Colombia encuentra la democracia del agua bajo los antiguos campos elevados de La Mojana
A lo largo de los humedales caribeños de Colombia, antiguos agricultores construyeron campos elevados y canales que controlaban las inundaciones, sobrevivían a las sequías y funcionaban sin reyes. Nuevas investigaciones sostienen que el vasto paisaje hidráulico de La Mojana no fue impulsado por un gobierno centralizado, sino por comunidades organizadas que actuaban en conjunto.
Un paisaje construido de lado
Desde un avión, La Mojana no parece vacía. Largas crestas y antiguos canales marcan las tierras bajas del Caribe como escrituras desvanecidas, evidencia de una sociedad que aprendió a darle espacio al agua.
Agricultores prehispánicos construyeron campos agrícolas elevados en toda esta región del norte de Colombia propensa a inundaciones. El sistema cubría aproximadamente 500,000 hectáreas, un área comparable al Parque Nacional del Gran Cañón y alrededor de tres veces el tamaño de Londres. Operó desde los últimos siglos antes de la era común hasta el siglo XI, gestionando torrentes durante los meses lluviosos y liberando gradualmente el agua a medida que la tierra se secaba.
La magnitud fomentó una antigua suposición arqueológica. Tal ingeniería, creían a menudo los estudiosos, debió requerir jefes poderosos, jerarquías estrictas y un mando centralizado.
Un estudio liderado por la Universidad de Cambridge, en colaboración con el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH) y la Universidad de Santiago de Compostela, ahora sostiene lo contrario. Publicada el martes en Communications Sustainability, la investigación concluye que probablemente las comunidades locales construyeron y mantuvieron el sistema mediante la cooperación, mucho más rápido de lo que se pensaba.
“Estos sistemas agrícolas son tan impresionantes que siempre se ha asumido que solo pudieron haberse construido bajo el mando de jefaturas jerárquicas”, dijo la arqueóloga de Cambridge Jasmine Vieri en declaraciones proporcionadas a EFE. “Pero nuestros datos cuentan una historia muy diferente.”
Esa diferencia cambia quién recibe el crédito por la sofisticación tecnológica en las antiguas Américas. El trabajo monumental suele tratarse como la firma de los reyes. La Mojana sugiere que comunidades comunes, actuando repetida y colectivamente, podían transformar un paisaje enorme sin palacios, ejércitos permanentes ni el aparato coercitivo de un gobernante.

Lo que reveló el satélite
Los investigadores mapearon 500 hectáreas alrededor de San Marcos, un municipio en Sucre. Solo en esa muestra, el análisis satelital identificó 1,600 campos elevados y 63 plataformas residenciales. Era solo un fragmento del mundo hidráulico más grande, pero unía agricultura, asentamiento y control del agua.
Los campos elevados protegían los cultivos del suelo saturado. Los canales recibían y desplazaban el exceso de agua. Durante los períodos secos, la humedad retenida podía redistribuirse por el paisaje. En lugar de intentar aislar el humedal, las comunidades trabajaban dentro de su ritmo estacional.
Marcos Martinón-Torres, de Cambridge, uno de los autores del estudio e investigador principal del proyecto Reverseaction financiado por el Consejo Europeo de Investigación, dijo a EFE que estas poblaciones indígenas prehispánicas eran “innovadoras y cooperativas”. Trabajaban con la naturaleza en vez de intentar imponerle barreras.
Esa distinción va al centro de la política moderna del agua. En toda América Latina, la gran infraestructura a menudo se ha asociado con la autoridad central, el concreto, las represas, el drenaje y la promesa de que la naturaleza puede ser disciplinada mediante la ingeniería. La Mojana representa otra tradición tecnológica. No eliminó las inundaciones. Las absorbía, retrasaba y redistribuía.
El estudio también complica las líneas de tiempo conocidas sobre el desarrollo político. Estas comunidades vivieron junto a los estados mayas y otras sociedades estratificadas de Mesoamérica y los Andes, siglos antes de que el poder imperial azteca e inca alcanzara su apogeo. La complejidad, según los hallazgos, no siguió un solo camino hacia la monarquía. Una sociedad podía coordinar el trabajo y mantener una infraestructura extensa sin convertirse en un estado centralizado.
El proyecto Reverseaction pregunta cómo las sociedades sin estado desarrollaron tecnologías complejas y cómo la acción colectiva produjo obras públicas duraderas sin coerción. La Mojana ofrece una respuesta inusualmente grande escrita directamente en la tierra.
Vieri dijo a EFE que las comunidades locales podían construir los sistemas “en periodos de tiempo muy cortos” y organizarse sin depender de una autoridad externa poderosa. El hallazgo cambia la pregunta de quién comandó el trabajo a cómo la confianza, la costumbre, la obligación recíproca y el conocimiento local lo hicieron posible.
Una advertencia antigua para la Colombia moderna
La investigación llega mientras Colombia enfrenta una crisis de gestión del agua marcada por el cambio climático, la agricultura intensiva y el fracaso de las políticas públicas. Las inundaciones y las sequías suelen discutirse como desastres opuestos, pero los antiguos constructores de La Mojana las entendían como dos momentos del mismo ciclo hidrológico. Su sistema abordaba ambos.
Martinón-Torres dijo a EFE que los responsables políticos colombianos deberían inspirarse en este modelo. Fernando Montejo Gaitán, del ICANH, agregó que las autoridades han mostrado durante mucho tiempo interés en las antiguas obras hidráulicas, pero carecían de datos suficientes. La nueva evidencia, dijo, demuestra que las soluciones sostenibles pueden organizarse local y colectivamente, sin intervención directa del Estado.
Eso no significa que la Colombia moderna pueda reproducir un paisaje prehispánico o retirar las instituciones públicas de regiones afectadas por la pobreza, la concentración de tierras y la infraestructura desigual. La cooperación antigua no es una excusa para el abandono estatal. Es evidencia de que las comunidades deben ser tratadas como actores técnicos y no como simples receptores pasivos de proyectos diseñados en otros lugares.
La lección política es más exigente. Una adaptación efectiva puede requerir que el Estado financie, proteja y reconozca legalmente los sistemas locales sin absorberlos en la burocracia. También puede requerir escuchar el conocimiento indígena y rural que la política de desarrollo a menudo ha descartado como atrasado, incluso mientras fracasan costosos proyectos centralizados.
Los campos elevados de La Mojana sobrevivieron en el terreno mucho después de que desapareciera la sociedad que los construyó. Vistos desde arriba, parecen casi fantasmas. Sin embargo, su mensaje es concreto: la resiliencia no fue entregada por un gobernante distante. Se construyó mediante la cooperación repetida, canal por canal, campo por campo, a través de acuerdos entre vecinos que entendieron que el agua no podía ser conquistada, solo compartida.
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