El brillo del Mundial en México se encuentra con las madres que buscan a los desaparecidos
Mientras México prepara estadios para el Mundial 2026, madres buscadoras marcharon el Día de las Madres con volantes de personas desaparecidas, dolor y rabia, exigiendo que un país que se alista para celebrar goles finalmente enfrente a sus 133,601 personas desaparecidas y no localizadas.
Un Día de las Madres sin hijos
En la Avenida Reforma, donde México suele aprender a celebrarse a sí mismo, las madres llegaron cargando la ausencia.
Marcharon del Monumento a la Madre al Ángel de la Independencia, ese emblemático monumento dorado donde los aficionados al fútbol se reúnen cuando gana la selección, donde los extraños se abrazan y ondean banderas. La ciudad finge por unas horas que la historia puede lavarse de verde, blanco y rojo. Pero el domingo, el Ángel no pertenecía a la victoria. Pertenecía a los rostros impresos en papel. Hijos. Hijas. Hermanos. Hermanas. Personas vistas por última vez en días comunes, con ropa común, antes de que sus nombres pasaran a formar parte de la herida más profunda de México.
Miles de familiares, activistas y colectivos se unieron a la decimocuarta Marcha Nacional por la Dignidad, encabezada por madres buscadoras el Día de las Madres, que en México se celebra el 10 de mayo. Su elección de fecha fue deliberada y dolorosa. A un mes de que inicie el Mundial 2026 en México, transformaron el ritual público más grande de alegría deportiva en una acusación.
Cientos de activistas cubrieron el Ángel de la Independencia con volantes de personas desaparecidas. Una gran bandera mexicana colocada en el monumento llevaba el mensaje “133,000 desaparecidos”. Otros carteles eran aún más contundentes: “México brillará en el Mundial, madres entre tumbas”, “En el Día de las Madres nuestros hijos están desaparecidos y los verdugos siguen libres organizando Mundiales” y “La herida es lo que nos une”.
La cifra es abrumadora: 133,601 personas desaparecidas y no localizadas, según las cifras citadas en el informe anual más reciente al que hacen referencia los colectivos. Es un número tan grande que corre el riesgo de volverse abstracto, y es precisamente por eso que las madres marchan. Obligan al país a ver que cada dígito alguna vez respondió a un nombre.

Cuando el lenguaje del fútbol se convierte en súplica
México se prepara para un espectáculo. Estadios, hoteles, planes de seguridad, horarios de transmisión, aeropuertos y campañas turísticas se están puliendo para la llegada del mundo. El partido inaugural entre México y Sudáfrica está programado para el 11 de junio en el Estadio Azteca, una de las catedrales del fútbol mundial. Pero la noche del sábado, antes de la marcha, madres buscadoras y familiares colocaron volantes de personas desaparecidas alrededor de ese mismo estadio.
Fue una imagen devastadora. El Azteca ha visto leyendas, títulos, delirios nacionales y mitos. Ahora también se alza junto a rostros de papel, preguntando dónde están los desaparecidos.
En el Ángel de la Independencia, las familias leyeron un pronunciamiento que usó el lenguaje del fútbol para llamar la atención sobre la crisis. Dijeron que desde las primeras desapariciones en México, han pasado dieciséis Copas Mundiales de la FIFA. Prometieron anotar todos los goles posibles contra la impunidad, seguir jugando todas las copas necesarias hasta que los desaparecidos regresen a casa y no ser derrotados. Agregaron que esperan que los cientos de miles que gritarán por los goles de la selección también griten por justicia y verdad para los desaparecidos.
La metáfora funciona porque es incómoda. El fútbol es uno de los lenguajes compartidos de México, uno de los pocos espacios donde clase, región y política pueden difuminarse por un momento. Pero las madres usaron ese lenguaje para mostrar otro equipo nacional: las brigadas de búsqueda, las mujeres con sombreros y cubrebocas que caminan por campos, barrancas, baldíos y fosas clandestinas con palas, varillas y fotografías.
Para Daniela González, del colectivo Una Luz en el Camino, el Mundial estará “lleno de familias rotas”. Ella busca a su hijo Axel Daniel, desaparecido el 23 de junio de 2022, cuando tenía dieciséis años. Sus palabras colocan el torneo en su marco moral. Un país puede recibir al mundo y aun así fallar a las familias dentro de sus fronteras. Un país puede adornar sus estadios mientras las madres buscan entre la tierra.
Ella dijo que las familias siguen luchando cada día, exigiendo que el gobierno cumpla con su deber de trabajar para encontrar a las personas y devolverlas a casa. Esa exigencia suena simple solo para quienes nunca han tenido que hacerla.

El Estado como el rival más difícil
La crisis de desapariciones en México no es nueva. Las familias dijeron que el país ha sufrido desapariciones forzadas durante casi seis décadas, con la impunidad como norma. Esa larga historia importa. Significa que esto no es solo una historia de cárteles, ni solo una historia de seguridad, ni solo una tragedia nacida de la guerra contra el narco. Es también una historia de instituciones que no investigaron, funcionarios que demoraron, expedientes policiales que desaparecieron, sistemas forenses rebasados, fiscales que pidieron a las familias esperar y esperar, como si la espera no fuera otra forma de violencia.
Tomasa Cedillo, del colectivo Renacer, cuyo hijo desapareció hace dos años y medio, describió la parte más difícil de la búsqueda como tener al propio gobierno como adversario. Dijo que lo que pide es básico: ser escuchada, que se actúe, saber dónde está su hijo, saber algo de él.
Ese “algo” es donde el dolor de México se vuelve casi insoportable. Las familias no siempre piden milagros. Muchas piden una pista, un hueso, un registro, un testigo, una señal de teléfono, una búsqueda que realmente suceda, un fiscal que no trate su dolor como un trámite.
María del Carmen Ayala Vargas, quien busca a su hijo Iván, desaparecido desde agosto de 2021 en Coatepec, Veracruz, calificó la búsqueda como “un calvario, un martirio, un viacrucis, lo más atroz que le puede pasar a una familia”. Su descripción pertenece al vocabulario religioso del sufrimiento, pero también suena como la geografía del México actual. Un país de carreteras y altares, de estadios y fosas, de madres que se han convertido en investigadoras porque el Estado no llegó a tiempo.
La presión internacional va en aumento. A principios de abril, el Comité de la ONU contra las Desapariciones Forzadas sugirió que la magnitud de las desapariciones en México podría constituir un crimen de lesa humanidad, una valoración que la presidenta Claudia Sheinbaum rechazó. El 23 de abril, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos anunció que prepara un informe específico sobre la crisis de desapariciones en México, colocando al país bajo observación internacional debido a la magnitud del problema.
La CIDH ha calificado las desapariciones y la emergencia forense como una grave crisis humanitaria. También advirtió sobre el aumento de feminicidios, transfeminicidios, asesinatos de personas LGBTQ+, trata y violencia contra las mujeres. La crisis de desapariciones, por tanto, no está aislada. Se inserta en un panorama más amplio de cuerpos vulnerados por género, pobreza, migración, territorio, crimen organizado y abandono institucional.
Según el Registro Nacional citado por la CIDH, los estados con mayores cifras son Estado de México, Jalisco y Tamaulipas. Pero el dolor es nacional. Cruza acentos, fronteras, partidos y administraciones.
El Mundial traerá una avalancha de cámaras. México sabrá cómo recibirlas. Ya lo ha hecho antes. Mostrará color, comida, estadios, música, hospitalidad y la enorme fuerza emocional de su gente. Todo eso es real.
Pero las madres piden al mundo, y al propio México, mirar lo que queda fuera del encuadre. No piden que se detenga el torneo. Piden que el país no confunda celebración con absolución.
El domingo, el Ángel de la Independencia portó volantes en lugar de gloria. Las madres ya aprendieron lo que el Estado aún se resiste a admitir: una nación no puede brillar de verdad mientras tantas familias siguen buscando en la oscuridad.
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