DEPORTES

El Maracaná mexicano sueña con la magia de Pelé en el Mundial de Tepito

En el barrio de Tepito, en la Ciudad de México, un campo comunitario llamado Maracaná busca atraer visitantes brasileños para el Mundial 2026, convirtiendo una vieja leyenda de Pelé en un argumento vivo sobre memoria, estigma, fútbol y los tercos espacios públicos de América Latina que aún respiran.

Una leyenda vuelve a patear

En Tepito, las historias no piden permiso para sobrevivir. Se recargan en los puestos del mercado, pasan por las familias, cruzan generaciones con un guiño y se niegan a morir solo porque nadie guardó una fotografía.

Una de esas historias dice que Pelé vino aquí.

No al famoso Maracanã de Río de Janeiro, sino a un Maracaná más rudo, más pequeño y más íntimo en la Ciudad de México, un campo comunitario incrustado en el estruendo comercial de Tepito. Según un reporte de EFE, la leyenda local sostiene que miembros del equipo brasileño campeón del Mundial de 1970, entre ellos Pelé, vinieron al barrio a comprar y de alguna manera terminaron jugando una cascarita informal con los vecinos. Una cascarita. Nada oficial. Nada enmarcado en un museo. Solo el tipo de tarde imposible que a América Latina le encanta mantener viva.

Salvador Antonio Gómez, el dueño de 39 años de la liga comunitaria en el Deportivo Maracaná de Tepito, sabe que la historia no tiene foto que la respalde. También sabe que en un barrio, la memoria viaja más por testigos que por archivos.

“No soy yo quien va a decepcionar a nadie”, dijo Gómez a EFE.

Esa frase lleva más que encanto. Entiende el papel social de la leyenda. Tepito ha sido llamado peligroso por tanto tiempo que los forasteros suelen llegar ya asustados, ya convencidos, ya cuidando sus bolsillos y bajando la voz. La historia de Pelé invierte la mirada. Dice que el rey del fútbol pudo haber venido aquí. Dice que este lugar no era solo una advertencia en el noticiero de la noche. Era un destino.

Ahora, con el Mundial 2026 acercándose en México, Estados Unidos y Canadá, Gómez quiere revivir esa vieja magia. El objetivo es traer figuras brasileñas al campo, si no jugadores actuales de la selección, entonces estrellas retiradas o brasileños que jueguen en la liga mexicana, para jugar otra cascarita y devolver la leyenda al pasto.

O mejor dicho, al latido de concreto bajo el pasto.

Una cancha de fútbol ubicada en el barrio de Tepito, Ciudad de México, México. EFE/Mario Guzmán

Tepito lleva su propio marcador

El Centro Social y Deportivo Tepito fue fundado en 1968, dos años antes de que Brasil ganara el Mundial en México. Su apodo, Maracaná, creció a partir del relato de Pelé y cobró nueva fuerza en los años noventa, cuando futbolistas brasileños vinculados al Club América visitaron el lugar.

Para Gómez, conocido localmente como “el Bebé”, el campo es casi propiedad familiar en el sentido emocional. Su abuelo ayudó a fundar el deportivo como cuidador. Su tío después dirigió la liga. Su padre heredó una de las gradas junto al campo. Gómez dice que ha estado en el Maracaná desde que tiene memoria.

Esa continuidad importa porque la América Latina urbana suele borrar los espacios de clase trabajadora en cámara lenta. Primero llega el abandono. Luego el estigma. Después la especulación. Luego un político con una maqueta. Una cancha comunitaria se vuelve un problema que hay que limpiar, no un organismo social que hay que apoyar.

Entre 2012 y 2018, EFE reportó que el Maracaná cayó en desuso y se volvió una zona roja de inseguridad. Gómez y otros vecinos empezaron a organizar partidos para devolverle vida al campo. Lo que empezó con ocho equipos creció hasta unos 50.

Eso no es una estadística menor. Es un diagnóstico de lo que hace la gente cuando las instituciones se van. Hacen una liga. Crean calendarios. Pintan líneas. Agendan los domingos. Traen niños, primos, vendedores, exjugadores con rodillas malas, jóvenes con demasiada arrogancia y madres que saben que el árbitro está ciego porque lo dicen desde hace veinte años.

En Tepito, la cancha está entre puestos que venden ropa, relojes, cosméticos y camisetas de fútbol. No está aislada de la economía del barrio. Está dentro de ella. Por eso llamarla instalación deportiva suena demasiado limpio. Es una plaza con porterías. Una válvula de escape. Un archivo familiar. Un lugar donde el barrio puede verse a sí mismo sin el filtro habitual de la cinta policial y el escándalo.

Gómez dijo a EFE que esa es la magia del deportivo: está en medio de un barrio considerado muy peligroso, pero quienes viven ahí saben que también es hermoso. El Maracaná, dijo, es el corazón mismo.

Aquí hay una lección para la Ciudad de México y para América Latina. La seguridad no son solo patrullas, cámaras, operativos y discursos. La seguridad también es el derecho cotidiano a reunirse sin ser tragado por el miedo. Es un niño aprendiendo que la calle puede albergar un partido, no solo una amenaza. Es la diferencia entre abandono y pertenencia.

Una cancha de fútbol ubicada en el barrio de Tepito, Ciudad de México, México. EFE/Mario Guzmán

El barrio también quiere la copa

Ricardo Espinosa, quien ha jugado en el Maracaná desde que era solo un campo de tierra, lo llamó símbolo de hermandad para los tepiteños y dijo a EFE que el deporte puede ayudar a erradicar drogas y violencia. Su lenguaje se vuelve casi lírico al describir la cancha. A algunos les tiemblan las piernas ahí, dijo, pero para los locales la cancha es poesía, arte, música, un cúmulo de emociones.

Eso puede sonar exagerado para quien nunca ha necesitado una cancha para salvar la reputación de un barrio. No sonará exagerado en barrios desde San Salvador hasta Buenos Aires, desde las periferias de Río hasta los cerros de Lima, donde el fútbol ha servido por mucho tiempo como pegamento cívico en lugares que la ciudad formal trata como inconvenientes.

La visita de leyendas portuguesas en marzo le dio a Tepito un ensayo. Mostró que el Maracaná puede atraer recuerdos internacionales del fútbol no como caridad, sino como encuentro. Ahora Brasil es el sueño porque Brasil es el mito de origen del apodo del campo y el país más capaz de convertir un toque casual del balón en ceremonia.

Si jugadores brasileños vienen durante el Mundial 2026, el evento sería pequeño comparado con la maquinaria corporativa de la FIFA. Sin túnel gigante de patrocinadores. Sin suite de lujo. Sin zona de aficionados esterilizada para las cámaras. Pero justo por eso importaría. El Mundial suele llegar a América Latina a través de estadios, contratos, perímetros de seguridad, pasillos de hotel y marcas oficiales. Tepito pide algo más antiguo y más íntimo: vengan al barrio, compren, jueguen, suden, escuchen.

Esto también es un reto a cómo las ciudades sede se presentan. México mostrará sus monumentos, restaurantes, museos y estadios a los visitantes. También debería entender que el alma futbolera del país vive en lugares como este, donde mito y supervivencia comparten la misma banda.

Quizá Pelé jugó ahí. Quizá no. La verdad puede ser menos importante que lo que la historia ha protegido.

Protegió un nombre. Protegió el orgullo. Le dio a Tepito un visitante real en la memoria colectiva, mientras el resto de la ciudad a menudo lo miraba con sospecha. Ahora el Maracaná quiere otra tarde brasileña, no para probar el pasado, sino para agrandar el presente.

América Latina entiende ese movimiento. Cuando la historia olvida traer pruebas, el barrio trae testigos. Y entonces, rueda el balón.

Lea También: El Nomá uruguayo encarna la inmensa tradición futbolera de un país pequeño

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