La caída de una modelo brasileña en el mundo Trump revela poder, lealtad y exilio
Una brasileña que alguna vez fue bienvenida en el círculo social de Donald Trump ahora dice que fue deportada bajo su segunda administración, convirtiendo una ruptura personal en una historia reveladora sobre migración, cercanía al poder y las lealtades inestables dentro de la élite estadounidense.
La promesa de estar cerca de la mesa correcta
Estaban juntas al lado de Donald Trump, frente a un enorme árbol de Navidad en Mar-a-Lago, las manos casi tocándose, dos mujeres inmigrantes que habían cruzado océanos en busca de la misma brillante promesa estadounidense. Melania Trump había llegado desde Eslovenia. Amanda Ungaro venía de Brasil. Ambas eran madres de un hijo. Ambas se movían en un mundo de moda, riqueza, presentaciones y poder masculino. Por un tiempo, según las notas, también compartieron la misma órbita, cenando regularmente con Trump y Melania en el resort de Palm Beach gracias al entonces novio de Ungaro, el empresario Paolo Zampolli. Parecía la vieja historia de cómo el acceso puede hacer lo que Estados Unidos suele prometer: convertir a los forasteros en parte del círculo, o al menos permitirles sentarse lo suficientemente cerca como para sentir el calor.
Pero la verdadera historia aquí no es el glamour. Es la fragilidad. Porque en los años desde aquella fotografía en Mar-a-Lago, los caminos de ambas mujeres se han dividido en universos morales distintos. Melania, ahora de regreso en la Casa Blanca, ha permanecido públicamente protegida por su rango, matrimonio y un silencio cuidadosamente gestionado que solo se rompió recientemente cuando condenó lo que llamó mentiras sobre supuestos vínculos con Jeffrey Epstein y reportes de que había volado en su avión. Ungaro, en cambio, dice que su propio sueño americano terminó con la deportación de regreso a Brasil tras el regreso de Trump al poder, un giro tan brusco que parece menos una caída social que una lección sobre cuán rápido puede evaporarse la pertenencia cuando nunca estuvo realmente garantizada.
Ese contraste le da fuerza a la historia. Una mujer inmigrante permanece dentro de la arquitectura del poder nacional. Otra dice que la misma administración la expulsó, a quien alguna vez rozó hombros con ellos en cenas privadas. Para los latinoamericanos, especialmente los brasileños, que desde hace tiempo entienden cómo el estatus puede abrir puertas sin borrar la vulnerabilidad, el simbolismo es difícil de ignorar. En una temporada, la mesa se siente íntima. En el siguiente paso, llega el Estado.
El conducto entre ambas mujeres es Zampolli, el empresario nacido en Milán que conoce a Trump desde mediados de los años noventa y que durante mucho tiempo se ha presentado como el hombre que presentó a Melania con el futuro presidente. Las notas citan reportes de que ayudó a asegurar la visa estadounidense de Melania tras conocerla en un casting en Milán y luego la presentó a Trump en una fiesta en Nueva York. También ha dicho que voló con Trump para asistir a la boda en Mar-a-Lago en 2005. En Instagram, se describió como amigo del presidente por más de 30 años y de la primera dama por 29, agregando una frase que suena como el tema de toda la historia: "La lealtad es rey."
A menudo lo es, hasta que deja de serlo.

Cuando el Estado entra en una pelea familiar
El relato de Ungaro sobre su cercanía al mundo Trump llega en un registro distinto, menos pulido y más golpeado. Contó a O Globo de Brasil que cuando Trump ganó en 2016, Zampolli se comportaba como si él también hubiera sido elegido. De repente, dijo, las invitaciones se multiplicaron. En las fiestas de Año Nuevo en Mar-a-Lago, ella y otra pareja eran los únicos en la mesa con Trump y Melania. Es una imagen de acceso al círculo interno, el tipo de acceso que puede sentirse casi permanente cuando estás dentro.
Pero nada en esta historia parece permanente salvo la jerarquía. En un momento, la propia Ungaro fue nombrada para un cargo ceremonial como embajadora de Granada ante las Naciones Unidas gracias a las conexiones de Zampolli en la Casa Blanca. Ese detalle importa porque muestra cuán porosa puede volverse la línea entre redes personales y títulos oficiales dentro de los ecosistemas políticos de élite. Los cargos aparecen. Las puertas se abren. La influencia se mueve a través de la amistad antes de anunciarse como poder.
Luego el círculo se enfrió. Tras diecinueve años con Zampolli, durante los cuales tuvieron un hijo juntos, Ungaro se separó de él, luego se casó con un médico brasileño y vivía en Florida cuando fue arrestada en junio de dos mil veinticinco por cargos relacionados con fraude y finalmente deportada por permanecer más allá del tiempo permitido en su visa. En ese momento, estaba involucrada en una disputa de custodia con Zampolli por su hijo adolescente.
Aquí es donde la historia se vuelve más inquietante que un simple relato de ascenso y caída social. Según The New York Times, citado en las notas, Zampolli pidió a la administración un favor, solicitando que Ungaro fuera puesta en detención de ICE para ayudarlo a ganar la custodia. En su entrevista con el Times, Zampolli negó haber pedido la intervención de ICE, calificando la acusación de absurda. El Departamento de Seguridad Nacional también negó que Ungaro fuera deportada por razones políticas. Esas negaciones importan, y cualquier relato honesto debe tenerlas en cuenta. Aun así, el simple hecho de que disputas de custodia personal, detención migratoria y cercanía presidencial puedan aparecer en la misma frase dice algo sombrío sobre la época.
Para muchos inmigrantes, la detención es el punto en que el sueño americano se quita el disfraz. Deja de hablar el lenguaje de la oportunidad y empieza a hablar el de los papeles, las estadías vencidas, la aplicación de la ley y la expulsión. La historia de Ungaro resulta especialmente chocante porque las notas la ubican tan cerca de las personas y espacios que proyectan seguridad, influencia y excepción. Sin embargo, la cercanía, aquí, no garantizó protección. Si acaso, hace que la caída se vea aún más dura. Estados Unidos puede invitarte a la fotografía y aun así negarte el país.

La sombra de Epstein y el precio de la cercanía
Sobre todo esto flota la sombra de Epstein, que es lo que convierte la historia de un drama privado en algo más parecido a un mapa de cómo la moda, el poder y las redes comprometidas se han superpuesto durante mucho tiempo. Las notas dicen que el nombre de Zampolli aparece varias veces en los archivos de Epstein publicados por el Departamento de Justicia y que, según se informa, discutió la compra de una agencia de modelos con Epstein, quien murió en la cárcel en dos mil diecinueve. Ungaro dijo a O Globo que le habían pedido testificar ante el Comité de Supervisión de la Cámara que investiga el caso Epstein, aunque no había sido citada formalmente.
También contó que, cuando tenía 17 años y era representada por Jean-Luc Brunel, voló en el avión de Epstein en una época en que Brunel, figura del modelaje y socio de Epstein, reclutaba chicas jóvenes. Su recuerdo es escalofriante por su simpleza. Había unas treinta chicas en el avión, dijo, muchas de ellas más jóvenes que ella, más parecidas a estudiantes que a modelos.
Ese recuerdo no lo prueba todo, ni debería exigírsele que lo haga. Pero sí ilumina el tipo de mundo por el que se movían estas mujeres, uno donde la belleza, la migración, el patrocinio masculino y el acceso a la élite rara vez estaban claramente separados. Melania ahora ha negado públicamente que Epstein la haya presentado a Trump o que alguna vez haya estado en el avión. Esa negación también es parte de la historia, porque muestra cuán intensamente todos en esta órbita ahora intentan redefinir distancias, decir quién estuvo cerca, quién no, quién presentó a quién, quién voló a dónde, quién pertenece a qué fotografía.
El ángulo brasileño agudiza la tragedia en vez de suavizarla. La historia de Ungaro no es solo la de una exmodelo que se peleó con un hombre poderoso. Es sobre cuán provisional puede ser el ascenso de un inmigrante dentro de sistemas construidos sobre la lealtad personal y el poder institucional. Una brasileña puede cenar con un presidente, recibir títulos ceremoniales por conexiones y aun así terminar de regreso en Brasil, contando su versión de los hechos desde el otro lado de la frontera.
Al final, esa puede ser la imagen más reveladora que dejan las notas. No el enorme árbol de Navidad, ni la mesa de Mar-a-Lago, ni siquiera los nombres famosos. Solo la brecha entre invitación y seguridad. Entre estar cerca del poder y estar protegido por él. Una mujer permaneció dentro del palacio de las negaciones. La otra se convirtió en una advertencia sobre cuán rápido el acceso puede agriarse cuando la lealtad, la migración y los agravios privados empiezan a rozar la maquinaria del Estado.
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