguir negando un resultado certificado después de agotar esos canales, sin pruebas capaces de cambiar el resultado, cruza la línea hacia la resistencia antidemocrática.
“Me opongo a este presidente” pertenece dentro de la democracia. “Él no puede ser presidente porque mi lado perdió por poco” no.
De la Espriella enfrenta una prueba igual. Colombia ha visto repetidamente cómo la protesta se describe como infiltración, vandalismo o insurgencia antes de que se establezca la conducta individual. Cali se convirtió en el epicentro de graves abusos durante el paro nacional de 2021, cuando Amnistía Internacional documentó represión por parte de fuerzas de seguridad y civiles armados contra manifestantes. Por eso, Puerto Resistencia no es un punto de encuentro neutral. Es una advertencia sobre lo que ocurre cuando los gobiernos mezclan la disidencia pacífica con la violencia criminal en una sola categoría.

La democracia exige moderación de ganadores y perdedores
La oposición debe dejar clara su postura. Debe reconocer la transferencia constitucional mientras cuestiona el programa de De la Espriella, publicar sus pruebas si alega fraude, designar responsables para mantener la paz en las concentraciones y rechazar cualquier intento de impedir el juramento por la fuerza. Si planea realmente quebrantar la ley, debe identificar la ley injusta, explicar la necesidad, limitar el daño y aceptar el escrutinio judicial.
El gobierno entrante debe hacer el mismo trabajo democrático. Debe garantizar las manifestaciones, separar a los individuos violentos de las multitudes pacíficas, publicar los protocolos policiales y evitar usar la “desestabilización” como pretexto para arrestos masivos o despliegues militares. De la Espriella no puede pretender gobernar a todos los colombianos mientras trata a casi la mitad del electorado como un problema de seguridad.
Realizar la posesión en Cali podría convertirse en un puente entre el Estado y una región que votó mayoritariamente por Cepeda. También podría convertirse en una procesión triunfal en territorio opositor. El significado dependerá menos del escenario que de la conducta que lo rodee.
¿Entonces, qué forma de desobediencia civil aplica? Según los hechos anunciados, las manifestaciones corresponden a la protesta democrática, no a la rebelión antidemocrática. El peligro está en ambos extremos: en una izquierda que podría convertir la derrota electoral en un desconocimiento permanente, y en un nuevo gobierno que podría convertir la disidencia en sedición.
Colombia necesita el juramento dentro de la arena y la crítica fuera de ella. La democracia solo sobrevive cuando el ganador asume el cargo, el perdedor sigue hablando y ninguno de los dos afirma que la existencia del otro es ilegal.
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