Cuba inaugura estación de carga solar en medio de su profunda crisis energética
La primera estación de carga solar rápida de Cuba se levanta junto a la Carretera Nacional mientras los apagones se extienden más de 20 horas, ofreciendo a los conductores eléctricos una rara isla de energía y exponiendo la enorme distancia entre una innovación privada y el sistema energético colapsado del país.
Una estación luminosa en un país a oscuras
A cinco kilómetros de Santa Clara, el futuro se encuentra bajo paneles solares. Los autos que salen de la Carretera Nacional de Cuba pueden conectarse a la primera estación del país que ofrece carga rápida y ultrarrápida a través de enchufes compatibles con varios estándares internacionales. La electricidad proviene del sol.
Sin embargo, el detalle más revelador no es la velocidad. Es la separación.
Construida y operada por la pequeña empresa privada Solguara, la estación funciona completamente fuera del Sistema Eléctrico Nacional de Cuba. No espera a que una planta térmica envejecida vuelva a arrancar ni a que el combustible importado llegue al puerto. EFE informó que la instalación también puede cargar teléfonos celulares, ventiladores recargables y lámparas de forma gratuita, convirtiendo un proyecto de transporte en infraestructura de emergencia en la carretera.
Ese servicio menor puede ser más importante para muchos cubanos que los autos eléctricos. Durante apagones de 20 horas o más, un teléfono cargado puede significar la posibilidad de contactar familiares o enterarse sobre la restauración del servicio eléctrico. Un ventilador puede hacer tolerable una noche calurosa. Una lámpara puede mantener utilizable una cocina, una escalera o una sala de enfermos.
La estación cuenta dos historias a la vez. Es una señal pulida de adaptación tecnológica, pero también existe porque el sistema eléctrico ordinario no puede proveer energía de manera confiable. Su independencia es su mayor fortaleza ingenieril y, políticamente, su crítica más aguda a la red que la rodea.
Llamar al sitio una “solinera”, el equivalente solar de una gasolinera, le da al proyecto una alegre practicidad cubana. Sin embargo, no es simplemente una novedad ecológica. En un país donde la electricidad se ha vuelto impredecible, la energía descentralizada es ahora una forma de mantener la vida cotidiana en movimiento.

Una nueva máquina construida sobre una vieja crisis
La emergencia energética de Cuba no comenzó con los colapsos de la red nacional en 2024. Se ha desarrollado durante más de tres décadas, a través de un ciclo de dependencia, rescates temporales, inversión postergada y renovadas carencias.
El colapso de la Unión Soviética eliminó el petróleo subsidiado y el comercio que sostenían a Cuba. Durante el Período Especial, las importaciones de combustible cayeron casi un 46 por ciento entre 1990 y 1993, mientras que la generación eléctrica disminuyó un 17,1 por ciento entre 1990 y 1995. Los apagones provinciales se extendían hasta 16 horas. Cuba se adaptó, pero nunca eliminó la vulnerabilidad que entonces quedó expuesta.
Venezuela se convirtió después en el nuevo salvavidas. Un acuerdo de 2000 comprometió a Caracas a enviar 53.000 barriles de petróleo diarios a cambio de servicios cubanos. A medida que la economía venezolana se deterioró, los envíos promedio cayeron de unos 99.000 barriles diarios en 2013 a aproximadamente 57.000 en 2021. La dependencia cambió de bandera, no de estructura.
Luego, la maquinaria falló con más frecuencia. Las plantas térmicas de Cuba han soportado décadas de uso, mantenimiento insuficiente, escasez de repuestos y falta de divisas. Desde 2020, la generación eléctrica ha caído alrededor de una cuarta parte, mientras que las plantas térmicas y los generadores distribuidos han perdido cerca de 900 megavatios de capacidad. En 2025, los déficits diarios promediaron 1.531 megavatios y alcanzaron picos de 2.054.
Esas cifras desmontan una explicación conveniente. Cuba no sufre porque su población consuma electricidad de manera extravagante. El consumo anual se sitúa cerca de 1.414 kilovatios-hora por persona, muy por debajo del promedio latinoamericano y caribeño de 2.334. El sistema se tensa ante una demanda relativamente modesta. Esto es pobreza energética, no exceso.
La presión externa y el fracaso interno se refuerzan mutuamente. Las sanciones de EE.UU. complican la compra de combustible, el transporte, el financiamiento y el acceso a equipos. Décadas de mantenimiento postergado y baja inversión también dejaron la red incapaz de absorber shocks. Investigadores del Cuba Capacity Building Project de la Universidad de Columbia sostienen que las decisiones a largo plazo priorizaron otras construcciones, como el desarrollo de hoteles poco ocupados, mientras la infraestructura eléctrica se deterioraba. Ninguna explicación anula a la otra. Juntas, describen un sistema sin margen de error.

La vía verde podría convertirse en otra brecha
La estación de Santa Clara llega mientras Cuba reescribe las reglas sobre transporte y energía renovable. Medidas que entran en vigor el 11 de agosto permiten a particulares importar vehículos eléctricos con sistemas de carga renovable y amplían incentivos para equipos solares. Los sistemas fotovoltaicos, componentes esenciales y cargadores de vehículos alimentados por renovables pueden recibir ventajas aduaneras.
Solguara no opera sola. Otro punto de carga solar en la comunidad Virginia utiliza 56 paneles, provee 30 kilovatios de potencia y almacena 60 kilovatios-hora de energía. Otros sitios sirven a un edificio residencial de 12 pisos y a los barrios José Martí y Ciro Redondo. En conjunto, sugieren una resiliencia construida a partir de pequeñas islas energéticas en lugar de depender completamente de una sola red.
Pero la descentralización puede reproducir la desigualdad tan fácilmente como reduce la vulnerabilidad. Los cubanos con dólares, vehículos importados, baterías, paneles y propiedad privada pueden comprar independencia. Las familias que viven de salarios o pensiones pueden seguir atadas al calendario de apagones. La energía solar puede convertirse en una transición pública o en una colección de rutas de escape privadas.
Por eso la carga gratuita para teléfonos, ventiladores y lámparas es más que un extra caritativo. En parte, acorta la distancia entre el dueño de un vehículo eléctrico y el residente varado con una batería descargada en un apartamento oscuro. Aun así, una sola estación no puede preservar alimentos refrigerados en toda una ciudad ni mantener hospitales y bombas de agua funcionando durante un colapso nacional.
Las cifras oficiales revelan la distancia que queda por recorrer. EFE citó informes del Ministerio de Energía que indican que los combustibles fósiles aún representan el 95 por ciento de la matriz energética nacional y que la generación renovable podría alcanzar el 6,3 por ciento este año. Otras estimaciones ministeriales sitúan las renovables cerca del 10 por ciento a finales de 2025 y apuntan al 15 por ciento en 2026. Ambas cifras siguen lejos de la meta cubana de 24 por ciento de electricidad renovable para 2030.
La solinera no es ni salvación ni espectáculo. Es un prototipo funcional de lo que Cuba necesita cada vez más: generación local, almacenamiento en baterías, conectores flexibles, iniciativa privada, acceso público y sistemas capaces de operar cuando falla el sistema mayor.
En la carretera, a las afueras de Santa Clara, los paneles siguen captando luz solar, esté la red nacional estable o a oscuras. Un auto eléctrico hace que el proyecto parezca futurista. La carga gratuita para una lámpara cuenta la historia cubana más profunda.
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