ANÁLISIS

La apuesta de Argentina por una base naval eleva la tensión desde las Malvinas hasta la Antártida

La planeada base naval de Ushuaia en Argentina pone en un mismo mapa estratégico la disputa por las Malvinas, el acceso a la Antártida y la autonomía regional. Para Argentina y América Latina, el desafío es si capacidades soberanas más fuertes pueden respaldar la diplomacia sin importar rivalidades ni repetir errores costosos.

La soberanía tiene un precio

Antes de que Argentina pueda proyectar más poder en el Atlántico Sur, debe poner a trabajar a los contratistas. El ministro de Defensa, Carlos Presti, dijo a LN+, en una entrevista reportada por EFE, que cinco o seis licitaciones públicas precederían el inicio de la construcción previsto para el 2 de enero de 2027 en Ushuaia.

La ubicación explica la ambición. EFE sitúa a Ushuaia a unos 700 kilómetros de las Malvinas, administradas por el Reino Unido, conocidas en Gran Bretaña como las Falklands, y a 3.000 kilómetros al sur de Buenos Aires. Una base continental mejor equipada podría sostener operaciones más cerca de su destino. Sin embargo, la proximidad por sí sola no cambiaría la soberanía sobre las islas.

El presidente Javier Milei está reactivando un proyecto anunciado bajo Alberto Fernández en 2022 y que se detuvo tras sus propios recortes de gastos. El gobernador de Tierra del Fuego, Gustavo Melella, un opositor, apoya reiniciarlo. Su acuerdo sugiere que la infraestructura en el sur puede sobrevivir a las disputas ideológicas, siempre que los gobiernos sucesivos sigan financiándola.

Esa condición es importante. Más allá del relato de EFE, La Nación informa de una asignación inicial de 142 millones de dólares frente a un costo estimado de construcción de entre 400 y 500 millones de dólares. Por lo tanto, la asignación representa aproximadamente entre el 28 y el 36 por ciento del total estimado, no una transformación estratégica totalmente financiada.

La diferencia entre esa asignación y los costos estimados es de 258 a 358 millones de dólares, sin considerar los costos separados de mantener las fuerzas listas. Las referencias de Presti a submarinos, infantes de marina y aviación naval describen funciones previstas, no pruebas de que ya existan unidades desplegables y presupuestos operativos sostenidos.

Para la familia de un marinero, una base funcional significa vivienda y destinos previsibles tanto como prestigio nacional. Para un técnico antártico, significa que lleguen los suministros. La prueba más difícil de la soberanía es si el gobierno financia esas obligaciones cotidianas después de que el anuncio haya dejado de ser noticia.

Puerto de Ushuaia, Argentina. EFE/Diana Marcela Tinjacá

La solidaridad de México tiene un límite

México tiene un interés diplomático directo, no un papel anunciado en la construcción. En las Naciones Unidas, el 25 de junio, su delegación reafirmó el apoyo al reclamo de soberanía de Argentina mientras llamaba a renovar las negociaciones. También criticó la explotación unilateral de recursos y la actividad militar en la zona en disputa.

Esa postura ofrece una distinción regional que vale la pena defender. Apoyar una instalación argentina en territorio argentino no es lo mismo que respaldar la coerción contra las islas. La solidaridad latinoamericana gana credibilidad cuando fortalece la capacidad de negociación sin convertirse en una promesa de apoyar cualquier confrontación futura.

El Reino Unido aborda la disputa desde otro ángulo. En su declaración de junio ante la Organización de Estados Americanos, Londres insistió en que los deseos de los isleños deben regir su futuro político y defendió su derecho a desarrollar recursos naturales. Ni un nuevo muelle ni las declaraciones regionales pueden borrar ese desacuerdo.

La campaña de sanciones de Milei contra las empresas petroleras que operan bajo licencias de las islas añade presión económica a la señal naval. Su posible influencia radica en hacer que las empresas evalúen las oportunidades disputadas en alta mar frente al acceso a Argentina. Pero las objeciones legales no detienen automáticamente la inversión: la efectividad depende de sanciones aplicables y de los intereses comerciales expuestos.

Para México, la lección útil no es que toda disputa de soberanía requiera una respuesta militar. Es que la diplomacia se vuelve más creíble cuando está respaldada por una capacidad interna duradera. Comprar equipos sin mantenerlos puede dejar a un país dependiente de los proveedores, incluso cuando sus líderes proclaman independencia.

Un barril vacío de crudo en Stanley, Islas Malvinas. EFE/Felipe Trueba

La Antártida cambia el cálculo

El papel antártico de la base puede, en última instancia, ser más importante que su proximidad a las Malvinas. Las siete bases permanentes y seis estacionales de Argentina en la Antártida generan demandas logísticas recurrentes, según EFE. Apoyar 13 bases requiere más que demostraciones ocasionales de presencia; las operaciones invernales y el reabastecimiento de verano necesitan continuidad.

Un centro confiable en Ushuaia también podría dar servicio a expediciones de otros países, un objetivo que el Ministerio de Defensa argentino describió en 2023. Eso otorga influencia a través de la utilidad, no de la intimidación. La cooperación regional podría mantener más gasto científico y logístico en América Latina, en vez de tratar los puertos del sur solo como salas de espera para expediciones extranjeras.

Existen límites claros. El Tratado Antártico exige actividades pacíficas y permite personal o equipos militares solo para fines científicos u otros propósitos pacíficos. También impide que las actividades realizadas mientras el tratado esté vigente generen nuevos derechos de soberanía. Una mejor logística puede fortalecer la contribución científica de Argentina, no crear territorio antártico adicional.

La cuestión de las alianzas globales ya es visible. Milei discutió la base en Ushuaia con la jefa del Comando Sur de EE.UU., Laura Richardson, en abril de 2024. Sin embargo, el canciller Pablo Quirno ahora dice a La Nación que el proyecto utilizará recursos argentinos y pertenecerá completamente a Argentina, sin financiamiento extranjero.

Esas declaraciones deben leerse en conjunto, no reducirse a afirmar que Washington es dueño del proyecto. Cooperación y control son cosas distintas. Argentina podría recibir expediciones visitantes mientras retiene el control sobre las decisiones de acceso. Para América Latina, esa distinción separa las alianzas útiles de la infraestructura que sirve a prioridades ajenas.

Reuters informó que Washington estaba revisando su tradicional neutralidad sobre la disputa. Tales señales pueden alentar a Buenos Aires, pero la preferencia cambiante de un aliado no es un tratado, ni un acuerdo de soberanía, ni un sustituto de la capacidad operativa argentina.

La promesa de Ushuaia, por lo tanto, no es ni otro 1982 ni un avance geopolítico automático. Es una oportunidad para convertir la ventaja geográfica en una capacidad pública confiable. El mensaje más fuerte que Argentina podría enviar sería una base terminada que respalde operaciones pacíficas, sobreviva a los ciclos presupuestarios y deje a su gobierno más libre para negociar.

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