Política

Perú vuelve a votar mientras las sombras de Fujimori acechan a una república inquieta

La segunda vuelta presidencial entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez en Perú se ha convertido en algo más que una elección. Es una prueba de resistencia para una república golpeada, donde el crimen, la desconfianza, el conteo lento y viejos fantasmas políticos vuelven a llenar las urnas este domingo.

Un país cuenta sus heridas

En Perú, el día de las elecciones se recibe con un nudo en el estómago.

Está la papeleta, sí. La tinta morada. La fila en el patio de la escuela. La abuela que aún se arregla con esmero porque votar se siente cívico, incluso cuando la política parece podrida. Pero también está la espera. La sospecha. El rumor de que algunas actas de un remoto distrito andino no han llegado, que una mesa en Lima abrió tarde, que alguien en algún lugar intenta robar lo poco que queda de fe.

El 7 de junio, Perú elegirá entre la candidata de derecha Keiko Fujimori y el izquierdista Roberto Sánchez en una segunda vuelta que las autoridades electorales oficiales confirmaron tras un lento conteo de la primera ronda. El enfrentamiento reabre una de las heridas políticas más profundas del país: el fujimorismo contra el antifujimorismo, una lucha que ha sobrevivido a gobiernos, partidos y casi todas las promesas hechas desde el retorno de la democracia.

Fujimori aparece en una segunda vuelta presidencial por cuarta vez consecutiva. Ese solo hecho dice algo extraño sobre Perú. Ella sigue perdiendo la presidencia, pero nunca abandona el centro del escenario. Sus rivales cambian. La rabia cambia de disfraz. El país cambia de presidente a un ritmo vertiginoso. Aun así, Perú de alguna manera regresa al mismo apellido, al mismo archivo familiar, al mismo debate sobre orden, miedo, corrupción y memoria.

Sánchez porta un símbolo distinto, pero igual de cargado. Es el candidato de izquierda, el hombre vinculado al mundo político rural que llevó a Pedro Castillo al poder en 2021. En esta campaña, ha llevado la sombra del sombrero de Castillo, no solo como prenda sino como acusación. Para sus seguidores, recuerda a un maestro-presidente humillado por el establishment político limeño. Para sus críticos, evoca el fallido intento de Castillo en 2022 de disolver el Congreso, un acto que terminó con su breve presidencia y lo llevó a prisión.

Perú no está simplemente eligiendo entre dos candidatos. Se le pide decidir qué trauma le asusta más.

Fotomontaje que muestra a los candidatos presidenciales peruanos Keiko Fujimori y Roberto Sánchez. EFE/Paolo Aguilar/Renato Pajuelo

Las viejas familias del miedo

Los dos nombres en la papeleta llevan ecos separados por 30 años. El autogolpe de Alberto Fujimori en 1992 aún pesa sobre las ambiciones de su hija, especialmente entre los peruanos que recuerdan el pacto de esa década: seguridad y estabilización económica pagadas con autoritarismo, abusos y una política de obediencia. El fallido intento de poder de Castillo en 2022 ofrece la pesadilla opuesta, una presidencia nacida de la exclusión y el resentimiento que terminó intentando romper el orden constitucional que no pudo controlar.

Esa simetría es fea, pero útil. Ayuda a explicar por qué tantos votantes no suenan entusiastas. Perú ha tenido ocho presidentes en aproximadamente una década, y reportes de Associated Press antes de la segunda vuelta describían a un país preparándose para elegir a su noveno presidente en 10 años. La primera vuelta de abril también dejó a ambos finalistas con menos del 20 por ciento de los votos, una brutal medida de fragmentación más que de mandato.

En una democracia más sana, una segunda vuelta reduce las opciones. En Perú, suele reducir la tolerancia. Las dos últimas elecciones presidenciales se decidieron por márgenes diminutos, alrededor de 40,000 votos, y la difícil geografía electoral del país hace que la rapidez sea casi imposible. Las papeletas y actas deben viajar desde ciudades costeras, comunidades amazónicas, pueblos andinos y distritos de migrantes en el extranjero hacia un sistema donde los recursos legales pueden convertir el conteo en una fiebre nacional. El problema no es solo la burocracia. Es que cada demora ahora cae en una cultura de desconfianza.

Esa desconfianza se alimentó de nuevo tras la primera vuelta, cuando fallas logísticas retrasaron la apertura de mesas en Lima y ayudaron a avivar denuncias de fraude del candidato ultraderechista Rafael López Aliaga, quien quedó fuera de la segunda vuelta por unos 21,000 votos. Observadores internacionales no encontraron evidencia de irregularidades, según Reuters, pero en Perú, los hechos suelen llegar tarde a una sala ya llena de sospechas.

Fujimori conoce bien esa sala. En 2021, intentó revertir su derrota alegando fraude sin pruebas. Este año, ha reclutado observadores y, en efecto, ha advertido que su partido no será sorprendido dormido otra vez. Para sus seguidores, eso es vigilancia. Para sus opositores, es un ensayo.

Sánchez enfrenta sus propios pasivos. Su alianza con el ultranacionalista Antauro Humala ha abierto un corredor más oscuro en la campaña. Humala, hermano del expresidente Ollanta Humala, cumplió 17 años de prisión por liderar el Andahuaylazo de 2005, donde murieron cinco policías. Para muchos peruanos, la asociación plantea una pregunta que va más allá de la izquierda y la derecha: si la rabia anti-establishment puede domesticarse una vez que entra al palacio.

Foto de archivo del político ultraderechista peruano Rafael López Aliaga en Lima, Perú. EFE/John Reyes

Latinoamérica observa la fractura

El crimen se ha convertido en el lenguaje más inmediato de la campaña porque es el que los peruanos pueden sentir sin encender las noticias. La extorsión, los asesinatos y las redes criminales organizadas han hecho que la inseguridad supere a la corrupción y la economía como principal preocupación pública. AP informó que los homicidios se han duplicado y las denuncias de extorsión se han quintuplicado en los últimos años, con el crimen organizado vinculado en parte a la minería ilegal de oro.

Ese detalle importa para América Latina. Perú no es una ruptura aislada. Es parte de un patrón regional en el que economías ilegales, partidos débiles e instituciones desacreditadas chocan. Los puertos de Ecuador, los municipios de México, los corredores mineros de Colombia y las zonas auríferas informales de Perú muestran la misma lección: cuando el Estado no puede regular el territorio, alguien más lo monetiza.

La economía peruana se ha mantenido más resiliente que su política, apoyada por la minería y las exportaciones. Pero la resiliencia puede convertirse en trampa cuando las élites tratan el crecimiento como prueba de que las instituciones pueden seguir deteriorándose. Reuters ha informado que los pequeños mineros y el futuro de las reglas laxas para la minería podrían influir fuertemente en la segunda vuelta, con miles de millones en exportaciones y nuevos proyectos mineros en juego.

Esa es la advertencia más profunda desde América Latina. La democracia no puede sobrevivir solo con calma macroeconómica. Un país puede exportar cobre, mostrar crecimiento y aun así producir ciudadanos que se sienten abandonados en mercados, buses, chacras y barrios. Cuando eso ocurre, la política se convierte en una búsqueda de castigo. Fujimori ofrece orden con un viejo aroma autoritario. Sánchez ofrece una reparación con una coalición inestable detrás. La campaña por el voto nulo, liderada por los centristas Jorge Nieto y Marisol Pérez Tello, captura la desesperanza de quienes no ven salvación en ninguna opción.

La segunda vuelta peruana no es, por tanto, solo otra elección polarizada. Es un espejo que refleja la verdad más incómoda de la región. América Latina ha aprendido a sobrevivir a golpes, inflación, deuda y guerras sucias. Aún no ha aprendido a construir confianza tras la decepción permanente.

El domingo, muchos peruanos votarán tarde, indecisos hasta que avance la fila. Algunos votarán contra Fujimori. Algunos votarán contra Sánchez. Algunos anularán su voto. Y cuando comience el conteo, el país volverá a contener la respiración, esperando saber no solo quién ganó, sino cuánto de Perú aún cree en el resultado.

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