Sheinbaum de México hace bien en volver a juzgar a Cortés
La publicación por parte de Claudia Sheinbaum de un edicto real español de 1548 dificulta descartar el debate sobre Cortés, obligando a México a enfrentar la nostalgia de la conquista como evidencia y no como opinión, y exponiendo por qué las heridas coloniales aún moldean la imaginación política de América Latina.
El archivo responde
El caso contra Hernán Cortés no necesitaba otro testigo, pero Claudia Sheinbaum presentó uno de todos modos.
El jueves, la presidenta de México publicó un edicto de 1548 del rey Carlos I de España, emitido en Valladolid, y lo presentó como prueba de que incluso la España imperial reconocía la brutalidad del conquistador que ahora es elogiado por Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid. Según la lectura de Sheinbaum, el documento no pertenece solo a la polvorienta historia colonial. Es evidencia.
"Aquí les dejo el edicto de Carlos I de España en Valladolid, de 1548, en el que habla de las atrocidades de Hernán Cortés", escribió Sheinbaum en redes sociales, agregando que los pueblos originarios son "la verdadera reserva de valores del México de ayer y de hoy".
Hizo bien en hacer hablar al archivo.
El decreto, que compartió en fotografías, ordenaba la liberación de "todos los indios que el Marqués del Valle hizo esclavos en las Indias", refiriéndose a Cortés por su título nobiliario y a los territorios americanos conquistados. El texto también mencionaba crímenes ligados a sus campañas, incluyendo la masacre de 400 hombres del pueblo indígena de Cachula, la esclavización forzada de descendientes de pueblos originarios y la masacre de Cholula llevada a cabo por las fuerzas de Cortés.
Esto es importante porque los defensores de la conquista suelen pedirle a América Latina que debata con mitos mientras mantienen los documentos guardados en el cajón. Visten la conquista con el lenguaje de la civilización, la fe, la mezcla y el destino histórico. Sheinbaum respondió con la propia documentación del colonizador.
El resultado es devastador. Si la propia maquinaria de la Corona española discutía la esclavitud indígena y la violencia vinculada a Cortés, entonces el esfuerzo moderno por rehabilitarlo como un fundador incomprendido no solo es insensible, sino históricamente poco serio.

La conquista no fue un malentendido
La visita de Ayuso a México se volvió una provocación porque elogió a Cortés, defendió la supuesta pureza del mestizaje colonial y atacó al partido gobernante de México, Morena. Presentó la conquista como parte de un legado compartido y criticó las narrativas que, en su opinión, fomentan el odio.
Pero México no promueve el odio al recordar Cholula. Se niega a la amnesia.
La masacre de Cholula, según describen las notas históricas, fue una de las acciones más despiadadas de Cortés durante su marcha hacia la conquista de México. En octubre de 1519, los conquistadores españoles reunieron a los nobles de Cholula en un patio, los acusaron de traición y luego atacaron a una multitud en su mayoría desarmada. Fuera de la ciudad, los aliados tlaxcaltecas también atacaron. En cuestión de horas, miles murieron en las calles, incluyendo gran parte de la nobleza local. La masacre envió un mensaje al centro de México y al estado mexica de que los españoles no eran simplemente viajeros, diplomáticos o soldados de paso. Eran una fuerza dispuesta a usar el terror como comunicación política.
Ese es el verdadero marco criminal de la conquista. No misterio, sino motivo. Oro. Poder. Territorio. Miedo. La evidencia atraviesa Cholula, la masacre del Templo Mayor, el sitio de Tenochtitlan, la tortura de Cuauhtémoc, la esclavitud, el trabajo forzado y la destrucción de los mundos indígenas. La conquista no fue el nacimiento accidentado del México moderno. Fue una campaña de dominación.
Esto no niega que el mestizaje se haya convertido en parte de la identidad de México. No niega que el México actual es un país de mezcla, contradicción, dolor y creación. Pero celebrar el mestizaje sin nombrar la coerción es convertir la violencia en romance. Pide a los descendientes indígenas que estén agradecidos por sobrevivir. Trata la herida como si fuera una boda.
Por eso el argumento de Sheinbaum es más sólido que el de Ayuso. Sheinbaum no dice que la historia deba reducirse al resentimiento. Dice que la historia no puede limpiarse tanto que desaparezca la sangre.

América Latina rechaza el viejo guion
El significado regional más profundo no trata sobre una política española o una presidenta mexicana. Se trata de quién tiene derecho a interpretar el pasado de América Latina, y para la comodidad de quién.
Durante siglos, a la región se le dijo que el imperio trajo orden al caos, religión al vacío, lengua al silencio y civilización a quienes supuestamente carecían de ella. Esa narrativa siempre ha sido útil al poder. Convirtió el robo en destino. Convirtió una masacre en cimiento. Convirtió la supervivencia indígena en una nota al pie.
El sentimiento anticolonial de América Latina hoy no es una negativa infantil a avanzar. Es una exigencia de que el pasado sea descrito con precisión antes de pedir reconciliación. México no puede tener una relación honesta con España si la derecha política española sigue empeñada en pulir al conquistador mientras pide a los mexicanos que no odien. El respeto no comienza diciéndole al herido cómo debe recordar la herida.
La postura de Sheinbaum también es importante porque rechaza una trampa común. Cuando los líderes latinoamericanos critican la memoria colonial, a menudo se les acusa de desviar la atención de los problemas actuales. Pero el presente no está separado de la herencia colonial. La desigualdad de la tierra, la jerarquía racial, la exclusión indígena, la economía extractiva y el desprecio de las élites no cayeron del cielo. Se construyeron con el tiempo, muchas veces con la conquista como su primera arquitectura.
Decir que importan las atrocidades de Cortés no es vivir en 1521. Es entender por qué algunas estructuras de poder duraron tanto.
El viaje de Ayuso, que incluye una parada en la Riviera Maya para los Premios Platino, ha sido criticado incluso por la oposición española como una provocación. Esa palabra es adecuada porque el momento y el tono parecieron menos un diálogo y más una puesta en escena. Vino a México y elogió al hombre cuyo nombre aún hiere la memoria indígena. Defendió una conquista que las comunidades mexicanas llevan generaciones intentando nombrar con verdad.
Sheinbaum respondió con un edicto real, y esa fue la respuesta perfecta. No un eslogan. No un berrinche. Un documento.
México tiene razón en este debate porque un país tiene derecho a rechazar la glorificación de su propia devastación histórica. Tiene razón porque los pueblos indígenas no son utilería en una obra de nostalgia española. Tiene razón porque el propio archivo confirma que la conquista produjo atrocidades, esclavitud y masacres. Tiene razón porque América Latina puede construir relaciones con Europa sin arrodillarse ante la versión de la historia que Europa prefiere.
Cortés no necesita reivindicación. Los muertos necesitan honestidad. Los vivos necesitan dignidad. Y México, después de cinco siglos de que le digan cómo recordar, tiene todo el derecho de volver a poner al viejo fantasma en el banquillo.
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