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México observa cómo las familias cavan por la verdad donde el Estado falla

En México, las familias que buscan a los desaparecidos se han convertido en investigadoras, excavadoras y testigos, llenando un vacío dejado por la impunidad, el miedo y la demora oficial. Mientras tanto, la violencia del narco sigue devorando personas y obligando a sus seres queridos a encontrar ternura, pruebas y cierre en la misma fosa.

Donde el duelo se convierte en trabajo

Durante horas bajo un sol abrasador, Raúl Servín cava en la tierra que podría contener la respuesta que teme desde hace ocho años. Busca a su hijo. También busca, como él mismo dice, a todas las demás personas desaparecidas en México. Cada martes, carga una camioneta con picos, palas, agua y almuerzos, se encomienda a Dios, recoge a sus compañeras y se dirige a lugares donde la tierra puede guardar secretos terribles. The Associated Press sigue de cerca esa rutina, y lo que surge no es solo el retrato de un padre, sino de un país donde el duelo se ha convertido en trabajo peligroso y no remunerado.

Servín y las mujeres de Guerreros Buscadores ya no se mueven como aficionadas. Su trabajo tiene ritmo, procedimiento, instinto. Siguen pistas anónimas enviadas al sitio web del grupo por personas que escucharon gritos o disparos, o vieron algo sospechoso pero temen acudir a las autoridades. Llevan una varilla metálica que llaman la vidente, la clavan en la tierra, la sacan y huelen buscando señales de descomposición orgánica. Saben cómo escanear un terreno, cómo notar la suavidad del suelo, cómo leer pequeñas irregularidades que otros pasarían por alto. México les ha enseñado esto. O, más precisamente, la ausencia de México lo ha hecho.

Esa es una de las verdades más duras que encierra esta historia. Las familias buscan porque han aprendido que no pueden esperar. Los registros oficiales dicen que más de 130,000 personas han sido reportadas como desaparecidas desde 2006. Más de 70,000 restos sin identificar se han acumulado en morgues y cementerios. La administración anterior reconoció la magnitud del problema. Lanzó comisiones oficiales de búsqueda, pero los altos niveles de impunidad e inacción persisten. El gobierno actual ha dicho que la falta de información sobre un tercio de los desaparecidos hace imposible buscarlos. En la práctica, eso significa que la carga de la prueba, la persistencia y el riesgo físico ha recaído en los hombros de familiares que ya viven devastados.

Así no debería funcionar un Estado moderno. Cuando padres y esposas se convierten en la institución de búsqueda más confiable del país, la crisis deja de ser solo criminal. Es también moral y política.

México: Familias de desaparecidos acusan a las autoridades de abandono. EFE/ Joebeth Terríquez

La ternura dentro del horror

El reportaje de The Associated Press acompaña al grupo a las afueras de Guadalajara, en Jalisco, donde la ciudad está tapizada de carteles de personas desaparecidas y el estado es descrito como epicentro de desapariciones. Las buscadoras van solas. Sin escolta. Sin seguridad visible. Lo más parecido a protección es un botón de pánico que lleva Servín, conectado a una red federal para defensores de derechos humanos. Ese detalle dice más que cualquier discurso oficial. Estas familias no solo están de luto. Realizan un trabajo peligroso en territorio marcado por el poder del narco, y saben que deben evitar revisar ciertos lugares de antemano porque los halcones o sicarios podrían obligarlas a irse con disparos al aire.

Luego llega el momento que explica por qué siguen adelante.

Tras horas de excavación en un complejo residencial, sin encontrar nada, Servín nota tierra blanda entre una pared y las vías del tren. Se arrodilla. Pasa un tren. Cava y ve parte de un cráneo. Pronto, hay una mandíbula, una bolsa con huesos, un zapato, una pelvis. Las mujeres se reúnen alrededor de la fosa con mascarillas y guantes y empiezan a hablarle a los restos con una suavidad asombrosa. “Hola, mi amor, pronto vas a casa.” “Tu familia te espera.” Una enciende una vela.

Para quienes están fuera, esa escena puede parecer insoportable, incluso macabra. Pero quienes la viven entienden algo que los demás no. En un país donde los criminales esconden cuerpos porque sin cuerpo no hay delito, encontrar restos puede ser una forma de rescate. Casi 20,000 personas desaparecidas han sido halladas muertas desde 2010. Ese dato es brutal. Pero también explica por qué, en este mundo, el peor desenlace posible puede traer alivio. Un cuerpo significa evidencia. Un cuerpo significa ADN. Un cuerpo significa que una familia podría, por fin, dejar de buscar a ciegas.

Este es el paradójico dolor emocional en el centro de la crisis de desapariciones en México. El cierre llega mutilado. La paz viene en fragmentos. El Estado ha dejado a las familias en una incertidumbre tan prolongada que la confirmación de la muerte puede sentirse, si no misericordiosa, al menos sólida. Algo que abrazar. Algo que enterrar. Algo real.

Servín dice que cuando encuentran cuerpos en pedazos, le dan ganas de llorar porque imagina a su propio hijo así. Pero también dice que se siente bien porque sabe que ahí hay respuestas. No es una contradicción. Es supervivencia.

México: Familias de desaparecidos acusan a las autoridades de abandono. EFE/ Isaac Esquivel

Un país que se prepara para el mundo y falla a los suyos

La historia impacta aún más porque ocurre cerca de una ciudad sede del Mundial, en un periodo en que la presidenta Claudia Sheinbaum insiste en que la seguridad para el torneo estará garantizada tras la violencia desatada en febrero por el asesinato del líder del cártel. Servín dice que le encanta el fútbol, pero eso no le impedirá seguir buscando. Esa frase queda resonando porque resume una tensión latinoamericana conocida. El Estado suele ser más eficiente cuando necesita tranquilizar al mundo, atraer atención, mostrar orden y proteger la imagen nacional. Las familias de los desaparecidos piden algo más pequeño y mucho más difícil: no espectáculo, no consignas, sino verdad duradera.

Saben que una imagen puede traicionar. Una de las mujeres transmite en vivo por Facebook tras hallar los restos porque la visibilidad pública se ha vuelto una defensa. El video en vivo preserva la evidencia, ayuda a identificar pertenencias y crea un registro que no puede negarse fácilmente. Ese instinto viene de la experiencia. También la desconfianza cuando llega la policía. Servín dice que algunos agentes trabajan para el narco. Recuerda que las autoridades una vez acusaron a los colectivos de contaminar escenas del crimen. Recuerda lo que significa ser revictimizado por instituciones que debieron ayudar desde el principio. Las notas recuerdan el caso de una mujer que, en 2021, recibió los restos de un familiar en una bolsa de basura por parte de un fiscal. Esa imagen se hizo viral porque condensó años de desdén institucional en un solo cuadro, claro e inenarrable.

Y aun así estos colectivos siguen produciendo lo que el Estado no puede o no quiere producir con suficiente rapidez: hallazgos, registros, presión, testimonio, dignidad. Cuando los vecinos llegan a preguntar si reconocen un zapato o una prenda, cuando otra madre es enviada a la fiscalía para una prueba de ADN, cuando las buscadoras se sientan juntas al anochecer a descansar, lo que surge no es solo pérdida. Es una forma de reparación cívica construida desde abajo.

A las 9 de la noche, después de que el equipo forense ha comenzado su trabajo y tras otro día dentro de la vasta maquinaria de desaparición de México, Servín vuelve a presionar el botón de pánico para avisar que llegó a casa. Dice que llega sintiéndose en paz, sabiendo que el día fue fructífero. Es una frase extraordinaria, y también una acusación. En demasiados lugares de México, la paz ya no significa seguridad. Significa encontrar lo que el país no pudo encontrar por ti.

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