AMÉRICAS

La justicia boliviana se enfrenta a Evo Morales en una peligrosa sala de audiencias vacía

El juicio suspendido por trata de personas contra Evo Morales se ha convertido en la nueva fractura política de Bolivia, con jueces exigiendo su arresto, simpatizantes protegiéndolo en Cochabamba y un país preguntándose si la justicia aún puede avanzar cuando la historia, la lealtad y el poder bloquean el camino.

Una silla vacía en Tarija

La sala de audiencias en Tarija abrió a las 8:30 de la mañana del lunes, pero el hombre en el centro del caso no estaba allí. Evo Morales, el expresidente de Bolivia, el líder cocalero que gobernó de 2006 a 2019 y transformó la imaginación política del país, no se presentó. Sus abogados tampoco se presentaron. Al final de la audiencia, el tribunal lo declaró en rebeldía, suspendió el juicio y emitió órdenes para su arresto.

La acusación es grave. Morales enfrenta un juicio por presunta trata de personas agravada, vinculada a denuncias de que mantuvo una relación con una menor con quien supuestamente tuvo una hija mientras era presidente en 2016. El juicio ahora está congelado hasta que se presente ante el tribunal o la policía ejecute la orden de aprehensión en su contra.

La decisión también impuso arraigo, una prohibición de salida del país destinada a impedir que abandone Bolivia. Bajo la orden de la Fiscalía de Tarija, se instruyó a la Dirección Nacional de Migración aplicar una restricción a nivel nacional sobre Juan Evo Morales Ayma como parte del proceso penal presentado por la Fiscalía General del Estado.

En el papel, este es un caso legal. En Bolivia, ya es mucho más que eso. Morales no es un acusado común. Es una de las figuras más trascendentales de la política latinoamericana moderna, un hombre cuya presidencia se convirtió en símbolo del ascenso indígena, el nacionalismo de los recursos y el poder rural entrando al palacio presidencial. Para sus seguidores, sigue siendo una corrección histórica. Para sus críticos, representa a un líder que dobló las instituciones a su voluntad.

Por eso la silla vacía importaba tanto. No parecía vacía. Parecía ocupada por el pasado no resuelto de Bolivia.

El expresidente boliviano Evo Morales. EFE/Jorge Abrego

El bastión que aún lo protege

Lesly Alemán, coordinadora departamental de la Fiscalía de Tarija, dijo que el acusado no se presentó ante la autoridad judicial sin justificación, ni personalmente ni a través de un tercero. Como resultado, los fiscales solicitaron la confirmación de la declaración de rebeldía y las órdenes de aprehensión.

La defensa de Morales rechaza la medida del tribunal. Wilfredo Chávez, uno de sus abogados, declaró a los medios en La Paz que el expresidente no había sido notificado personalmente para asistir al inicio del juicio, sino a través de un edicto judicial. En su opinión, eso generó un defecto procesal fundamental. También argumentó que el caso había sido “sacado del archivo” mientras se desarrollaban protestas sociales contra el gobierno de Rodrigo Duterte, convirtiéndolo, en sus palabras, en un tema político.

Ese argumento resonará entre los leales a Morales porque encaja en un guion latinoamericano conocido: tribunales usados como herramientas políticas, exmandatarios procesados en momentos convenientes, la justicia convertida en otro campo de batalla. Pero el temor opuesto es igual de fuerte: que el poder político se convierta en escudo, que un expresidente pueda evitar el mismo sistema al que cualquier ciudadano común estaría obligado a enfrentar.

Morales se ha mantenido en el Trópico de Cochabamba desde octubre de 2024, la región cocalera del centro de Bolivia que por mucho tiempo ha sido su fortaleza política y sindical. No es simplemente donde se esconde. Es donde comenzó su historia. Mucho antes de ser presidente, Morales construyó su poder nacional a través de los sindicatos cocaleros, la organización rural y la rabia de comunidades históricamente tratadas como desechables por el Estado boliviano.

Ahora ese mismo territorio lo protege. Según reportes, cientos de seguidores lo han rodeado para impedir que la policía ejecute la orden de arresto. Entre octubre y noviembre de 2024, los agentes no pudieron ingresar a la región porque los simpatizantes de Morales bloquearon caminos durante 24 días.

Ese detalle va al centro de la crisis. Las instituciones bolivianas han emitido órdenes, pero el movimiento de Morales controla el territorio. El Estado habla en documentos. Sus seguidores responden con cuerpos en las carreteras. Es una vieja disputa en los Andes, donde la ley, el territorio y la legitimidad no siempre están del mismo lado.

 El expresidente boliviano Evo Morales. EFE/Matias Martín Campaya

Cuando la ley se convierte en una prueba nacional

Las acusaciones contra Morales exigen seriedad. No pueden reducirse a teatro político ni descartarse como una pelea más entre facciones. Si el caso involucra a una menor, a un expresidente y un posible abuso de poder, Bolivia necesita un proceso riguroso, transparente y creíble. El público merece la verdad. Cualquier posible víctima merece protección y dignidad. Morales, como cualquier acusado, merece el debido proceso.

Ese equilibrio ya es difícil en un país estable. En Bolivia, es explosivo.

Durante la fase de investigación preliminar a inicios de 2025, un juez ya había declarado a Morales en rebeldía tras no presentarse en dos audiencias destinadas a resolver los cargos en su contra. En ese momento, alegó problemas de salud. En octubre de 2025, la Fiscalía General presentó la acusación formal. La Fiscalía de Tarija dice haber reunido más de 170 pruebas incriminatorias para el juicio oral, incluyendo 39 declaraciones de testigos.

Esas cifras dan peso a la acusación, pero no resuelven el asunto. La evidencia debe ser probada en el tribunal. Los testigos deben ser escuchados. Los procedimientos deben ser limpios. En un país donde la confianza en las instituciones es frágil, un solo error procesal puede convertirse en arma política. Un indicio de favoritismo puede ser prueba, para cualquier lado, de que el sistema está manipulado.

El mayor peligro es que el caso sea absorbido por el propio Morales. Su mito político es tan grande que puede eclipsar la acusación. Los seguidores pueden ver solo persecución. Los opositores pueden ver solo culpabilidad. Pero la justicia no puede sobrevivir si todos entran a la sala de audiencias habiendo elegido ya el final.

Bolivia ha vivido durante años a la sombra del ascenso y caída de Morales. Su presidencia amplió el reconocimiento para comunidades indígenas y rurales, que durante mucho tiempo estuvieron excluidas del poder. También produjo intensas acusaciones de deriva autoritaria, presión institucional y abuso político. Su salida en 2019 fracturó al país. Su influencia continua ha impedido que la política boliviana avance plenamente más allá de él.

Ahora, el caso en Tarija obliga a una pregunta más difícil. ¿Puede Bolivia responsabilizar a un expresidente sin convertir los tribunales en un espectáculo de venganza? ¿Puede Morales someterse a las instituciones sin tratar cada citación como un ataque a su movimiento? ¿Puede el país distinguir entre preocupaciones legítimas sobre el uso político de la justicia y la peligrosa idea de que los líderes poderosos pueden elegir cuándo se les aplica la ley?

El juicio suspendido no responde a nada de eso. Solo prolonga el enfrentamiento. Morales sigue en el Trópico de Cochabamba. La orden sigue vigente. El tribunal espera. La policía tiene órdenes. Sus seguidores tienen caminos, lealtad y memoria.

En América Latina, los expresidentes a menudo dejan el cargo sin dejar el poder. Permanecen en partidos, sindicatos, tribunales, protestas y discusiones familiares. Morales es una de esas figuras, demasiado grande para desaparecer, demasiado divisivo para ser tratado en silencio.

Pero este caso no es solo sobre Evo Morales. Es sobre si Bolivia aún puede construir un sistema de justicia lo suficientemente fuerte para enfrentar al poder de frente y lo bastante cuidadoso para no convertirse en su reflejo.

Por ahora, el juicio está suspendido. El país, no.

Lea También: El brillo del Mundial en México se encuentra con las madres que buscan a los desaparecidos

Related Articles

Botón volver arriba
LatinAmerican Post