Una granja en Honduras sembró girasoles para las vacas y cosechó 70,000 visitantes anuales
En Copán Ruinas, la respuesta de una familia a la sequía se transformó en una atracción de girasoles que atrae principalmente a visitantes hondureños. Detrás de las fotografías hay vacas lecheras, siembras escalonadas cuidadosamente y un negocio que aprende a hacer que trece días de floración sostengan algo que dure mucho más.
Las vacas fueron primero
Las flores estaban destinadas a alimentar a las vacas. Mantenerlas alimentadas era el problema práctico que enfrentaba la familia de Raúl Cueva en 2020, cuando la sequía amenazó su producción lechera en el occidente de Honduras. El tabaco y la leche eran negocios conocidos. Un campo al que la gente viajaría para fotografiar no era el plan original.
Luego llegaron Eta e Iota. Sus lluvias dañaron el maíz y el sorgo de la familia ese noviembre, recordó Cueva en una entrevista con EFE. La primera parcela de girasoles escapó de esas lluvias. Para diciembre ya estaba floreciendo, llegando, según cuenta la familia, como un regalo de Navidad.
“Tuvimos que reinventarnos”, dijo Cueva a EFE.
Una hija y unas sobrinas empezaron a compartir las flores en redes sociales. Su aporte cambió las posibilidades del cultivo: en vez de alimentar ganado, podía atraer clientes a la finca. El experimento se convirtió en El Paseo de los Girasoles. Luego vinieron un restaurante y cafetería, junto con una tienda de artesanías y paseos a caballo.
La diferencia está en lo que ahora puede vender la familia. En vez de cosechar esas plantas para el ganado, la familia puede ganar con los visitantes. Una fotografía puede llevar a un almuerzo o a un paseo a caballo. Las flores les dan una razón para llegar; los servicios, una razón para quedarse.
Sin embargo, las fotografías cuentan solo una parte de la historia. La producción de leche sigue siendo la actividad principal, dijo Cueva a EFE. El turismo es secundario. La familia ha sumado otro negocio a su tierra en vez de simplemente cambiar la agricultura por una ocupación más fotogénica.
La diversificación le da a la familia más formas de obtener ingresos de la tierra que ya tiene. También evita que esas ganancias dependan únicamente del clima. Una cosecha de girasoles dañada también podría desanimar a los visitantes, por lo que esto es una adaptación a la incertidumbre agrícola más que una huida de ella.

Manteniendo el amarillo a tiempo
Unas cinco hectáreas están divididas en ocho parcelas de girasoles, cada una con aproximadamente 7,000 plantas, según Cueva. Multiplicando esas cifras, se obtienen unos 56,000 ejemplares. Pero la multiplicación por sí sola no es el punto: no se promete a los visitantes ver todas las flores al mismo tiempo.
Desde abril de 2021, la familia siembra cada 15 días, contó Cueva a EFE, programando parcelas sucesivas para mantener la floración durante todo el año. El mejor momento de una flor dura unos 13 días. Por eso, la atracción depende menos de una gran floración simultánea y más de preparar repetidamente a su sucesora.
A ese ritmo, caben unas 24 rondas de siembra en un año. Lo que parece permanente en las fotografías es en realidad una sucesión de exhibiciones breves que requieren trabajo agrícola constante.
Eso hace que el calendario de siembra sea parte del negocio de hospitalidad. Un campo espectacular puede atraer visitantes por poco tiempo; la floración escalonada le da al restaurante, la cafetería y las actividades ecuestres una razón para seguir siendo destinos más allá de ese primer estallido de color.
Cueva describe entre 30,000 y 35,000 flores durante una temporada. Para la Semana Morazánica de principios de octubre, espera entre 12,000 y 14,000 en dos parcelas. Esas cifras corresponden a distintos periodos y no son medidas intercambiables de cuántos girasoles encontrará un visitante.
Durante las celebraciones de independencia en septiembre, EFE reportó al menos dos parcelas en plena floración, con una bandera azul y blanca de Honduras entre las plantas. El feriado marcó 205 años desde la independencia de España el 15 de septiembre de 1821. La siguiente floración se está programando para otra oportunidad de viajar.
La Semana Morazánica es un feriado anual destinado a incentivar el turismo interno. En esta finca, ese propósito se convierte en un cálculo práctico: las flores deben estar en su mejor momento cuando la gente tiene tiempo para verlas. Un feriado puede aportar público, pero no puede retrasar una flor que se marchita.

Más que una fotografía
Cueva estima que la atracción recibe 70,000 visitas al año, en su mayoría de hondureños. Dividido en un año, eso es aproximadamente 192 visitas diarias. El cálculo da una idea de la magnitud, no una descripción de la asistencia real diaria ni de cuán concentradas están las visitas en los feriados.
La nacionalidad de los visitantes importa. El ocio interno, organizado en torno al calendario del país, es central para el mercado de la finca. El emprendimiento no espera simplemente a que viajeros extranjeros lo descubran. Los hondureños ya representan la mayoría de quienes llegan a disfrutar estos campos.
La asistencia por sí sola no garantiza rentabilidad. El reportaje de EFE no proporciona cifras de ingresos, costos operativos ni empleo. El restaurante y otros servicios ofrecen formas de obtener ganancias de una visita, pero 70,000 llegadas no nos dicen qué queda después del trabajo de recibirlos y mantener los cultivos.
La familia también está desarrollando la meliponicultura, la crianza de abejas sin aguijón para la producción de miel. Junto a los girasoles, el proyecto suma otra actividad agrícola a un lugar cuyo atractivo aún depende de lo que crece y vive allí, más que solo del paisaje.
Ahora otro calendario ofrece una posibilidad. Según EFE, Copán Ruinas planea conmemoraciones hasta septiembre de 2027, marcando 1,600 años desde la llegada de su primer rey maya, K’inich Yax K’uk’ Mo’. Cueva espera que esas actividades traigan más visitantes a la finca. La oportunidad va más allá del próximo fin de semana largo.
La conexión es modesta pero significativa: un pueblo que recuerda su historia antigua también puede llamar la atención sobre las familias que se ganan la vida en su presente. En El Paseo de los Girasoles, ese presente aún incluye la producción de leche. Las flores cambiaron el futuro de la finca sin borrar la razón por la que fueron sembradas.
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