Perú sigue caminando bajo la larga y violenta sombra de Sendero Luminoso
Dos detenciones en Huánuco han reabierto la historia más oscura de la insurgencia en Perú, revelando cómo Sendero Luminoso sobrevive no como el ejército que alguna vez imaginó, sino a través de redes residuales, crímenes no resueltos, abandono rural, miedo político y una memoria que la república nunca terminó de saldar.
La guerra regresa a través de un expediente judicial
Los nombres en el expediente judicial se reducen a iniciales: M. J. y A. A. Las acusaciones llevan el peso de una guerra que Perú ha intentado durante décadas dejar de manera segura en el pasado.
Un tribunal peruano ordenó diez meses de prisión preventiva mientras los fiscales investigan la presunta pertenencia de los dos hombres a Sendero Luminoso en Huánuco. EFE informó que la solicitud provino de la fiscalía supraprovincial especializada en derechos humanos y terrorismo.
Según la investigación, M. J., presuntamente conocido como camarada Álvaro o Macario, cumplía un rol de “comando político” y participó en acciones violentas entre 1993 y 2011 que causaron 17 muertes. A. A., identificado como camarada Andrés o Andresito, está acusado de participar en “aniquilamientos selectivos” entre 2004 y 2011.
Los fiscales también alegan que los hombres confiscaron una radio del puesto de salud en Utao y ayudaron a organizar marchas y propaganda subversiva en Pagshag, Igna, Quechualoma, Huarapa, Tambogan y otros asentamientos en Churubamba. Ninguno ha sido condenado, y la prisión preventiva no implica una declaración de culpabilidad. Aun así, la línea de tiempo se extiende casi dos décadas más allá de la captura en 1992 del fundador Abimael Guzmán.
Esa es la primera razón por la que la organización no ha desaparecido por completo. El liderazgo fue decapitado, la capacidad militar reducida y la insurgencia nacional fue quebrada. Sin embargo, los movimientos clandestinos están diseñados para sobrevivir a las detenciones. Se apoyan en alias, células compartimentadas, intimidación y territorios donde el Estado aparece de manera irregular.
La presunta incautación de una radio de una clínica puede sonar menor al lado de masacres y coches bomba. En un asentamiento remoto, no lo era. Una radio podía conectar a los residentes con ayuda médica o autoridades. Quitarla significaba controlar la comunicación. Las marchas de propaganda, los asesinatos selectivos y las confiscaciones formaban un sistema. La violencia castigaba. El teatro advertía. El silencio aislaba.

Por qué el movimiento sobrevivió a su fundador
Sendero Luminoso surgió en 1970 de una escisión dentro del Partido Comunista del Perú. Guzmán, exprofesor de filosofía en Ayacucho, fusionó maoísmo, disciplina estalinista y guerra rural prolongada en una doctrina de crueldad extraordinaria.
El grupo inició su campaña armada en 1980 cerca de Ayacucho. Reclutó entre jóvenes intelectuales, campesinos indígenas y comunidades urbanas pobres, mientras afirmaba que derrocaría a la élite hispanohablante del Perú. Ese atractivo se nutría de exclusiones reales. También ocultaba un proyecto autoritario que trataba a campesinos disidentes, líderes sindicales, organizadores barriales y rivales de izquierda como enemigos.
Esta contradicción explica tanto la resistencia como la derrota de Sendero Luminoso. La desigualdad rural le dio agravios para explotar. El terror terminó volviendo a muchas comunidades en su contra. Sendero Luminoso no empoderó democráticamente a los campesinos. Exigía obediencia y mataba a civiles que se negaban a aceptar su autoridad.
La Comisión de la Verdad y Reconciliación estimó que cerca de 70,000 personas murieron durante el conflicto armado interno y atribuyó el 54 por ciento, aproximadamente 37,800 muertes, a Sendero Luminoso. Tanto la violencia insurgente como la estatal devastaron a los civiles, pero la comisión asignó la mayor parte a la guerrilla.
Su supervivencia también tuvo una base económica. Según informes, la organización estableció operaciones de procesamiento de cocaína en el Valle del Huallaga, vinculando la política armada a un mercado ilícito capaz de financiar movimiento y protección. Una vez que la insurgencia se entrelaza con economías ilegales, la ideología deja de ser el único motor. El control de rutas, cultivos y tributación local puede sostener remanentes después de que la promesa revolucionaria colapsa.
La captura de Guzmán dañó profundamente a la organización. El arresto en 1999 de su sucesor, Oscar Ramírez Durand, conocido como camarada Feliciano, la debilitó aún más. Pero las acusaciones en Huánuco sugieren que actores locales pudieron haber seguido operando durante años. Esto no significa que Sendero Luminoso siga siendo la fuerza nacional que Perú temía en los años ochenta. Significa que la derrota fue desigual. Lima vio a un líder capturado. Algunos distritos rurales pueden seguir viviendo con alias, amenazas y tumbas sin resolver.

La memoria sigue siendo otro campo de batalla
La dificultad de Perú para enfrentar a Sendero Luminoso nunca ha sido solo militar. También ha sido legal, moral y política.
Defensores de derechos humanos tuvieron que documentar crímenes estatales mientras condenaban a una fuerza guerrillera que rechazaba los derechos humanos por considerarlos imperialistas. Sendero Luminoso asesinó a líderes sindicales y activistas barriales, incluida María Elena Moyano. Por su parte, agentes estatales estuvieron implicados en desapariciones, detenciones ilegales, torturas y masacres. Periodistas y activistas enfrentaron peligro de ambos lados.
El asesinato de ocho periodistas en Uchuraccay en 1983 mostró cuán letal se había vuelto la simple búsqueda de hechos. La información se ocultaba, negaba o convertía en propaganda. La guerrilla no ofreció nunca un recuento creíble de su violencia.
La creación de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos en 1985 fue decisiva. Sus miembros se distanciaron de Sendero Luminoso, documentaron atrocidades insurgentes y aun así defendieron el derecho de los acusados a juicios justos y trato humano. Condenar el terrorismo no borra el debido proceso. Exigir debido proceso no excusa el terrorismo.
El caso de Huánuco se inscribe en ese marco arduamente ganado. La medida más profunda será si produce pruebas, protege a los testigos, respeta los derechos de los acusados y da a las víctimas algo más que otro titular.
Sendero Luminoso persiste a través de presuntos exoperadores cuyos casos recién ahora llegan a los tribunales. Persiste donde la pobreza, los servicios débiles y las economías ilegales facilitan la construcción de poder coercitivo. Persiste en el lenguaje político, donde las acusaciones de “apología del terrorismo” pueden desacreditar a críticos. Y persiste en familias para quienes el conflicto nunca se volvió historia porque nunca se recuperó un cuerpo o un pueblo nunca supo.
La organización no es lo que fue. Por eso es peligroso describirla como un ejército omnipotente o como un vestigio desaparecido. La tarea de Perú es más exigente: procesar las redes sobrevivientes sin revivir la represión indiscriminada, preservar la memoria sin convertirla en munición partidaria y enfrentar las desigualdades que la doctrina armada alguna vez convirtió en reclutas y tumbas.
Una radio de clínica en Utao, diecisiete muertes presuntamente atribuidas y nombres ocultos tras iniciales ahora cargan con ese peso. Sendero Luminoso fue quebrado militarmente. Su sombra persiste porque Perú nunca recibió un final limpio.
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