El voto en el extranjero de Perú convierte el privilegio expat en suspenso electoral, otra vez
La segunda vuelta presidencial de Perú podría depender de los votos en el extranjero, comunidades aisladas de la Amazonía y actas impugnadas, planteando una incómoda pregunta democrática: ¿cuánto deberían influir los ciudadanos en el exterior en un país cuyos sufrimientos diarios tal vez ya no vivan directamente en casa?
El voto llega por aire
El sonido más extraño en las elecciones de Perú quizá no sea el canto afuera de una sede partidaria ni el nervioso tecleo de los presentadores de televisión actualizando los resultados. Puede ser la silenciosa llegada de sobres, actas y registros de votos desde el extranjero, aterrizando en un país que ya votó pero aún no sabe quién ganó.
Según reporta EFE, con el 96,23 por ciento del conteo completado, el izquierdista Roberto Sánchez mantiene una leve ventaja sobre la candidata de derecha Keiko Fujimori, 50,10 por ciento contra 49,89 por ciento. Eso no es un mandato. Es un país conteniendo la respiración. Es un futuro nacional que se balancea en decimales, rutas fluviales, firmas, formularios faltantes y las preferencias políticas de peruanos que tal vez observan la crisis desde Miami, Madrid, Santiago o Milán.
No hay nada ilegítimo en eso. Empecemos por ahí, porque la democracia lo exige. Los ciudadanos no dejan de ser ciudadanos solo por cruzar una frontera. América Latina misma se construyó a partir de partidas, exilios, remesas, migraciones forzadas, huidas económicas y separaciones familiares que dejaron a un hijo en Lima, otro en Nueva Jersey, una madre en España y un tío enviando dólares desde Chile. El voto en el extranjero es un reconocimiento de esa geografía herida.
Aun así, al menos es extraño.
Resulta extraño que una contienda presidencial centrada en la inseguridad, los precios de los alimentos, los impuestos mineros, el abandono rural, la corrupción, la reforma policial y el agotamiento de vivir bajo un gobierno colapsado tras otro pueda decidirse en parte por votantes que quizá no viajan en los mismos buses, no esperan en las mismas clínicas, no enfrentan la misma extorsión ni ven al mismo alcalde local hacer promesas en la misma plaza polvorienta.
EFE señala que quedan pendientes 1.945 actas, de las cuales 250 corresponden a votos dentro de Perú y 1.695 provienen del extranjero. Otras 1.550 actas observadas o impugnadas deben ser revisadas por jurados electorales especiales. El conteo de votos del exterior había llegado solo al 31 por ciento para la tarde del martes, y Fujimori lideraba esos votos válidos con 65 por ciento frente a 34,9 por ciento de Sánchez. En Estados Unidos, hogar de la mayor comunidad peruana en el exterior, se reportaba que ganaba con 77,8 por ciento, con aproximadamente la mitad de los votos aún sin contar.
Ese dato no es neutral en su significado social. Sugiere que clase, geografía, memoria y distancia también están votando.

La distancia tiene candidato
El electorado peruano en el extranjero no es un solo cuerpo. Incluye trabajadoras del hogar, estudiantes, profesionales, personal de restaurantes, emprendedores, exiliados políticos, trabajadores indocumentados y familias de segunda generación que buscan mantener un pasaporte ligado a la cocina de la abuela. Pero las poblaciones votantes expatriadas suelen ser desiguales en ingresos, trámites, movilidad y acceso. La persona capaz de registrarse, viajar al consulado, seguir las noticias de campaña y votar en el exterior no siempre representa a quien despierta antes del amanecer en Puno, Loreto, Villa El Salvador o el VRAEM.
Eso no hace el voto menos válido. Sí lo hace socialmente particular.
La aparente fortaleza de Fujimori en el exterior no sorprende. La diáspora suele inclinarse hacia candidatos que prometen orden, confianza en el mercado y un vocabulario antiizquierda familiar, especialmente cuando los recuerdos de inflación, insurgencia o caos institucional se transmiten de generación en generación. Desde fuera, un discurso de mano dura puede sonar a disciplina. Desde dentro, también puede sonar a puesto de control, redada, política carcelaria o el regreso de un apellido familiar con larga sombra.
La fuerza de Sánchez, en cambio, habría dependido más de los votos rurales e interiores. Ahí es donde la vieja fractura de Perú se abre de nuevo. Lima y el exterior suelen hablar un idioma del riesgo. La sierra, la Amazonía y los valles cocaleros hablan otro. Un lado teme la inestabilidad y la fuga de capitales. El otro teme otros cinco años de ser tratado como materia prima, mano de obra barata o folclore para la foto de campaña.
Este es el dilema latinoamericano en miniatura. La migración da oxígeno a las familias, pero complica el cuerpo democrático. Las remesas pagan cuentas en la patria, pero los votos enviados desde el exterior pueden ayudar a elegir políticas cuyas consecuencias directas recaen primero en quienes se quedaron. Un peruano en Florida puede votar con amor sincero por el Perú. Un agricultor en Cusco vota con barro en los zapatos, y el Estado está ausente en el camino. Ambos son ciudadanos. Solo uno vive la mañana siguiente bajo el gobierno electo sin el colchón de otro país.
Esa tensión no debe censurarse. Debe admitirse.

Hablan las actas olvidadas
Dentro de Perú, EFE informa que casi todas las regiones están cerca del 100 por ciento del conteo, quedando principalmente actas impugnadas. Sin embargo, Cusco, Loreto y Ucayali aún tienen registros pendientes porque la geografía misma resiste la velocidad. En La Convención, Cusco, quedan unas 50 actas de distritos en el valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro, la mayor cuenca cocalera del país, donde aún opera el último remanente de Sendero Luminoso. En Loreto, unas 160 actas no han sido contabilizadas de provincias remotas a las que solo se llega por río o aire, como Datem del Marañón, Alto Amazonas, Putumayo y Requena. Ucayali, en la frontera con Brasil, enfrenta una demora similar con una docena de actas pendientes.
Esos votos tienen otra textura moral. Provienen de lugares donde la república suele llegar tarde, si es que llega. En la Amazonía, la democracia puede viajar en bote. En los Andes, puede depender de un maestro que lleva la memoria cívica por una comunidad que ha visto a políticos prometer caminos durante décadas. En los valles cocaleros, llega bajo la doble mirada de la pobreza y las fuerzas de seguridad.
Así que sí, los votos del exterior importan. Pero los votos remotos dentro del país importan de otra manera. Le recuerdan al Perú que el país no es solo Lima más aeropuertos. Es un río, una montaña, una frontera, una economía informal, un campamento minero, un puesto de mercado, un quechua, un español, un asháninka, un motor de barco, un puesto militar, una escuelita y un grupo familiar de WhatsApp esperando un resultado.
Luego vienen las actas observadas. No son simple papeleo decorativo. Son la cerámica agrietada de la democracia: escritura ilegible, firmas faltantes, errores numéricos, reclamos partidarios, inconsistencias materiales. EFE informa que los jurados electorales especiales deben evaluar cada caso, recontar votos si es necesario, emitir resoluciones y permitir apelaciones ante el Jurado Nacional de Elecciones. La mayoría de estos registros observados, 915 de 1.550, provienen de Lima, donde Fujimori obtuvo el 63,49 por ciento.
Eso importa porque una contienda reñida convierte el procedimiento en drama. Cada firma se vuelve sospecha. Cada demora se vuelve conspiración. Cada avión que trae votos del extranjero se convierte, para un lado u otro, en rescate o robo.
Perú ya ha estado aquí antes, y en peores circunstancias. Ha hecho costumbre convertir presidentes en inquilinos temporales. El ganador de esta elección heredará no solo un palacio, sino también la desconfianza, con los muebles ya adentro. Gane Sánchez o Fujimori, la mitad del país estará tentada a ver la aritmética como agresión.
La única postura responsable es incómoda. Contar cada voto, incluidos los del exterior. Respetar al ciudadano expatriado. Y también decir claramente que una democracia decidida por márgenes expatriados debe enfrentar quién se fue, quién se quedó, quién se beneficia, quién paga y de quién se convierte la realidad diaria en política pública.
Eso no es antidemocrático. Es una democracia que madura lo suficiente como para mirarse al espejo.
La elección en Perú no es solo reñida. Es reveladora. Las fronteras del país se extienden más allá del mapa, pero sus consecuencias siguen siendo dolorosamente locales.
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