La economía de los apagones en Venezuela pone a prueba las promesas de un futuro más brillante
Mientras Venezuela busca atraer inversión extranjera y habla de recuperación económica, los apagones continuos en Zulia y otras regiones occidentales dejan al descubierto el cableado frágil bajo esa promesa, dejando a familias, comerciantes e ingenieros preguntándose si el país realmente puede reconstruirse.
Las luces se apagan primero en el occidente
En Maracaibo, la gente ha aprendido a leer bajo la amenaza de la oscuridad. La cena se adelanta. Los celulares se cargan cuando aún hay tiempo. Los vecinos mantienen medio oído en el refrigerador, el ventilador, el silencio repentino. Luego la electricidad desaparece, sin aviso, sin horario, como una mano que pasa sobre la ciudad.
Para muchos venezolanos en Zulia, el discurso de una nueva era económica llega a través de tomacorrientes muertos y habitaciones sofocantes. El gobierno intenta atraer inversión extranjera, reactivar sectores clave y vender la idea de que Venezuela está superando los peores años de colapso. Pero en el occidente, especialmente en Zulia y Mérida, el racionamiento eléctrico va desmintiendo esa historia hora tras hora.
Según residentes entrevistados por EFE, los cortes de varias horas regresaron en febrero tras lo que muchos sintieron como una estabilización parcial de la crisis eléctrica en 2025. La crisis en sí es más antigua, enraizada en más de 15 años de deterioro de infraestructura, falta de inversión, centralización y una gestión política que dejó al país peligrosamente dependiente de una red frágil.
No fue sino hasta el 22 de marzo que la presidenta interina Delcy Rodríguez anunció un “plan de ahorro energético”, diciendo que el país debía enfrentar un fenómeno solar que se esperaba elevara las temperaturas durante 45 días. Ese periodo terminó el miércoles. Para muchos, las luces no volvieron a la normalidad después de eso.
El gobierno ha señalado la demanda. La Vicepresidencia Sectorial de Obras Públicas y Servicios informó que, al 7 de mayo, Venezuela alcanzó lo que llamó un hito en la demanda eléctrica, llegando a 15.570 megavatios, el nivel más alto en nueve años. Las autoridades atribuyeron el aumento a las altas temperaturas y al crecimiento económico. Dijeron que estaban realizando maniobras de estabilización y protección para equilibrar el sistema.
Pero en una ciudad donde la gente puede perder la electricidad hasta por siete horas, el lenguaje oficial puede sonar lejano, casi teatral. Lo que importa no es solo cuántos megavatios demanda el país. Es si una madre puede cocinar antes de que anochezca, si una tienda pequeña puede abrir, si un anciano puede dormir sin que el calor presione contra las paredes.

Ruleta rusa con el interruptor
“Es una sorpresa, una ruleta rusa lo que estamos viviendo con el sistema eléctrico cuando se va la luz”, dijo a EFE Gustavo Aguilar, un residente de 68 años de la comunidad Zapara en Maracaibo.
Su frase lleva la precisión cansada de quien ha dejado de esperar explicaciones. Aguilar dijo que no hay información oficial sobre por qué ocurren los cortes. También se describió como escéptico ante las negociaciones anunciadas por el gobierno con Siemens y General Electric para abordar la crisis eléctrica en Zulia. Sin embargo, agregó que cualquier mejora, si es real, sería bienvenida.
Ese es el territorio emocional de Venezuela ahora: escepticismo mezclado con hambre de alivio. Tras tantos anuncios, tantos planes, tantas recuperaciones declaradas antes de llegar a la calle, los ciudadanos han aprendido a esperar con cautela.
La geografía de la red ayuda a explicar por qué el occidente venezolano sufre con tanta intensidad. Maracaibo y Mérida están en el extremo de un sistema alimentado en gran parte por la represa de Guri, ubicada en el sureste del país. Zulia, un estado petrolero que alguna vez simbolizó la riqueza nacional, se convirtió en uno de los territorios más afectados durante la crisis eléctrica. La ironía es brutal y muy latinoamericana: una región que ayudó a impulsar la nación ahora espera en la oscuridad.
Incluso Caracas, históricamente protegida de los peores apagones, ya no está a salvo. La capital sufre casi a diario fluctuaciones de voltaje, un recordatorio de que la crisis se ha extendido más allá de las regiones que antes se esperaba soportaran el mayor dolor en silencio.
En Zulia, la electricidad no es un asunto técnico. Es una frontera social. Las empresas medianas y grandes pueden instalar sistemas alternativos, comprar plantas eléctricas y construir defensas privadas ante las fallas públicas. Los pequeños comercios no pueden. Están más cerca del corte, expuestos.
Dino Cafoncelli, presidente de la Cámara de Comercio de Maracaibo, dijo a EFE que aunque las empresas más grandes han logrado protegerse con sistemas alternativos, esa opción sigue fuera del alcance de los pequeños negocios. Los datos de la cámara muestran la larga cicatriz económica. En 2022, el 60 por ciento de los comercios había cerrado en Zulia. Para 2025, cuando el sistema parecía más estable, esa cifra había bajado al 40 por ciento. Pero en la última encuesta del gremio, más del 90 por ciento de los encuestados mencionó la crisis eléctrica como su principal preocupación.
“Esperamos que estas empresas que están llegando traigan, por supuesto, soluciones rápidas y efectivas para la región”, dijo Cafoncelli.
Esa esperanza es práctica, no ideológica. Los dueños de negocios no necesitan discursos sobre estabilización. Necesitan refrigeración, sistemas de pago, luces, ventiladores, cámaras de seguridad, horarios de atención y clientes que no estén atrapados en la misma incertidumbre.

Un país esperando en los umbrales
El ingeniero Alejandro López, del Centro de Investigaciones Tecnológicas de la Universidad Privada Rafael Belloso Chacín en Maracaibo, dijo a EFE que la recuperación requiere descentralizar el sistema, reactivar las plantas termoeléctricas regionales y capacitar personal. Señaló específicamente la necesidad de recuperar las turbinas de las plantas Termozulia instaladas por Siemens y General Electric, calificando como acertado el acercamiento a esas empresas para restaurar el parque termoeléctrico en la región petrolera.
Ese diagnóstico atraviesa la niebla. La crisis de Venezuela no se puede resolver solo pidiendo a los ciudadanos que consuman menos durante las olas de calor. Tampoco se resuelve tratando los apagones como eventos climáticos. La red necesita maquinaria, mantenimiento, resiliencia regional, conocimiento técnico y una cultura política que admita que la infraestructura no es propaganda. O funciona, o la gente se sienta afuera en la oscuridad.
Los detalles de las negociaciones con Siemens y General Electric siguen siendo desconocidos. Tampoco está claro cuándo podrían comenzar los trabajos, o cuán rápido cualquier reparación podría cambiar la vida diaria. Por ahora, el dato más confiable es la incertidumbre.
Jennifer Andrade, de 45 años, dijo a EFE que prefiere cocinar temprano porque el racionamiento no tiene hora fija. En un día reciente, contó, la luz se fue a las 6 p.m., cuando todos ya habían terminado de comer. Esa pequeña victoria, la cena terminada antes de la oscuridad, dice más sobre el país que cualquier hito oficial.
Cuando se va la luz, muchos residentes se trasladan a los portales y aceras, esperando entre el calor y las historias hasta que regresa el servicio. A veces vuelve. A veces duermen en la oscuridad.
Esta es la contradicción que Venezuela no puede ocultar. Un país puede anunciar inversiones, atraer empresas globales y hablar el lenguaje de la recuperación. Pero si el sistema eléctrico sigue siendo impredecible, cada promesa titila. El renacimiento económico requiere más que petróleo, socios extranjeros y optimismo oficial. Requiere confianza en el milagro cotidiano de un interruptor de luz.
En Zulia, ese milagro todavía se siente como una apuesta.
Lea También: Venezuela y Barbados apuestan fuerte por la frágil promesa del comercio caribeño




