Bogotá se mete en el papel: SOFA convierte el cosplay en un lenguaje de pertenencia.
El festival SOFA de Bogotá espera recibir a 200.000 asistentes, pero sus historias más reveladoras ocurren debajo de los disfraces. En 23 pabellones, las comunidades colombianas de aficionados están transformando la fantasía importada en trabajo creativo, identidades compartidas y una reivindicación pública de pertenencia.
El trabajo detrás del disfraz
Kachan Sekai llega a Corferias con un sombrero rosado con orejas de conejo, un corsé y medias oscuras. Según explica esta cosplayer bogotana, ese es uno de sus atuendos más sencillos. “Tengo cosplays más complicados. Pero hoy quería mantenerlo simple”, le cuenta a EFE. A su alrededor, los disfraces convierten el acto cotidiano de caminar por una feria en una especie de espectáculo.
Esta es su decimotercera visita al Salón del Ocio y la Fantasía, conocido como SOFA, pero apenas la segunda como invitada. Esa diferencia importa más que las orejas de conejo. Quien antes acudía para participar ahora va a encontrarse con sus seguidores y posar para los fotógrafos. En 23 pabellones, la feria transforma intereses privados en identidades sociales visibles.
Tatiana Rudd, gerente de proyectos de Corferias, describe ante EFE el encuentro como un lugar donde cada persona puede desarrollar una identidad. La combinación de dulzura y melancolía de Kachan hace visible esa idea. No se limita a desaparecer dentro del personaje de alguien más; está eligiendo cómo quiere ser vista.
La feria abrió el jueves con una previsión de 200.000 asistentes durante cinco días. Eso equivale a un promedio de 40.000 personas diarias, aunque la asistencia podría distribuirse de manera desigual. La proyección tampoco aclara si los visitantes que regresan se contabilizarían por separado. Es una medida de la escala prevista, no una prueba del rendimiento económico del evento.

Personajes importados, vidas colombianas
La decimoséptima edición de SOFA reúne a 150 comunidades y 450 expositores. Estas cifras describen formas distintas de participación. Los expositores aportan una dimensión comercial; las comunidades construyen relaciones que no pueden reducirse a las compras. Un visitante puede comprar, actuar, aprender o simplemente encontrar personas que compartan su entusiasmo.
Los organizadores también reportan alrededor de 900 gestores culturales y 5.000 artistas, con una presencia especialmente destacada del grafiti. Estas cifras corresponden a la participación, no a un censo de empleos independientes y remunerados. Sin embargo, su magnitud dirige la atención hacia el trabajo que hay detrás del espectáculo: crear, organizar, enseñar, exponer y actuar.
El grafiti resulta particularmente revelador junto a los personajes importados. Evita que el evento parezca únicamente una vitrina de entretenimiento producido en otros lugares. Los participantes colombianos incorporan el arte urbano al mismo espacio que el manga y los videojuegos. El encuentro no es una simple competencia entre la cultura local y la extranjera.
La comunidad colombiana de idols también se desarrolla alrededor de la cultura urbana japonesa y reúne a cantantes, músicos y bailarines. Mientras tanto, un circuito dedicado da mayor protagonismo a la cultura popular surcoreana. Sebastián Echeverri, director de contenidos, le cuenta a EFE que estas actividades ayudan a ampliar la oferta de la feria. Su valor no se mide únicamente por la cantidad de productos que compran los visitantes.
Esa diferencia cuestiona la idea de que ser fanático consiste únicamente en consumir de forma pasiva. Los participantes no tienen que crear un universo ficticio desde cero para producir algo dentro de él. Kachan puede interpretar una estética en lugar de limitarse a reproducir un personaje. Los artistas colombianos pueden adaptar influencias importadas y convertirlas en parte de una escena local compartida.

Un público regional encuentra su propia voz
Echeverri informa que hay visitantes e invitados de toda América Latina, incluidos Venezuela y Ecuador, y que este año aumentó la participación de México y Brasil. El intercambio regional complica la imagen habitual de un entretenimiento extranjero que llega a Colombia sin que nada regrese en sentido contrario.
Entre los invitados anunciados están el dúo mexicano Banana Cospboys y Óscar Flores, la voz en español latinoamericano del Rey Helado en “Hora de Aventura”. Un actor de doblaje ofrece una conexión particularmente cercana. El público puede reconocer a un personaje, en primer lugar, por la voz que lo hizo familiar en su propio idioma.
Para Hatsu, un venezolano que asiste por primera vez a una pasarela de cosplay, el atractivo es menos complicado. Lo llama “un lugar mágico” y le dice a EFE: “Aquí simplemente te ríes y sigues con la vida”. Su explicación no presenta una gran teoría. El disfrute es suficiente.
El dragón, figura recurrente de SOFA desde 2010, regresa con el tema de esta edición, “El reflejo del dragón”. Es un símbolo apropiado para un encuentro que no tiene una única identidad uniforme. En 23 pabellones, el desafío no consiste en lograr que todos se parezcan, sino en permitir que distintas comunidades compartan un espacio.
La asistencia ofrecerá un veredicto cuando cierren las puertas. No les dirá a los organizadores si los artistas ganaron lo suficiente, si los recién llegados se sintieron bienvenidos o si las comunidades encontraron un espacio que fuera más allá de su atractivo comercial. Esas son preguntas más difíciles. El regreso de Kachan ofrece otra forma de medirlo: una participante se ha convertido en invitada y un interés privado ha encontrado un espacio público.



