ECONOMÍA

Venezuela reescribe las reglas mineras mientras sus viejas sombras aún se benefician

La nueva ley minera de Venezuela promete orden, confianza para los inversionistas y prosperidad futura. Sin embargo, llega a un sector marcado por expropiaciones, minas ilegales, control armado y salarios insuficientes para vivir, dejando al descubierto a un Estado que intenta regular lo que permitió.

Una ley escrita para inversionistas y para escépticos

Los legisladores venezolanos han aprobado un proyecto de ley para regular la minería, y en el papel, suena como un lenguaje de reparación. Define los derechos mineros. Crea categorías de pequeña, mediana y gran escala. Permite el arbitraje independiente de disputas, algo que los inversionistas extranjeros consideran esencial si van a confiar en que sus activos no serán simplemente expropiados. Prohíbe que el presidente, la vicepresidenta, ministros, gobernadores y otros altos funcionarios posean títulos mineros. Establece regalías e impuestos. Limita las concesiones a 30 años, aunque pueden renovarse.

Todo eso suena a un gobierno que intenta volver a parecer predecible.

Eso importa porque Venezuela está pidiendo a inversionistas extranjeros que entren en un sector que durante años ha enviado el mensaje opuesto. Hace dos décadas, empresas extranjeras en minería y petróleo vieron cómo el Estado expropiaba sus activos. Ese recuerdo no desaparece solo porque se apruebe una ley en una tarde. Permanece en el ambiente. Así que esta ley no es solo regulatoria. Es teatral en un sentido muy político. Es un esfuerzo por decirle al capital desconfiado que ahora las reglas pueden estar escritas, las disputas pueden ser arbitradas y los conflictos de interés oficiales al menos pueden ser nombrados.

La aprobación también llega en un momento cargado. Es la más reciente iniciativa legislativa de la presidenta en funciones Delcy Rodríguez desde enero, cuando la administración Trump intensificó la presión tras el derrocamiento de Nicolás Maduro por parte de los militares estadounidenses. El proyecto aún debe pasar por el Tribunal Supremo para su revisión constitucional. Incluso ese detalle dice algo sobre el ánimo actual. Venezuela no solo está produciendo leyes. Está produciendo forma legal, secuencia legal y una sensación de garantía legal.

El presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, calificó la medida como un "vehículo para la construcción de la prosperidad futura" y un "instrumento que protege" a los trabajadores mineros en todo el país. Esa es la promesa oficial. Prosperidad y protección, capital y trabajo, orden y crecimiento. En un país tan golpeado por el colapso económico, es fácil entender por qué se impulsa tanto ese discurso. El gobierno necesita una nueva frontera de esperanza. El petróleo ha dejado de ser suficiente. Ahora se le pide a la minería que cargue con más que solo minerales. Se le pide que cargue con una creencia.

Pero la creencia es difícil de legislar cuando el terreno bajo la ley ya ha sido trabajado por otros poderes.

La fiebre mineral bajo la crisis salarial

El momento de la votación hace que la contradicción sea difícil de ignorar. El día antes de que los legisladores aprobaran la ley minera, Delcy Rodríguez pidió paciencia a los trabajadores de los sectores público y privado mientras su gobierno trabaja para mejorar la economía. Prometió un aumento salarial para el 1 de mayo, pero no especificó el monto. Luego, el jueves, mientras los trabajadores protestaban en Caracas por mejores salarios, ella llegó a Granada en su primer viaje internacional oficial como presidenta en funciones.

Esa secuencia cuenta su propia historia. Por un lado, trabajadores cuyos salarios desde hace tiempo les impiden cubrir necesidades básicas. Por el otro, un gobierno que vende prosperidad futura a través de un sector extractivo recién regulado. La distancia entre esas dos escenas es política, pero también emocional. La promesa minera suena diferente en una capital donde la gente aún espera saber qué significará realmente su próximo ajuste salarial.

El impulso hacia la minería no comenzó con este proyecto de ley. Se aceleró en 2016, después de que los ingresos petroleros cruciales se desplomaran. El gobierno de Maduro entonces designó más del 10 por ciento del territorio venezolano como zona de desarrollo minero, abarcando la región central del país. Desde entonces, las operaciones de oro, diamantes, cobre y otros minerales se han multiplicado.

Pero el crecimiento minero no ha parecido un ordenado plan nacional. Gran parte ha tomado la forma de minas informales y sin licencia, operando bajo condiciones brutales y en presencia de grupos criminales. Homicidios, trata de personas, contrabando de combustible y otros delitos son descritos como habituales en las zonas mineras. Y aun así, los venezolanos comunes siguen llegando, con la esperanza de hacerse ricos rápidamente y escapar de la pobreza.

Ese último punto puede ser el más revelador de todos. La minería en Venezuela no es solo un sector industrial. También es un refugio social de desesperación, un lugar donde la economía formal ha fallado a tanta gente que incluso un trabajo peligroso, ilegal y brutal empieza a parecer una oportunidad. En ese sentido, la frontera minera no está separada de la crisis salarial. Es una de sus expresiones más crudas. La pobreza del país no ocurre al margen mientras la minería crece. La pobreza es parte de lo que alimenta esa expansión.

Así que cuando ahora el gobierno presenta la regulación como un nuevo comienzo, intenta reordenar algo que ya se ha convertido en economía de supervivencia para muchos y en fuente de ingresos para otros. Esa es una tarea mucho más difícil que escribir categorías en una ley.

El presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela (AN, Parlamento), Jorge Rodríguez (C), conversa con legisladores durante una sesión de la AN este martes en Caracas (Venezuela). EFE/ Ronald Peña R

¿Puede la ley alcanzar una mina ya reclamada por el poder?

El problema más agudo en las notas no es que a Venezuela le falte un marco legal. Es que el sector que se está legalizando ya es descrito como entrelazado con el poder criminal y la complicidad estatal. Funcionarios y miembros de las fuerzas armadas reciben parte de los ingresos de la minería ilegal a cambio de permitir que las minas operen. El Departamento de Estado de EE. UU. informó al Congreso el año pasado que la minería y venta de oro se había convertido en un lucrativo esquema financiero para algunos venezolanos bien conectados y altos oficiales de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, quienes se benefician cobrando a organizaciones criminales por el acceso y por insumos como el combustible. Añadió que fuentes respetadas estiman que el valor de mercado del oro extraído en Venezuela promedió 2.200 millones de dólares anuales en los últimos cinco años.

Ese es el verdadero telón de fondo de la nueva ley. No una hoja en blanco. Un esquema protegido.

La prohibición a altos funcionarios de poseer títulos mineros es, por tanto, políticamente interesante. Parece un intento de separar el cargo público de la propiedad directa, de decir que el Estado puede regular el sector sin alimentarse abiertamente de él. Pero las notas sugieren que la estructura profunda del beneficio no ha dependido solo de quién posee formalmente un título. Ha dependido de quién puede sacar una tajada, autorizar el acceso, mirar hacia otro lado o controlar los insumos. Una ley puede prohibir más fácilmente la propiedad que disolver esos hábitos de protección.

Aun así, el proyecto de ley no es irrelevante. Establece penas de prisión para quienes participen en actividades ilegales y para quienes causen daños ambientales. Permite la incautación de minerales obtenidos ilegalmente. Crea un sistema de impuestos y regalías. Eso sugiere que el Estado intenta pasar del caos tolerado al orden gravable. Quiere que la mina deje de ser solo una frontera criminal y comience a convertirse en una fuente de ingresos gobernada.

La pregunta es si inversionistas, trabajadores y venezolanos comunes creerán que la transición es real. Para las empresas extranjeras, el arbitraje independiente puede ser la opción más atractiva del texto en su conjunto porque ofrece una salvaguarda contra la expropiación. Para los trabajadores, la promesa de que la minería los protegerá puede sonar débil en un país donde la gente aún protesta para poder costear lo básico. Para el gobierno, sin embargo, la apuesta es clara. Apuesta a que los minerales pueden hacer lo que el petróleo ya no puede: estabilizar al Estado, atraer capital y hacer que la prosperidad vuelva a sonar plausible.

Por eso esta ley importa. No se trata solo de derechos mineros. Se trata de si un gobierno bajo presión puede transformar un sector largamente descrito como violento, informal y comprometido en algo apto para invertir, sin antes enfrentar plenamente las fuerzas que lo hicieron tan rentable en las sombras. Venezuela intenta convertir la riqueza enterrada en orden público. El proyecto de ley dice que se puede lograr. La historia reciente del país dice que la tierra no es lo único que ya está reclamado.

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