ANÁLISIS

Venezuela promete reformar la ley contra el odio tras silenciar a la oposición

La reforma propuesta a la ley contra el odio en Venezuela llega tras años de procesamientos y un reconocimiento oficial de abusos. Con cientos de personas aún bajo restricciones judiciales, la pregunta central es si las autoridades desmantelarán un sistema de intimidación política o solo suavizarán su lenguaje.

Un reconocimiento sin rendición de cuentas

El Gobierno venezolano ha reconocido por fin lo que sus críticos llevan años diciendo: una ley presentada como antídoto contra el odio ha sido objeto de abusos. Ese reconocimiento debería dar inicio a un balance de las vidas dañadas. En cambio, la respuesta institucional inmediata es una propuesta para ajustar el instrumento que ayudó a dañarlas.

El jueves 15 de octubre, el Tribunal Supremo de Justicia declaró constitucionalmente compatible una reforma parcial y permitió que pasara al debate parlamentario. El fallo no derogó la ley. Tampoco el permiso para discutir enmiendas establece que las personas procesadas por críticas pacíficas hayan recibido justicia.

La presidenta encargada Delcy Rodríguez solicitó los cambios en septiembre, reconociendo una aplicación abusiva. Su hermano, Jorge Rodríguez, preside el legislativo controlado por el chavismo. Su relación por sí sola no determina los méritos de una reforma. Sin embargo, sí agudiza la necesidad de un escrutinio independiente de la dirigencia política que gestiona este proceso.

Los orígenes de la ley explican por qué el escepticismo está justificado. Nicolás Maduro la solicitó tras las protestas antigubernamentales de abril a agosto de 2017. Ese noviembre, la Asamblea Nacional Constituyente del Gobierno la promulgó mientras seguía funcionando un legislativo dominado por la oposición. Una confrontación política se estaba traduciendo en un marco penal.

El resultado dio a las autoridades un poder extraordinario: penas de prisión de diez a veinte años por la promoción o incitación, definidas de forma amplia, al odio, la discriminación o la violencia. Proteger a las personas de amenazas genuinas es legítimo. Dar a los funcionarios una amplia discrecionalidad para tratar la hostilidad política como un delito procesable cambia la relación entre gobernantes y ciudadanos.

La afiliación política figura entre las categorías protegidas por la ley. Eso hace importante la precisión de las definiciones: proteger a alguien de la violencia por su pertenencia a un partido nunca debe convertirse en protección frente a las críticas a ese partido.

Cuando la crítica se vuelve legalmente peligrosa, el gobierno adquiere una ventaja antes de que comience una campaña electoral o se reúna una protesta. Los opositores deben calcular el costo personal de hablar. Los funcionarios pueden llamar convivencia al silencio resultante.

La presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez. EFE/Sarah Yenesel

Castigo más allá de los muros de la cárcel

Las cifras de Foro Penal exponen la escala y la persistencia de esa presión. Su recuento del 30 de septiembre registró a 927 personas acusadas de incitación al odio desde 2017, a veces junto con otros delitos. Seis seguían presas, mientras que 638 permanecían sujetas a restricciones judiciales.

La distinción importa. Se trata de acusaciones, no de 927 condenas, y la cifra no puede establecer las circunstancias de cada procesamiento. Pero las 638 personas que aún enfrentaban restricciones representaban el 68,8 % del total registrado. Casi siete de cada diez seguían bajo limitaciones judiciales años después de que la ley entrara en vigor.

Eso no significa que cada una hubiera estado restringida desde 2017. Los casos se acumularon con el tiempo. Contar solo a quienes siguen tras las rejas ocultaría la mayor parte de la carga legal continua que identifica este conjunto de datos.

Estar liberado y ser libre son experiencias distintas cuando un caso penal sigue gobernando tus decisiones. Las restricciones judiciales pueden complicar decisiones ordinarias sobre el movimiento y el trabajo. La incertidumbre tiene su propio costo: asistencia legal, planes interrumpidos y el saber que puede venir otro encuentro con el sistema de justicia.

La consecuencia política va más allá de los acusados. Un colega que ve a alguien procesado por criticar aprende algo sobre el riesgo de hablar. Una familia puede aconsejar cautela. Las cifras de Foro Penal no pueden contar esas reacciones, pero ayudan a explicar por qué el procesamiento selectivo puede desalentar la participación mucho más allá de las personas formalmente acusadas.

Eso es intimidación mediante el ejemplo. Un gobierno no necesita procesar a todos si suficientes personas creen que podría procesarlas.

Espacio Público ha documentado el uso de la ley contra expresiones incómodas o críticas. Investigadores de derechos humanos de las Naciones Unidas también advirtieron que su redacción vaga permitía procesamientos discrecionales y fomentaba la autocensura. El reconocimiento del abuso por parte del Gobierno confirma, por tanto, un problema identificado mucho antes de que se propusiera esta reforma.

La carga debería recaer ahora en las autoridades para demostrar qué impedirá que otro fiscal convierta la desaprobación de quienes ostentan el poder en una acusación de odio.

El presidente de la Asamblea Nacional (AN) de Venezuela, Jorge Rodríguez, en Caracas, Venezuela. EFE/Miguel Gutiérrez

La reforma debe llegar a la gente

Un cambio serio debe abordar algo más que la prisión. La ley vigente también permite revocar concesiones de transmisión y prevé multas y el bloqueo de sitios web cuando el material en línea prohibido no se retira en seis horas. Esas disposiciones dan al Estado influencia sobre los canales por los que las voces opositoras llegan al público.

Eliminar una pena de cárcel manteniendo amplios poderes de censura podría dejar intacta gran parte de esa influencia. Para una redacción, perder la distribución o la capacidad de transmitir amenaza su sustento. Para los ciudadanos, la consecuencia es que habrá menos lugares donde el público pueda examinar las afirmaciones oficiales.

La reforma propuesta merece ser juzgada por su redacción final y su implementación. Sin embargo, el historial hace que la derogación de esta ley, seguida de protecciones definidas de forma estricta contra la incitación y la discriminación reales, sea un punto de partida más creíble que las promesas de una mejor aplicación.

Las personas procesadas únicamente por expresión pacífica necesitan que se cierren sus casos y que se levanten las restricciones injustificadas. Los abusos requieren una investigación independiente y reparaciones significativas. De lo contrario, el Estado recibe crédito por reconsiderar su conducta mientras las personas afectadas siguen pagando por ella.

La oposición venezolana no debería tener que depender de la tolerancia oficial para criticar a los funcionarios. La medida del cambio es si una persona común puede desafiar al poder sin calcular el riesgo de ir a prisión. Hasta que eso sea seguro, un nombre más suave o un párrafo revisado dejarán intacta la advertencia esencial.

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