ANÁLISIS

México reabre con España sin olvidar el imperio que aún resuena

La visita de Claudia Sheinbaum a España marca un deshielo cauteloso entre dos países unidos por el comercio, el idioma y viejas heridas, mostrando cómo México intenta reabrir una relación útil sin ceder la memoria colonial que todavía moldea la política latinoamericana actual.

Un deshielo con condiciones

Cuando la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum se reunió con Pedro Sánchez en Barcelona tras la cumbre llamada “En defensa de la democracia”, la escena tuvo más peso que la típica foto de líderes dándose la mano después de un foro. Fue la primera visita presidencial mexicana a España en ocho años, y la primera de un presidente mexicano desde que Morena llegó al poder en 2018. Eso por sí solo ya era una señal diplomática. Pero lo que le dio significado no fue solo el viaje en sí. Fue el tono.

La visita marcó un suavizamiento tras años de relaciones tensas. Bajo el mandato de su predecesor y mentor político, Andrés Manuel López Obrador, las relaciones con España se deterioraron después de que en 2019 exigiera que España pidiera disculpas por los abusos cometidos durante el dominio colonial en México. Esa disculpa no llegó en ese momento. El estancamiento persistió como otro recordatorio de que, en América Latina, la historia nunca es solo historia. Sigue filtrándose en el protocolo, el comercio, la ceremonia y el orgullo nacional.

Ahora el lenguaje ha cambiado. Sheinbaum dijo que ya había habido un acercamiento tanto del primer ministro español como del rey, algo que México reconoce, según sus palabras. Pero también dejó claro que la reapertura no se basa en el olvido. Dijo que volvió a exponer la postura de México sobre la importancia de reconocer los abusos cometidos durante la colonización de América Latina en su encuentro con Sánchez. Eso es lo que hace que este momento sea políticamente interesante. México no se aleja de la memoria histórica. Está cambiando el método diplomático en torno a ella.

Eso importa porque Sheinbaum parece entender que una relación puede deshelarse sin volverse amnésica. Agradeció a Sánchez por la invitación, dijo que no hay crisis diplomática y que nunca la ha habido, e invitó a Sánchez a la próxima edición de la cumbre en México el año que viene. Este es un estilo más suave que la confrontación pública que marcó la fase anterior. Pero no es una rendición. Es una recalibración.

El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, saluda a la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, en la IV Cumbre en Defensa de la Democracia, en Barcelona, España. EFE/Alberto Estévez.

El imperio en la sala

Para entender por qué la reunión importa, conviene recordar qué hay exactamente detrás de la incomodidad diplomática. España gobernó uno de los mayores imperios del mundo entre los siglos XVI y XVIII, extendiéndose por cinco continentes, incluyendo gran parte de América Latina. En los registros, el dominio colonial se describe claramente a través de trabajo forzado, expropiación de tierras y violencia contra los pueblos indígenas. Eso no es un exceso retórico. Es la base histórica del argumento.

Para México, pedir a España que reconozca esos abusos nunca ha sido un tema secundario. Ha sido parte de un esfuerzo latinoamericano más amplio por sacar la violencia colonial de la niebla educada del patrimonio y llevarla al lenguaje más duro del poder y el daño. Lo que hizo López Obrador en 2019 no fue inusual en espíritu, aunque sí fue inusualmente frontal en la forma diplomática. En toda la región, gobiernos, intelectuales y movimientos sociales han insistido repetidamente en que el periodo colonial no puede seguir envuelto en nostalgia, monumentos y una memoria escolar selectiva. La demanda no es solo una disculpa. Es claridad.

Por eso esta nueva etapa con España conlleva cierta tensión. Cualquier acercamiento corre el riesgo de ser interpretado, especialmente por los escépticos, como una retirada de la verdad histórica a cambio de una diplomacia más fluida. Pero los hechos aquí sugieren algo más sutil. El mes pasado, el rey Felipe VI reconoció abusos en el pasado colonial de España, suavizando una negativa anterior a pedir disculpas. Eso no borra la resistencia previa, ni satisface todas las demandas históricas. Pero cambia el ambiente. Ofrece un inicio de reconocimiento sin entrar plenamente en el lenguaje del arrepentimiento.

En América Latina, gestos como ese importan porque el simbolismo siempre ha tenido un peso político importante. Esta es una región donde la memoria oficial puede herir o sanar, donde la negativa a nombrar la violencia pasada a menudo se siente como una extensión de la propia violencia. Así que el reconocimiento de Felipe, y la disposición de Sheinbaum a señalarlo, sugiere que puede estar surgiendo una nueva gramática diplomática. Quizá menos teatral que el choque de 2019. Más incremental. Pero aún basada en la idea de que las relaciones modernas entre España y América Latina no pueden construirse sobre la vieja ficción de que el imperio fue solo un intercambio civilizador.

También hay un ángulo interno. Morena llegó al poder en parte hablando en un lenguaje de reparación histórica, dignidad nacional y resistencia al consenso de las élites. Para Sheinbaum, entonces, mejorar los lazos con España sin parecer abandonar ese terreno moral no es solo una cuestión de política exterior. Es un equilibrio político. Tiene que demostrar que México puede reabrir puertas en el exterior sin dejar de ser fiel a las demandas históricas que ayudaron a definir su movimiento en casa.

La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, asiste a la Cumbre “En Defensa de la Democracia” en Barcelona, España. EFE/Alberto Estévez.

Comercio, democracia y el futuro latinoamericano

La otra razón por la que esta visita importa es que ocurrió no en una feria comercial o una ceremonia real, sino en una cumbre de líderes progresistas organizada para movilizar fuerzas contra la extrema derecha. Ese contexto cuenta su propia historia. El encuentro entre Sheinbaum y Sánchez no fue simplemente diplomacia bilateral. Se dio en un paisaje ideológico en el que la izquierda latinoamericana y sectores de la centroizquierda europea intentan presentarse como defensores de la democracia bajo presión.

Eso le da al deshielo un significado estratégico. La ministra de Economía de España dijo que la presencia de Sheinbaum era una señal muy importante y positiva de acercamiento y destacó la necesidad de impulsar los lazos comerciales y de inversión, especialmente en energía, infraestructura y finanzas. No son sectores menores. Son los tipos de sectores a través de los cuales se ejerce la influencia moderna y se construye una alineación a largo plazo. Si las relaciones mejoran, los beneficios no se limitarán al protocolo. Pueden pasar por puertos, redes eléctricas, crédito y construcción.

Aun así, aquí es donde el acto de equilibrio de México se vuelve especialmente delicado. América Latina tiene una larga historia de reabrir relaciones con antiguas potencias imperiales en el lenguaje de la modernización, solo para descubrir que las viejas asimetrías regresan disfrazadas de contratos y flujos de inversión. El reto de Sheinbaum será profundizar los lazos sin permitir que la cooperación económica diluya las cuestiones históricas y políticas que dieron sentido a la ruptura en primer lugar.

Su invitación al rey Felipe VI para asistir a la ceremonia de apertura del Mundial el próximo año es una señal de esta nueva etapa. También lo es el hecho de que no lo invitó a su toma de posesión el año pasado, mientras que ahora extiende un gesto tras su reconocimiento público de los abusos coloniales. Aquí la diplomacia se usa casi como coreografía. Distancia, luego reconocimiento, luego invitación. No calidez por sí misma, sino calidez después de una señal.

Lo que esto significa para México, y quizá para América Latina en general, es que la región podría estar entrando en una fase más madura en la forma en que gestiona la memoria colonial con Europa. Menos dependiente de grandes rupturas. Menos dispuesta a dejar la historia de lado por conveniencia. Más interesada en extraer reconocimiento mientras se reabren lazos prácticos.

No es una fórmula perfecta. Puede frustrar tanto a quienes quieren una rendición de cuentas más plena como a quienes desean que la historia desaparezca de la diplomacia por completo. Pero refleja una verdad que América Latina conoce bien. El pasado no desaparece porque los presidentes decidan volver a sonreír. Está ahí, en la sala, en el apretón de manos, en la invitación, en la forma de decir las cosas. El viaje de Sheinbaum a Barcelona sugiere que México intenta hacer algo difícil pero necesario: avanzar con España manteniendo el imperio lo suficientemente visible como para que nadie pueda fingir que el camino fue alguna vez limpio.

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