AMÉRICAS

Ecuador reinicia el reloj del toque de queda mientras las cifras de homicidios cuentan una historia más larga

El último toque de queda de Ecuador restringe la movilidad nocturna mientras las autoridades persiguen a grupos criminales. Pero las cifras de homicidios y la advertencia de una experta plantean una pregunta más difícil: si los controles temporales producen seguridad duradera, o simplemente interrumpen una violencia que las comunidades enfrentan mucho más allá de las horas restringidas.

Cinco horas bajo restricción

En cuatro provincias ecuatorianas, la diferencia entre un regreso ordinario a casa y una violación al toque de queda vuelve a ser cuestión de minutos. Desde el 17 de septiembre, la movilidad nocturna está restringida desde la medianoche hasta las 5 a.m. Policías y soldados patrullan las calles y realizan redadas en zonas donde las autoridades dicen que se esconden grupos criminales.

Las nuevas restricciones abarcan El Oro, Manabí, Guayas y Los Ríos. EFE describe la operación como una medida de 15 días, el tercer periodo de toque de queda de 2026, tras rondas en marzo y mayo. Estos territorios costeros están en el centro de la campaña del gobierno contra la violencia asociada al narcotráfico.

El toque de queda forma parte de una declaración de emergencia más amplia de 60 días que cubre ocho provincias y tres municipios. Las dos medidas tienen límites y duraciones diferentes. Pichincha, cuya capital es Quito, está bajo la declaración de emergencia pero no bajo este toque de queda de cuatro provincias. Las restricciones a la movilidad nocturna y la ampliación de poderes de seguridad están relacionadas, pero no son idénticas.

La consultora en seguridad pública Katherine Herrera dijo a EFE que las reducciones temporales pueden dar espacio a las fuerzas de seguridad para realizar otras operaciones. Su matiz es importante: una apertura operativa no es lo mismo que una reducción sostenida de homicidios. Ella sostiene que los toques de queda por sí solos no desmantelan las organizaciones responsables.

El presidente Daniel Noboa declaró un conflicto armado interno en enero de 2024 y designó a las organizaciones criminales como grupos terroristas. Desde entonces, repetidos decretos de emergencia han restringido la movilidad y las protecciones para los hogares y las comunicaciones. Los homicidios disminuyeron en 2024, pero luego alcanzaron un récord de 9,283 en 2025, a pesar de nuevos toques de queda.

Ese total anual equivale a aproximadamente 25 asesinatos al día. Describe la magnitud del duelo, no el efecto aislado de una sola política. Sin embargo, la cronología establece algo más concreto: el descenso anterior no continuó durante el año siguiente.

Foto de archivo del presidente ecuatoriano Daniel Noboa en Quito, Ecuador. EFE/José Jácome

Cuatro muertes menos, un cálculo diferente

Las cifras mensuales ofrecen una visión más cercana. Tras el toque de queda de mayo en nueve provincias y cuatro municipios, cifras del Ministerio del Interior citadas por EFE muestran 697 homicidios en mayo, 693 en junio y 704 en julio. La aparente mejora de junio fue de cuatro muertes, o aproximadamente un 0,6 por ciento.

Pero junio tuvo un día menos.

Dividir esos totales por los días de cada mes cambia la perspectiva. Mayo promedió unos 22,5 asesinatos diarios; junio promedió 23,1, un aumento de aproximadamente 2,7 por ciento. El promedio diario de julio fue de aproximadamente 22,7, menor que el de junio a pesar de su mayor total mensual. El calendario complica una narrativa simple de caída y rebote.

Durante esos tres meses, 2,094 personas fueron asesinadas. Ni los totales brutos ni los promedios diarios establecen qué habría ocurrido sin restricciones. Eso requiere información sobre ubicaciones, horarios, patrones estacionales y áreas comparables. Estas cifras mensuales no aíslan la contribución del toque de queda de otros cambios.

EFE también informa que junio y julio superaron sus respectivos totales de 2025. Herrera describe otra dificultad: los grupos pueden trasladarse a otras provincias o reanudar operaciones tras el fin de las restricciones. Los decretos gubernamentales reconocen su capacidad de adaptación. Así, un área restringida más tranquila puede coexistir con peligro en otros lugares, en vez de significar una reducción nacional.

Los totales de detenciones presentan un problema de medición similar. EFE informa que muchas personas detenidas durante los toques de queda son retenidas por violar las restricciones de movilidad, aunque las autoridades también anuncian capturas de miembros y líderes de bandas. Esas categorías describen resultados diferentes. Contarlas juntas no permite establecer cuánto se ha reducido la capacidad criminal.

Foto de archivo que muestra a miembros del Ejército ecuatoriano patrullando las calles de Quito, Ecuador. EFE/José Jácome

Lo que queda después del patrullaje

Quito muestra por qué la pregunta va más allá de la costa. El 21 de julio, tres universidades expresaron preocupación por robos, asaltos y reportes de estudiantes drogados cerca de sus campus. Ocho días después, la policía encontró un cuerpo colgado de un puente en la avenida Simón Bolívar. Los incidentes llevaron las preocupaciones de seguridad a rutas cotidianas y familiares.

El 3 de agosto, Noboa anunció 2,000 policías adicionales y 2,000 soldados para la capital, junto con 100 vehículos y motocicletas y 20 drones. El despliegue se enfocó en horarios de traslado, escuelas, paradas de transporte y zonas comerciales. Su propósito declarado era proteger los lugares por donde realmente se mueven los residentes, no solo restringir cuándo pueden hacerlo.

La distinción es práctica. Las ventanas de patrullaje anunciadas para Quito iban de 4 a.m. a 11 a.m. y de 5 p.m. a 2 a.m. Cubrían los trayectos hacia el trabajo y el estudio. Sin embargo, las cifras de personal y equipamiento miden recursos comprometidos; sin resultados posteriores, no establecen si esos trayectos se volvieron más seguros.

La estrategia propuesta por Herrera conecta las operaciones en la calle con inteligencia criminal y penitenciaria, investigaciones sobre bienes y un control más estricto de armas. También enfatiza servicios estatales efectivos y el cumplimiento de sentencias. En su visión, combatir la impunidad y la corrupción es clave porque las detenciones por sí solas dejan otras partes de la operación de una organización sin resolver.

Su énfasis en los bienes introduce una cuestión económica: si las operaciones interrumpen solo a las personas que cometen delitos, o también al financiamiento que permite a una organización criminal reemplazarlas.

“Están librando una guerra táctica, pero no una guerra estratégica”, dijo Herrera a EFE. Reconoce algunos pasos del gobierno, pero dice que otros siguen siendo intenciones. Su distinción es entre realizar operaciones individuales y mantener la capacidad institucional para desarticular organizaciones criminales después de que esas operaciones hayan terminado.

Para el estudiante que espera fuera de un campus o el trabajador que regresa a casa, la distinción se vuelve concreta: menos horas en la calle y menos peligro en la calle son condiciones diferentes. La pregunta sin respuesta es si la seguridad ganada durante las noches restringidas permanece cuando se reanuda la movilidad ordinaria.

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