Los cubanos transforman la inventiva con chatarra en una advertencia para América Latina
Un auto impulsado por carbón vegetal en la Cuba rural puede parecer una curiosidad local; sin embargo, un reportaje de Reuters revela una realidad más profunda: cuando se intensifican los bloqueos de combustible, las economías en crisis de América Latina persisten. Improvisan, demostrando tanto la resiliencia de la región como la dureza de la escasez contemporánea.
El vehículo que ilustra los desafíos de un continente
En Aguacate, un pueblo de 5,000 habitantes ubicado aproximadamente a 70 kilómetros al este de La Habana, un mecánico con educación hasta octavo grado construyó un dispositivo que, a primera vista, parece una rareza popular pero que, al observarlo más de cerca, funciona como una declaración política.
El Fiat Polski de 1980 de Juan Carlos Pino, fabricado en Polonia, ahora funciona con carbón vegetal. El tanque de combustible, un distintivo recipiente de 60 litros soldado en la parte trasera, llama la atención mientras el vehículo avanza por calles llenas de baches donde los transeúntes se detienen para tomar fotografías y preguntar si se pueden hacer modificaciones similares. Reuters cita a Pino diciendo: “En una crisis como esta, es la mejor opción que tenemos. Necesitamos movilidad, necesitamos poder sembrar”.
Esta afirmación no solo aclara una invención individual, sino que también refleja una condición regional más amplia.
Durante décadas, América Latina ha experimentado la política de la escasez, surgida de sanciones, deuda, infraestructura deteriorada o negligencia de las élites, a menudo en combinación. La reciente crisis de combustible en Cuba, agravada después de que Washington cesó los envíos de petróleo en enero, ejemplifica una manifestación severa de una realidad común latinoamericana: cuando los sistemas oficiales fallan, los ciudadanos comunes deben asumir roles de mecánicos, logísticos y estrategas de supervivencia.
Reuters describe el pueblo de Pino como un lugar que antes tenía energía gracias a una refinería de azúcar que ya cerró, ahora rodeado de pastizales para vacas y canteras de piedra, donde los trabajadores se desplazan con sierras de mango largo. Esta descripción es significativa porque sitúa la invención en un paisaje marcado por las secuelas del declive industrial. La innovación no surge de la abundancia, el capital de riesgo o la planificación estatal; más bien, nace de los restos de promesas incumplidas.
Esta circunstancia resuena más allá de Cuba. En toda América Latina, este patrón es bien conocido: retiro del Estado, desaparición de importaciones, escasez de combustible, contracción de la economía formal, seguida de una economía de supervivencia improvisada construida con chatarra, memoria colectiva y cualquier material que pueda ser reutilizado en mecanismos funcionales.

La escasez como mecanismo de gobierno
Pino construyó su dispositivo completamente con materiales reutilizados. Según Reuters, el carbón vegetal se quema dentro de un tanque de propano convertido y sellado con una tapa de transformador. Una jarra de leche de acero inoxidable llena de ropa vieja funciona como filtro. Aunque esto parece casi milagroso, la necesidad que impulsó su creación está lejos de ser romántica.
La escasez ha sido una constante en la economía de mando de estilo soviético de Cuba. Ahora se ha intensificado después de que Estados Unidos depusiera a Nicolás Maduro, cortando el suministro de petróleo venezolano y amenazando con aranceles a cualquier otro país que abastezca de combustible a Cuba. Las consecuencias son inmediatas y humillantes. Los apagones eléctricos son ahora normales. La gasolina está estrictamente racionada. En el mercado negro, informa Reuters, la gasolina se vende a $8 por litro, o US$30 por galón, seis veces el precio oficial.
En este punto, las implicaciones políticas se amplían. La escasez en Cuba trasciende una condición económica y está evolucionando hacia una forma de gobierno impuesta desde múltiples fuentes. El Estado cubano, a pesar de su rigidez e ineficiencia crónica, sigue regulando la vida diaria mediante el control y la escasez. Sin embargo, la presión de EE.UU. intensifica las restricciones externas, convirtiendo el combustible en un arma y la movilidad en un privilegio.
América Latina debe reconocer rápidamente los riesgos asociados. Cuando el acceso al transporte, la comida, la salud y el trabajo agrícola depende de la capacidad de un país para sortear sanciones o improvisar sistemas de reemplazo con chatarra, la región deja atrás los debates ideológicos abstractos para enfrentar hasta qué punto las presiones geopolíticas pueden alterar la vida civil.
Reuters cita al innovador argentino Edmundo Ramos, cuya tecnología de código abierto inspiró a Pino, informando que otros cubanos también lo han contactado: un fabricante de hielo, un vendedor de helados, un dueño de tienda y otra persona que abastece de energía a un barrio con un generador de 50 kilovatios. Esta secuencia de comunicaciones revela una sociedad que se reorganiza no a través de alivios políticos, sino mediante la adaptación de emergencia.
Esto representa una lección crucial para la región. En América Latina, las crisis rara vez permanecen aisladas en un solo sector. Una escasez de combustible se convierte en problemas en agricultura, transporte, seguridad alimentaria, salud y política. La economía no se fragmenta en categorías discretas, sino que se deshilacha en la vida cotidiana.
Por lo tanto, Reuters documenta no solo la inventiva cubana en Aguacate, sino también las dinámicas que surgen cuando un país se ve obligado a sobrevivir mediante la improvisación descentralizada. Aunque el resultado pueda parecer heroico desde fuera, con frecuencia implica agotamiento desde dentro.

Distinguir resiliencia de justicia en América Latina
Existe una tendencia, especialmente fuera de la región, a ver historias como la de Pino como celebraciones de la inventiva latinoamericana. Narvis Cruz, quien conduce un Pontiac de 1953 armado con un motor Perkins, una transmisión Mercedes, un sistema de dirección checo y un diferencial de Alemania Oriental, le dio a Reuters una descripción adecuada de este fenómeno: “Eso es Cuba. Una ensalada de todo”.
Esta frase es tanto perspicaz como, en cierto modo, trágica.
La resiliencia en América Latina es frecuentemente admirada por quienes no la experimentan de primera mano. La capacidad de persistir bajo condiciones adversas es real, al igual que la creatividad y la inteligencia persistente que las sanciones, la austeridad y el fracaso estatal no han extinguido. Sin embargo, confundir resiliencia con una solución es problemático.
Según Reuters, el auto de Pino impulsado por carbón vegetal completó un recorrido de 85 kilómetros y alcanzó una velocidad máxima de 70 kilómetros por hora. Otros cubanos lo describieron como “el invento del año” y expresaron asombro. Si bien estas reacciones son sinceras, también resaltan la magnitud del vacío circundante. Una sociedad no debería verse obligada a convertir un Polski de dos cilindros en un vehículo a carbón solo para mantener la dignidad básica de la movilidad y la actividad agrícola.
Esta situación ejemplifica un fenómeno más amplio en América Latina. Cuba demuestra, a pequeña escala, las consecuencias de que los sistemas formales se vean tan restringidos que la supervivencia se vuelve artesanal. La región ha presenciado antes casos similares, como reparaciones eléctricas caseras, redes de transporte informales y cocinas y clínicas sostenidas por trueque y favores personales. La lección no es que los latinoamericanos sean infinitamente adaptables, sino que los Estados poderosos y las instituciones fallidas han llegado a depender de esa adaptabilidad.
Reuters presenta la imagen de Pino conduciendo lentamente por Aguacate, con personas reuniéndose asombradas. Esta escena impactante, casi cinematográfica, tiene un significado político más duro. Cuando los gobiernos y los imperios hacen imposible la vida normal, la carga recae una vez más en los ciudadanos comunes para construir soluciones con materiales desechados y esperanza residual.
Si bien esto puede dar fe de la inventiva cubana, también sirve como advertencia para el resto de América Latina sobre lo fácilmente que la resiliencia puede usarse para justificar la permanencia en la crisis.
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