AMÉRICAS

Las infancias robadas de Colombia ponen a prueba la justicia de paz una vez más

El fallo de la JEP contra excomandantes de las FARC obliga a Colombia a enfrentar una herida más allá de la memoria del campo de batalla: niños arrastrados a la guerra, comunidades indígenas y afrocolombianas fracturadas, y un sistema de paz que ahora pone a prueba si la verdad aún puede llevar justicia públicamente, al fin.

Un veredicto contra la infancia robada

La guerra en Colombia siempre ha tenido cifras, pero las cifras nunca explican el silencio que queda después de que un niño desaparece.

La Jurisdicción Especial para la Paz, conocida como la JEP, dictaminó el martes que veinte exintegrantes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia son “en última instancia responsables” de reclutar y utilizar niños en el conflicto armado. Los acusados pertenecían a los bloques Comando Conjunto Oriental, Sur, Noroccidente, Caribe, Magdalena Medio y Central de la antigua organización guerrillera. Según el tribunal, fueron incluidos en el proceso porque “ejercieron mando o desempeñaron roles decisivos en el reclutamiento de menores.”

Ese lenguaje es cuidadoso, judicial, casi seco. Pero detrás de él se esconde una de las verdades más atroces de la larga guerra de Colombia: la infancia misma se convirtió en un recurso de batalla. Los niños no solo quedaron atrapados en el conflicto. Fueron absorbidos por él, entrenados por él, disciplinados por él y, en muchos casos, quebrados por él antes de tener el vocabulario para entender lo que les habían arrebatado.

El caso forma parte del Caso 07 de la JEP, “Reclutamiento y utilización de niños en el conflicto armado”, e incluye 11.052 víctimas. De ellas, 9.027 pertenecen a seis grupos étnico-raciales afectados, mientras que 2.025 son víctimas individuales. Las cifras importan porque alejan la historia de la abstracción. Esto no fue solo una tragedia nacional. Fue una herida concentrada en comunidades que ya cargaban el peso de la exclusión, el abandono, el racismo y el aislamiento geográfico.

El presidente de la JEP, Alejandro Ramelli, dijo en una rueda de prensa que el reclutamiento “afectó de manera desproporcionada a comunidades históricamente vulnerables”. Los pueblos indígenas y afrocolombianos, señaló, perdieron a sus hijos y sufrieron daños en “sus estructuras sociales, continuidad cultural y formas de vida.”

Esa declaración es el centro moral del fallo. Un niño reclutado no es solo una víctima individual, por terrible que sea. En muchas comunidades indígenas y afrocolombianas, un niño también porta el idioma, la memoria, el parentesco, el territorio, el conocimiento ritual, el saber agrícola, el conocimiento del río y el futuro colectivo. Robar a un niño es perforar el mañana de un pueblo.

Lily Rueda Guzmán, magistrada de la Sala de Reconocimiento de Verdad y Responsabilidad de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), en Bogotá, Colombia. EFE/ Carlos Ortega

La prueba más difícil del tribunal de paz

La JEP fue creada por el acuerdo de paz de 2016 con las FARC para investigar y juzgar los crímenes cometidos durante el conflicto armado en Colombia. Actualmente tiene once macrocasos abiertos sobre crímenes de guerra y de lesa humanidad. Pero este caso puede ser uno de los más difíciles emocionalmente, porque pide a los colombianos sentarse con una verdad que muchos ya conocían y otros preferían mantener a distancia.

El tribunal determinó que el reclutamiento se realizó principalmente por la fuerza, en un sesenta y cuatro por ciento. El engaño representó el 22%, mientras que la persuasión fue el 13%. Esas categorías son importantes porque desmontan una excusa conveniente. El reclutamiento de niños no fue una serie de decisiones juveniles mal entendidas bajo banderas revolucionarias románticas. Según la JEP, fue en gran medida coercitivo, manipulador y estructurado.

El tribunal también concluyó que el reclutamiento “no fue un fenómeno aislado”, sino que experimentó un resurgimiento “sistemático” entre 1996 y 2016. Esa palabra, sistemático, es devastadora. Elimina el consuelo del accidente. Dice que esto no fue solo la mala conducta de combatientes dispersos o unidades locales desesperadas. Sugiere un patrón que atravesó estructuras de mando, territorios y el tiempo.

La magistrada Lily Rueda, de la Sala de Reconocimiento de Verdad de la JEP, explicó que los veinte exguerrilleros ahora tienen dos caminos. Pueden reconocer su participación y continuar por la vía de la justicia restaurativa, que no implica penas de prisión. O pueden negarse a reconocer y ser remitidos a la Unidad de Investigación y Acusación, donde podrían enfrentar condenas de hasta 20 años de cárcel.

Aquí es donde el modelo de paz de Colombia queda más expuesto. La justicia restaurativa es fácil de defender en teoría y dolorosa de defender frente a las víctimas. La idea es que la verdad, el reconocimiento, la reparación y las garantías de no repetición pueden servir mejor al país que la prisión por sí sola. Pero cuando el crimen es el reclutamiento de niños, la demanda emocional de castigo se hace más fuerte.

Esa tensión no es una debilidad de la JEP. Es el conflicto para el que la JEP fue creada. El reto de Colombia no es elegir entre memoria y justicia, como si una anulara a la otra. El reto es demostrar que la verdad puede tener consecuencias, que el reconocimiento no es teatro y que la reparación no es una palabra suave puesta sobre una tumba abierta.

Ramelli lo expresó con inusual contundencia. “Detrás de cada número hay una historia, una vida interrumpida, una infancia robada”, dijo. Calificó la decisión como “un llamado a los procesados a reconocer su responsabilidad”, y agregó que hacerlo es “imperativo y un deber moral con las víctimas.”

Alejandro Ramelli, magistrado de la Sala de Reconocimiento de Verdad y Responsabilidad de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), en Bogotá, Colombia. EFE/ Carlos Ortega

Una advertencia regional en el espejo colombiano

Lo que esto significa para la región es más grande que Colombia. En toda América Latina, grupos armados, fuerzas estatales, economías criminales y el abandono territorial han convertido a menudo a los niños en el material más barato de la guerra. Son reclutados. Son vulnerables, porque pueden ser controlados. Al fin y al cabo, la pobreza reduce sus opciones, porque el Estado llega tarde y porque el poder armado entiende la soledad de los lugares olvidados.

El fallo de Colombia, por lo tanto, se convierte en un espejo regional. Advierte que los acuerdos de paz no pueden juzgarse solo por el silencio de los fusiles. Deben juzgarse por lo que revelan después. Si la paz no puede nombrar a los niños que la guerra se llevó, entonces la paz se convierte en otro lenguaje oficial pronunciado por encima del dolor.

Para los observadores de derechos humanos, incluidas organizaciones como Human Rights Watch, el fallo agudiza la pregunta central de la justicia transicional en América Latina: ¿puede un país construir rendición de cuentas sin colapsar la frágil arquitectura que puso fin a un conflicto? La respuesta de la JEP aún se está construyendo. Pide a los perpetradores decir la verdad, a las víctimas ser escuchadas, a las instituciones responder y a la sociedad resistir la vieja tentación de olvidar cuando los titulares se apagan.

La investigación comenzó en 2019 e incluyó fases clave: análisis del delito, justicia restaurativa, declaraciones de necesidades restaurativas de las víctimas y la activación de respuestas institucionales y comunitarias. Esa secuencia importa. Sugiere que el tribunal no está solo produciendo un expediente legal. Está intentando construir un registro público del daño y la reparación.

Aun así, ningún fallo puede devolver la infancia. Ningún tribunal puede devolver el primer miedo, los años escolares perdidos, el idioma truncado, la madre esperando junto a un camino, la comunidad debilitada por una ausencia que nunca se cerró del todo. La justicia aquí siempre será incompleta porque el crimen fue diseñado contra el tiempo mismo.

Pero incompleta no significa inútil.

El fallo de la JEP le dice a Colombia que los niños de la guerra no fueron notas al pie. Fueron víctimas centrales de un sistema que se alimentó de la vulnerabilidad. Les dice a los excomandantes que el silencio ya no es neutral. Le dice a la región que la política armada, por más que se disfrace, se vuelve moralmente insolvente cuando alcanza a los niños.

Y le dice al país algo más antiguo, más difícil y más necesario: la paz no es el día en que callan las armas. La paz es el largo y difícil trabajo de nombrar quién pagó el precio.

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