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La lucha contra el feminicidio en Perú se convierte en una batalla por la memoria legal

En Lima, una propuesta para eliminar el feminicidio del Código Penal peruano ha convertido un debate legal en una advertencia nacional, mientras familias en duelo, colectivos feministas y defensores de derechos humanos advierten que el cambio premiaría a los asesinos y volvería a silenciar a las víctimas.

Cuando una palabra sostiene el duelo de un país

En Perú, la palabra feminicidio no es una abstracción. Es una fotografía sostenida en una conferencia de prensa. Es la voz de una madre temblando en un pasillo del Congreso. Es una hermana recordando la última vez que vio a una mujer con vida, antes de que el Estado aprendiera su nombre solo a través de un expediente.

Por eso el proyecto de ley presentado por la congresista y pastora evangélica Milagros Jáuregui ha tenido tanto impacto. Jáuregui, integrante del ultraconservador partido Renovación Popular, quiere eliminar el delito de feminicidio del Código Penal peruano y reemplazarlo por el de "asesinato de pareja". Argumenta que el feminicidio es un concepto ideológico que asigna distinto valor a la vida de hombres y mujeres.

Para las familias que se presentaron el jueves junto a la congresista progresista Ruth Luque, y para las organizaciones feministas y de derechos humanos que las acompañaron, la propuesta no es una corrección semántica. Es un retroceso legal disfrazado de neutralidad.

Según comentarios y entrevistas recogidas por EFE, familiares de mujeres asesinadas por violencia de género advirtieron que eliminar el término abriría espacio a la impunidad. Su temor es concreto. Si el feminicidio desaparece como categoría penal, los agresores podrían ser sentenciados bajo figuras de homicidio que permiten penas reducidas. Bajo condenas por feminicidio, esos beneficios están restringidos. Los hijos de víctimas de feminicidio también acceden a un subsidio, una protección que podría no estar garantizada si el delito se reclasifica como homicidio.

Así que la lucha no es solo por el lenguaje. Es por el tiempo en prisión, la supervivencia de los hijos, la memoria pública y la voluntad del Estado de nombrar un patrón que las mujeres han señalado por generaciones.

Mujeres en una protesta en Lima, Perú. EFE/ Stringer

La falsa calma del lenguaje neutral

Luque acusó a Jáuregui de promover una medida que "desprecia los derechos de las mujeres", porque el reemplazo propuesto reduce el delito a asesinatos de pareja. Eso importa. El feminicidio no se limita a esposos, novios o exparejas. Una mujer puede ser asesinada por un amigo, un vecino, un compañero de trabajo, un acosador, un familiar o un hombre que creyó que su cuerpo, su rechazo o su libertad le pertenecían.

Si la ley solo reconoce el "asesinato de pareja", gran parte de esa violencia queda en una sala legal más fría. Se convierte en homicidio común, incluso cuando el motivo está lejos de serlo.

Ese es el peligro central. El término feminicidio no sostiene que una vida valga más que otra. Reconoce que algunos asesinatos se cometen dentro de una estructura social que ha puesto repetidamente en riesgo a las mujeres por el hecho de serlo. La palabra no inventa la violencia. La registra.

La hermana de Estephany Flores, asesinada por su expareja en 2019, dijo en declaraciones recogidas por EFE que eliminar el feminicidio "no es un cambio técnico", sino un grave retroceso que invisibiliza la violencia específica que sufren las mujeres, debilita la lucha y pone en riesgo los avances logrados tras años de esfuerzo.

Esa frase resume el peso de la sala. Las reformas legales suelen discutirse como si ocurrieran en una cámara limpia de conceptos. Pero este debate está lleno de nombres. Estephany Flores. Érika Oblitas. Mujeres cuyos familiares ahora deben pararse ante las cámaras y explicar, otra vez, por qué la forma en que murieron sus seres queridos no debe ser legalmente difuminada.

La madre de Érika Oblitas, también citada por EFE, dijo temer que la condena al expareja de su hija pueda reducirse. Advirtió que eliminar el feminicidio debilitaría la justicia y dejaría aún más desprotegidas a las víctimas.

Es difícil hacer un argumento más directo que ese. Para estas familias, el proyecto de ley no es filosofía. Es la posibilidad de que una condena, ya dolorosa e incompleta, se vuelva aún menos estable. Es el temor de que el Estado mire a sus hijas y diga que la antigua categoría era demasiado incómoda para mantenerla.

Mujeres en una protesta en Lima, Perú. EFE / Adan González

Una vigilia contra el olvido

La Coordinadora Nacional de Derechos Humanos, conocida como Cnddhh, señaló que la Comisión de la Mujer y Familia del Congreso peruano aún mantiene en agenda la derogación del feminicidio. En un comunicado, la organización advirtió que la propuesta representa un grave riesgo porque invisibiliza la violencia de género y debilita la respuesta estatal ante estos delitos. El Estado, dijo, tiene la obligación de proteger, no de retroceder.

Esa palabra, retroceder, es esencial. América Latina ha pasado décadas nombrando formas de violencia que los sistemas legales antiguos minimizaban o absorbían en la vida privada. La violencia doméstica antes se trataba como un asunto familiar. La violencia sexual solía enterrarse bajo la vergüenza. La maternidad forzada se presentaba como moralidad. El asesinato de mujeres por hombres que reclamaban posesión sobre ellas era visto, demasiadas veces, como pasión, celos, tragedia, cualquier cosa menos poder.

El feminicidio entró en el vocabulario legal y público porque mujeres, abogadas, activistas, periodistas y familias en duelo forzaron a las instituciones a ver un patrón. La palabra nació de la lucha. No fue concedida amablemente.

Perú conoce bien este escenario. Como gran parte de la región, carga una contradicción: movimientos de mujeres fuertes, protestas públicas vibrantes y avances legales en el papel, junto a un machismo profundo, debilidad institucional y un sistema de justicia que a menudo avanza lento para los muertos y los vivos. En ese contexto, eliminar el feminicidio enviaría una señal que va mucho más allá de los tribunales. Le diría a las mujeres que la categoría creada para describir su riesgo es negociable.

Por eso los movimientos feministas, entre ellos Manuela Ramos y Flora Tristán, junto a la Cnddhh, han convocado a una vigilia colectiva el martes frente al Palacio de Justicia de Lima. El lugar no es casual. Una vigilia allí es más que una protesta. Es una exigencia puesta en la puerta de la institución que decide si el duelo se convierte en ley o sigue siendo solo duelo.

El problema de fondo es político. Perú no debate una palabra en aislamiento. Se debate si la reacción conservadora puede recodificar derechos como ideología y convertir la protección en privilegio. Se debate si el lenguaje de igualdad puede ser eliminado de la ley, porque la neutralidad sería más justa. Pero la neutralidad en una sociedad desigual suele proteger la forma más fuerte de silencio.

El proyecto de Jáuregui puede presentarse como una defensa del valor humano igualitario. Pero quienes más han sido marcados por el feminicidio escuchan otra cosa. Escuchan el inicio del borrado. Escuchan a un sistema legal preparándose para olvidar lo que ellas no pueden dejar de recordar.

Y por eso las familias estuvieron en el Congreso con fotografías, nombres y miedo. En Perú, la batalla por el feminicidio no es solo sobre el castigo tras la muerte. Es sobre si la ley aún puede ver las señales de advertencia antes de que la próxima mujer se convierta en un titular, una estadística, una vela en vigilia, otro nombre llevado por alguien que la amó.

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