AMÉRICAS

La guerra de Malvinas terminó, pero Gran Bretaña y Argentina siguen disputando el futuro

Cuarenta y cuatro años después de la guerra de Malvinas, las renovadas tensiones entre Argentina y Gran Bretaña van mucho más allá de los discursos diplomáticos. Los isleños navegan entre un comercio interrumpido, recuerdos heridos y una economía de recursos cuya creciente riqueza ha agudizado una pregunta sin resolver: ¿quién controla el Atlántico Sur, y para quién?

Una guerra sin página final

Para Sam Cockwell, la disputa de soberanía puede resumirse en una botella de vino. Importarla, le dice a EFE, demuestra lo difícil que es hacer negocios a través de una división política que la geografía por sí sola no puede explicar.

Cockwell, de 41 años, dirige la asociación local de hockey y trabaja para la corporación de desarrollo de las islas. Uno de sus hermanos nació en Argentina en los años setenta, cuando el contacto con el continente era más habitual. Ese detalle familiar complica la imagen conocida de dos comunidades destinadas a no entenderse nunca.

Luego llegó el 2 de abril de 1982. La dictadura militar argentina envió tropas a las Malvinas, conocidas en Gran Bretaña como las Islas Falkland. Las fuerzas británicas las recuperaron tras una guerra de 74 días que dejó 649 argentinos muertos, 255 británicos y tres isleños. El total fue de 907. La disputa de soberanía sobrevivió.

El control británico data de 1833, salvo la interrupción durante la guerra, y el reclamo argentino es muy anterior a la dictadura. Condenar la decisión de los generales de hacer la guerra no resuelve ese reclamo. Escuchar los recuerdos de los isleños tampoco exige tratar la posesión británica como un veredicto histórico incuestionable.

Este septiembre, la retórica más dura del presidente Javier Milei ha contrastado con su admiración previa por Margaret Thatcher. El 17 de septiembre, su gobierno presentó un proyecto de ley para endurecer las sanciones contra empresas que exploten recursos en disputa sin autorización argentina. Londres ha reafirmado su compromiso con los isleños. Las declaraciones viajan rápido. Todavía no se ha acordado ningún arreglo de soberanía.

Un veterano de guerra argentino observa los escombros que dejó la guerra en las Islas Malvinas. EFE/Juan Ignacio Roncoroni

El costo de mantenerse separados

Kathryn Daniels, subdirectora de Penguin News, describe los enfrentamientos recurrentes con un cansancio que rara vez llega a los titulares internacionales.

“La gente aprende a ignorarlo porque está acostumbrada y simplemente quiere seguir con su vida”, dijo a EFE.

Ignorarlo se vuelve más difícil cuando la disputa llega a un listado comercial. Daniels relata cómo aparecieron establecimientos ficticios en Google Maps, incluido un hotel con el nombre de Diego Armando Maradona, mientras que negocios reales recibieron cientos de reseñas de una estrella con comentarios negativos en español. Una campaña de soberanía a través de calificaciones de clientes deja a los comerciantes respondiendo por decisiones que no pueden tomar.

Cockwell reporta fricciones similares en el hockey, con organizaciones políticas y deportivas argentinas obstaculizando la participación de equipos isleños en competencias internacionales. Las barreras comerciales y las limitadas conexiones aéreas son más importantes, dice. “La falta de relaciones con Argentina es probablemente la única forma en que todo esto sigue siendo tangible”, dijo a EFE.

Para Argentina, la cuestión económica es sustancial: extraer recursos bajo administración británica puede consolidar el control en disputa mediante contratos, infraestructura e intereses comerciales. Pero restringir el contacto cotidiano tiene su propio costo estratégico. Corre el riesgo de debilitar las relaciones a través de las cuales Argentina podría eventualmente construir influencia y confianza.

La transformación económica de las islas agudiza ese dilema. Una evaluación publicada por el gobierno, citando cuentas nacionales, situó la contribución de la pesca en 2023 en £164,3 millones, o el 58,6 por ciento del producto interno bruto. Así, la pesca aportó más que todos los demás sectores juntos. Ir más allá de la cría de ovejas no ha producido una economía ampliamente equilibrada.

Esa concentración hace que el acceso a los recursos marinos sea mucho más que una cuestión de banderas. El petróleo podría diversificar los ingresos, pero también anclaría otra gran industria en aguas en disputa. Más riqueza no necesariamente crea más espacio para el compromiso; puede aumentar lo que cada parte cree que tiene para perder.

Veteranos argentinos visitan un monumento en las Islas Malvinas. EFE/Juan Ignacio Roncoroni

Lo que recuerdan los campos de batalla

Para Gerald Cheek, la distancia con Argentina se mide de otra manera. Miembro de la fuerza de defensa local en 1982, fue detenido por tropas argentinas durante casi dos meses. Contó a EFE que algunas personas de su generación siguen sin querer renovar los lazos. El lenguaje político aterriza sobre la experiencia vivida.

El guía turístico Tony Smith ve regresar esos recuerdos cuando aumentan las tensiones. Comenzó ofreciendo excursiones de naturaleza en 1990, y luego descubrió que los visitantes se sentían atraídos por el conflicto de 1982. Hoy, su trabajo vincula la economía del turismo con lugares que los veteranos que regresan recuerdan no como atracciones, sino como campos de batalla.

Las trincheras permanecen en el paisaje junto a restos de helicópteros, munición gastada y equipo militar abandonado. Los monumentos interrumpen el paisaje. No son simplemente atracciones que demuestran cuán completamente se recuperaron las islas. Son evidencia de lo que la recuperación no puede revertir.

Smith ha acompañado a veteranos argentinos a cementerios y a sus antiguas posiciones de combate. Los isleños generalmente los reciben sin hostilidad, dijo a EFE, aunque las banderas argentinas y los símbolos nacionales pueden generar tensión. El duelo puede abrir una puerta que las declaraciones públicas cierran de inmediato.

Tras la guerra, Gran Bretaña reforzó su presencia militar, mientras la pesca y el turismo ayudaron a remodelar la infraestructura y la vida cotidiana. Cockwell describe una sociedad profundamente diferente a la que existía hace 44 años. Sin embargo, la prosperidad no ha reconciliado las historias en competencia que subyacen a ella.

Para Argentina, esta es la amarga herencia estratégica de 1982: una operación destinada a recuperar territorio fue seguida por una mayor presencia militar británica y una economía isleña más próspera. La presión que confirma los peores temores de los isleños puede fortalecer el apego político que busca debilitar. Mantener un reclamo de soberanía y crear condiciones para un eventual acuerdo diplomático son tareas diferentes. Ninguna puede sustituir a la otra.

La cooperación civil no resolvería por sí sola la soberanía. Podría hacer imaginable una relación diferente sin exigir que ninguna de las partes finja que el pasado nunca ocurrió. Por ahora, es más fácil visitar la guerra que dejarla atrás.

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