ECONOMÍA

Los apagones en Cuba dejan a La Habana sedienta mientras las bombas vuelven a quedarse en silencio

La crisis eléctrica de Cuba ahora llega a través de los grifos de La Habana. Mientras los apagones prolongados inutilizan las bombas y las tuberías envejecidas fallan, cerca de dos millones de residentes enfrentan una emergencia que expone cómo la escasez de energía, la falta de inversión y la presión geopolítica convergen dentro de un vaso de agua.

Cuando las bombas se apagan

En Paso Seco, una de las fuentes estratégicas que abastecen a La Habana, el presidente Miguel Díaz-Canel se situó junto a ministros e inspeccionó la maquinaria que mantiene viva a la capital. El problema era dolorosamente doméstico. Cuando desaparece la electricidad, el agua suele seguir el mismo camino.

Díaz-Canel pidió que la crisis de abastecimiento se resuelva “en el menor tiempo posible”, según un informe de la Presidencia recogido por EFE. Las autoridades dijeron que estaban revisando la estrategia ante los apagones prolongados y recuperando motores necesarios para mover el agua a través del sistema.

“Este es uno de los temas más críticos en una ciudad donde viven casi dos millones de personas”, reconoció el gobierno.

Esa frase contiene la magnitud de la emergencia, pero no su textura. Un apagón puede contarse en horas. La sed se acumula en baldes junto a las puertas de la cocina, ropa sin lavar, inodoros que no pueden descargarse y cálculos sobre qué recipiente debe reservarse para beber.

La crisis del agua en La Habana no está separada del colapso eléctrico de Cuba. Las estaciones de bombeo necesitan energía para extraer, presurizar y redistribuir el agua. El bajo voltaje y los cortes repetidos fuerzan los motores. Cuando el equipo se rompe, la presión débil deja a los barrios al final de la red esperando aún más.

Una falla grave la semana pasada obligó a la empresa estatal Aguas de La Habana a cerrar una tubería principal que abastece al Sistema Central. Seis municipios resultaron afectados, cerca de la mitad de la capital. Un conducto dañado se convirtió en una lección para toda la ciudad sobre cuánta poca redundancia queda.

El gobierno está reparando y rescatando motores como respuesta inmediata. Se supone que los paneles solares serán la solución a largo plazo en los puntos de bombeo. Ese cambio podría reducir la dependencia de una red nacional inestable, pero también revela la vulnerabilidad. La Habana intenta mantener el agua en movimiento mientras rediseña la fuente de energía que la sostiene.

Foto de archivo del presidente cubano Miguel Díaz-Canel durante un evento en La Habana, Cuba. EFE/ Ernesto Mastrascusa

Dos millones de vidas detrás de las cifras

La emergencia se extiende más allá de La Habana. Antonio Rodríguez, presidente del Instituto Nacional de Recursos Hidráulicos de Cuba, dijo en mayo que alrededor de 2,7 millones de cubanos enfrentaban dificultades agravadas para recibir agua. Citó el bloqueo energético y las recientes órdenes ejecutivas impuestas por Estados Unidos, según EFE.

Estas presiones son reales dentro del relato gubernamental. La imposibilidad de obtener financiamiento, el retiro de proveedores y los obstáculos para comprar equipos afectan directamente a un sistema hidráulico dependiente de componentes importados, repuestos y combustible. Las sanciones no necesitan mencionar una bomba de agua para dificultar su reparación.

Sin embargo, la descripción oficial también apunta hacia adentro. La infraestructura hidráulica de Cuba sufre por la falta de inversión, el mantenimiento postergado, tuberías principales rotas y equipos desgastados. Estas fallas se acumularon durante años. La presión externa reduce las opciones del país, pero no borra la responsabilidad de explicar cómo se asignaron los recursos escasos y por qué los sistemas esenciales llegaron a tal fragilidad.

La lectura más honesta no es una competencia entre dos relatos convenientes. Las medidas de Washington pueden obstaculizar el financiamiento y los proveedores, mientras la falta de inversión interna permite que las redes se deterioren. Los cubanos comunes experimentan ambas causas como un solo resultado. El grifo permanece seco de cualquier manera.

La escasez también magnifica la desigualdad, incluso en un sistema construido alrededor de la provisión universal. Un hogar con tanque en la azotea puede resistir más tiempo. Una familia que puede comprar agua a domicilio tiene opciones. Los residentes de pisos altos, las personas mayores que cargan recipientes y los barrios que solo reciben agua cuando la presión ya es baja soportan una carga diferente.

Así es como la infraestructura se vuelve política sin necesidad de un discurso. La presión del agua determina de quién es el día consumido por la espera. Una ciudad puede prometer acceso igualitario, pero la red física crea su propia jerarquía cuando el suministro se vuelve intermitente.

Menos agua también significa decisiones más difíciles sobre cocinar, limpiar y la higiene. La escasez entra en escuelas, clínicas, lugares de trabajo y patios de edificios. Convierte el trabajo de cuidados, ya de por sí en gran parte invisible, en una tarea física aún más pesada.

La energía solar se encuentra con tuberías oxidadas

Las autoridades hidráulicas de Cuba dicen que quieren que el 52 por ciento de las 3.300 estaciones de bombeo del país sean abastecidas por energía renovable. Si se logra, eso cubriría unas 1.716 estaciones, dejando aproximadamente 1.584 dependientes de otras fuentes.

La aritmética es alentadora y a la vez aleccionadora. La energía solar podría proteger a muchas bombas de los apagones, reducir la dependencia del combustible y dar más autonomía a los sistemas aislados. Para un país con graves déficits de generación, no es un proyecto ambiental cosmético. Es un intento de mantener vivo un servicio básico.

Pero los paneles no pueden sellar una tubería fracturada. No pueden restaurar la presión perdida por redes deterioradas, reemplazar cada motor dañado ni compensar años de mantenimiento incompleto. La independencia energética en la bomba es solo una capa de un sistema hidráulico que va desde la fuente hasta el hogar.

También hay una cuestión de ritmo. Díaz-Canel pidió que el problema se resuelva rápido, pero la infraestructura rara vez obedece a la urgencia política. Los motores pueden recuperarse en días. Las instalaciones solares, el financiamiento, los repuestos y el reemplazo de grandes conductos requieren planificación sostenida. El peligro es que las medidas provisionales se vuelvan permanentes mientras el lenguaje de emergencia sustituye a la reparación estructural.

Paso Seco ofrece una imagen clara del dilema del país. Una fuente estratégica de agua se protege hoy con maquinaria rescatada y mañana con una red renovable aún por concretar. Entre esos plazos están casi dos millones de personas en La Habana, y millones más en toda Cuba, midiendo la capacidad estatal por el sonido dentro de una tubería.

El agua expone la verdadera arquitectura del poder. Revela qué sistemas se mantienen antes de fallar, qué barrios son atendidos primero y si los gobiernos pueden convertir el reconocimiento público en un servicio confiable.

En La Habana, la próxima prueba no llegará en un comunicado. Llegará en silencio, cuando la electricidad falle otra vez. La pregunta es si las bombas seguirán girando.

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