El terremoto de Chocó revela las fallas bajo la riqueza olvidada de Colombia
En Quibdó, un terremoto de magnitud 7,4 destruyó viviendas ya debilitadas por décadas de abandono, dejando al descubierto cómo la pobreza, la historia extractiva, la desigualdad racial, el conflicto armado y los servicios públicos frágiles de Chocó convierten un desastre natural en un examen nacional mucho más profundo para Colombia hoy.
Cuando los muros cedieron
En el barrio Jardín de Quibdó, en un sector llamado Las Dalias, el terremoto se mide menos por su magnitud que por la ausencia. Ya no hay un muro donde antes colgaba una fotografía familiar. El concreto yace donde dormían los niños. Cada réplica pregunta qué queda cuando lo poco que una familia ha construido se declara irrecuperable.
Nilson Hinestroza camina con cuidado por una habitación de su casa, señalando las fracturas que van del techo al piso. Los ingenieros que inspeccionaron la estructura no ofrecieron palabras de consuelo. “La pérdida es total. No se puede recuperar ni una sola pared. Todas hay que demolerlas”, dijo a EFE. Allí vivían cinco personas, aunque solo Hinestroza y su esposa estaban dentro cuando ocurrió el sismo. Lograron salir antes de que varias paredes colapsaran. El momento salvó vidas, pero no la vivienda.
Se estima que reconstruir costará entre 60 y 70 millones de pesos colombianos, aproximadamente entre 19.000 y 22.000 dólares. Para una familia que intenta encontrar arriendo, guardar lo que pudo rescatar y retirar escombros, la cifra no es un presupuesto. Es otro muro. Hinestroza contó que recibió un paquete de alimentos y dos colchonetas, pero ninguna respuesta clara sobre lo que sigue. “Uno espera apoyo del Estado, información que le permita saber qué hacer, pero hasta ahora no hemos recibido respuesta”, dijo a EFE.
A unas calles de distancia, Yerlin Perea habla con una serenidad que hace que el daño suene casi cotidiano, hasta que explica lo que se perdió. Su madre y dos hermanos mantenían tres viviendas en el mismo lote familiar, un arreglo común en la Quibdó trabajadora, donde la supervivencia diaria se comparte entre generaciones. Las tres casas colapsaron.
“La casa está prácticamente destruida. No hay nada que recuperar”, dijo Perea a EFE. Sin embargo, cuando describe lo que necesita el barrio, no empieza por la comida. Los vecinos han organizado cocinas comunitarias. “Le pedimos al gobierno que nos ayude con arena, cemento, varillas y bloques. La comida la podemos resolver entre nosotros”, afirmó.
Esa frase contiene tanto la fortaleza de Quibdó como el escándalo de su abandono. La comunidad puede cocinar, compartir e improvisar refugio. No puede financiar la reconstrucción, hacer cumplir normas de construcción ni asegurar a las familias ante una catástrofe. La solidaridad puede mantener a la gente con vida después de que la tierra se mueve. No puede sustituir indefinidamente al Estado.

Un desastre gestado durante siglos
El terremoto no creó la vulnerabilidad de Chocó. La dejó al descubierto.
Chocó es uno de los territorios más ricos de Colombia en minerales, bosques, pesca, biodiversidad y geografía estratégica. Toca dos océanos y contiene ríos que sostienen comunidades afrocolombianas e indígenas. Sin embargo, el 65,3 por ciento de su población vivía en pobreza monetaria en 2025, la tasa departamental más alta del país. En Bogotá era del 17,8 por ciento. En Cundinamarca, del 15,1 por ciento.
El contraste no es un paradoja natural. Es una historia política.
El Chocó colonial se organizó en torno a la extracción de oro. Africanos esclavizados fueron traídos para trabajar en las minas, mientras que las comunidades indígenas fueron desplazadas, explotadas o expulsadas de territorios valiosos. El sistema estaba diseñado para extraer riqueza, no para construir una economía diversificada. Ese patrón continuó tras la independencia. Oro, platino, madera y otros recursos salieron, mientras que gran parte del capital, el procesamiento, el conocimiento y las ganancias se acumularon en otros lugares.
La minería puede producir cifras impresionantes sin prosperidad generalizada. La maquinaria, el combustible, el crédito y el control comercial pueden venir de ciudades lejanas. Las comunidades pueden recibir trabajo temporal mientras absorben ríos contaminados, socavones abandonados, cultivos dañados, zonas de pesca debilitadas y control armado.
Así, Chocó puede parecer productivo en una contabilidad extractiva y seguir siendo pobre en la economía real. El valor extraído del suelo se cuenta. El valor perdido cuando un río ya no puede sostener a una familia es más difícil de ver.
La geografía suma costos reales. Las lluvias intensas, la selva, el terreno inestable, las cuencas y los asentamientos dispersos hacen que las carreteras, redes eléctricas, acueductos, hospitales y telecomunicaciones sean costosos. Pero la geografía difícil no produce automáticamente privación. Se convierte en trampa de pobreza cuando la inversión es intermitente, la construcción queda inconclusa, el mantenimiento es débil y la infraestructura sirve más para la visibilidad política que para las condiciones locales.
Una región organizada en torno a los ríos no puede conectarse solo con promesas de carreteras. Requiere transporte fluvial confiable, muelles, lanchas ambulancia, cabotaje, aviación regional, servicio digital y electricidad adaptada a comunidades fuera de la red nacional.
El déficit de servicios públicos muestra lo que se ha postergado, y en 2026, la cobertura de acueducto reportada alcanzó solo el 34,69 por ciento en el Chocó urbano y el 22 por ciento en zonas rurales. Muchas comunidades seguían sin electricidad estable. Cuando un terremoto golpea en esas condiciones, la respuesta de emergencia parte desde atrás. El agua es más difícil de distribuir, las comunicaciones fallan y los traslados médicos tardan más.
La raza es central. La población de Chocó es mayoritariamente afrocolombiana e indígena, y el departamento históricamente ha tenido poca influencia en las redes que definen la inversión nacional. Colombia se desarrolló en torno a Bogotá y el corredor andino central, concentrando industria, crédito, universidades y transporte en otros lugares. Chocó fue tratado como fuente de recursos y territorio estratégico, no como un lugar con derecho a bienes públicos equivalentes.
No se trata de ausencia total del Estado, sino de presencia selectiva. El Estado ha sido visible al otorgar títulos mineros, vigilar corredores, anunciar proyectos o desplegar fuerzas de seguridad. Ha sido menos confiable para proveer agua, saneamiento, salud especializada, justicia, control ambiental y mantenimiento.
El conflicto armado profundiza cada falla. Los ríos de Chocó y su cercanía con Panamá lo hacen valioso para guerrillas, grupos sucesores del paramilitarismo, narcotraficantes, mineros ilegales y redes criminales. Controlar un río puede significar controlar rutas de armas, cocaína, oro, combustible, alimentos y comunidades enteras.
En 2024, el sistema humanitario de Naciones Unidas registró 49.021 personas confinadas en 30 eventos en Chocó, con comunidades indígenas y afrocolombianas sufriendo efectos especialmente graves. El confinamiento es un asedio silencioso. Los niños pierden clases. Los campesinos no pueden llegar a sus cultivos. Las brigadas médicas no llegan. Las mujeres embarazadas no pueden viajar seguras. Los maestros se van. Las empresas no invierten donde una orden armada puede cerrar un río de la noche a la mañana.
El conflicto y el subdesarrollo se retroalimentan. Las instituciones débiles abren espacio a los grupos armados. Los grupos armados debilitan aún más las instituciones.

Reconstruir más que casas
La corrupción y el clientelismo han agravado la crisis. En 2023, la Procuraduría de Colombia advirtió que cinco proyectos en Quibdó, financiados con unos 86 mil millones de pesos en regalías, enfrentaban graves riesgos de retraso, incumplimiento o sobrecostos. Incluían vivienda, vías, instalaciones educativas y becas. En un departamento con poca infraestructura, un contrato fallido puede borrar años de avance.
Aun así, la corrupción no es toda la historia. Chocó fue marginado antes de que existiera su clase política actual. Departamentos más ricos también sufren corrupción, pero cuentan con más ingenieros, planificadores, equipos legales, universidades, contratistas e infraestructura acumulada. Chocó enfrenta a menudo la descentralización en su forma más cruel: responsabilidad sin capacidad, expectativas sin ingresos estables y castigo por fracasos producidos en parte por el abandono nacional.
El terremoto vuelve íntimas las consecuencias. Un modelo de desarrollo suena abstracto hasta que a una familia le dicen que debe derribar cada muro. El racismo estructural parece teórico hasta que tres generaciones pierden sus casas en un solo lote. La baja inversión se hace visible cuando la asistencia de emergencia es comida y colchonetas, mientras las familias piden cemento y acero.
La política de desarrollo para el Pacífico del gobierno en 2026, CONPES 4185, propone 166 acciones y más de 12,3 billones de pesos en inversión indicativa a diez años. Reconoce el racismo estructural y los históricos déficits de servicios e infraestructura. La pregunta más difícil es si los proyectos se completarán, mantendrán, supervisarán y se construirán con los consejos comunitarios afrocolombianos y autoridades indígenas, en vez de ser impuestos desde Bogotá.
La reconstrucción real sería más que reemplazar muros. Significaría viviendas adaptadas al clima, sistemas de agua confiables, capacidad local de construcción, redes médicas, escuelas que permanezcan abiertas durante el conflicto y transporte diseñado en torno a ríos y costas. Significaría retener más valor de la minería, el cacao, la pesca, la agroforestería, la biodiversidad, la cultura y el turismo dentro de Chocó.
También requeriría una comprensión diferente de la seguridad. Los soldados pueden controlar temporalmente un corredor, pero la seguridad duradera requiere fiscales, investigadores, maestros, funcionarios ambientales, enfermeras y jueces que permanezcan después de la operación. Un Estado que solo llega uniformado no es suficiente.
De vuelta en Las Dalias, las familias no hablan de transformación estructural. Hablan de arriendo, bloques, varillas y de dónde dormirán. Sus necesidades son inmediatas. Su diagnóstico, no.
La geografía de Chocó hizo costoso el desarrollo. La historia de Colombia convirtió ese costo en excusa. La extracción sin industrialización, las promesas sin continuidad y la seguridad sin instituciones civiles confiables dejaron a miles expuestos antes de que temblara la tierra.
El terremoto dañó casas en segundos. Las condiciones que hicieron devastadoras esas pérdidas se construyeron durante siglos. Reconstruir Quibdó no puede significar devolver a las familias a la misma vulnerabilidad con muros nuevos. Debe significar tratar a Chocó no como un reservorio distante de oro, ríos y selvas, sino como un lugar cuyos habitantes merecen las instituciones duraderas que el resto de Colombia ha dado por sentadas demasiadas veces.
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