NEGOCIOS Y FINANZAS

Vuelven los empleos bananeros a Panamá, pero Bocas del Toro sigue temblando

El regreso gradual de Chiquita al cinturón bananero caribeño de Panamá ha devuelto salarios a algunos hogares. Sin embargo, la reapertura también expone cuán frágiles siguen siendo el trabajo, el poder sindical y la supervivencia diaria en una provincia donde una sola industria sostiene casi todo.

Un regreso construido sobre la necesidad

En Bocas del Toro, el alivio ha llegado con botas de trabajo, lodo y el ritmo familiar de las plantas de banano siendo limpiadas y puestas en orden. Pero no ha llegado la estabilidad. Aún no.

José Artola, conocido por quienes lo rodean como Loncho, lo dice sin rodeos mientras trabaja en la finca 15 entre plantas de banano que habían sido abandonadas el año anterior. “La pasamos mal de verdad, no había donde sostenerse”, le dice a EFE. En inglés, el sentimiento es inconfundible. La pasaron mal. No había nada de qué apoyarse. Esa frase impacta porque suena menos a una queja que a un recuerdo todavía pegado a la piel.

Artola es uno de los 2,300 trabajadores que han vuelto a trabajar desde finales de 2025, después de que Chiquita reanudara una operación que había abandonado a mediados de ese año. La multinacional había reportado pérdidas de 75 millones de dólares y despedido a 5,500 trabajadores durante una huelga sindical vinculada no a las condiciones laborales de la empresa, sino a reformas de la seguridad social ya promulgadas. En una provincia donde el negocio bananero sostiene más del 80 por ciento de la economía, ese tipo de cierre no se queda solo en las planillas. Se derrama en las cocinas, el transporte, las tiendas de barrio, las rutinas escolares y toda la estructura emocional de la vida diaria.

Eso es lo que hace que esta reapertura se sienta tan significativa y tan incompleta al mismo tiempo. Bocas del Toro es exuberante, hermosa y económicamente estrecha. Cubre 4,654 kilómetros cuadrados y tiene una población de alrededor de 160,000 personas, la mayoría indígenas y viviendo en pobreza. Chiquita ha dominado la industria bananera allí por más de un siglo. Esa historia importa porque explica por qué el regreso al trabajo puede sentirse como un rescate y una forma de dependencia al mismo tiempo. La empresa regresa, y la provincia vuelve a respirar. La empresa se va, y la provincia se tambalea.

Esta no es solo una historia laboral. Es una historia sobre la vieja lógica de plantación que aún resuena en el Panamá moderno, donde un solo cultivo de exportación sigue funcionando como un salvavidas regional, y donde los trabajadores más esenciales para ese sistema siguen siendo los menos protegidos ante su colapso.

Un trabajador de Chiquita Brands International en Changuinola, Panamá. EFE / Marcelino Rosario

La provincia que vive del banano

Artola había trabajado más de 30 años en la Finca 15 antes de que el sindicato, bajo el liderazgo de Francisco Smith, ordenara el paro, que ahora enfrenta procesos penales. Cuando habla con EFE, su satisfacción es humilde e inmediata. Sufrieron hasta que volvió el trabajo, dice, y ahora están sacando la finca adelante. La finca ha empezado a recuperar fuerza, y él está contento por eso, porque por fin están comenzando a trabajar de nuevo.

Ese tono, modesto pero agradecido, lo dice todo sobre la jerarquía de necesidades. En Bocas del Toro, el trabajo no tiene que ser ideal para sentirse salvador. Solo tiene que regresar.

Anaica Batista, trabajadora de la planta de empaque en la Finca 15, hace el mismo punto desde otro ángulo. Aunque sean solo tres o cuatro días a la semana, le dice a EFE, ahora hay un proceso, es decir, trabajo, y pueden llevar algo a casa. Ese algo importa porque la crisis ha afectado a más de 5,500 trabajadores, dejándolos sin ingresos. Sus palabras no presentan la reapertura como un triunfo. La presentan como oxígeno parcial.

Los detalles que da también muestran cuán cuidadosa y limitada ha sido esta recuperación. Primero llegó el trabajo en el campo, explica, comenzando con la limpieza de las áreas de banano y las zonas de crecimiento. Solo después las áreas de empaque comenzaron su propia reactivación. Esa secuencia importa porque muestra que la reactivación no es una restauración repentina del viejo orden económico. Es escalonada, cautelosa y condicional, con la empresa tanteando su regreso entre los escombros de un colapso laboral y empresarial.

No todos soportaron el cierre de la misma manera. Alvin Garay, otro trabajador con más de una década de experiencia en la Finca 15, dice que logró sobrellevarlo gracias a pequeños ahorros. Pero muchos compañeros, añade, no tuvieron esa suerte. “Hay compañeros que la han pasado feo, feo”, le dice a EFE. Algunos compañeros la pasaron muy mal. De nuevo, lo que resalta es la simpleza. Aquí no hay abstracción sobre ajustes laborales o interrupciones temporales. Solo hay personas midiendo la crisis por lo que pueden o no pueden aún comprar, ahorrar o llevar a casa.

Ahí es donde aparece la realidad latinoamericana más amplia. En toda la región, la agricultura de exportación suele presentarse en cifras, envíos, hectáreas y marcas internacionales. Pero debajo de eso hay una verdad social mucho más antigua. Comunidades enteras siguen organizadas en torno a un solo cultivo, un solo empleador, una sola cadena de mando entre el capital global y la supervivencia local. Cuando esa cadena se rompe, la pobreza no llega como una condición nueva. Profundiza lo que ya estaba allí.

Un trabajador en instalaciones de exportación de Chiquita, Ciudad de Panamá, Panamá. EFE / Bienvenido Velasco

Una recuperación que revive y limita

El representante de Chiquita en Panamá, Alexander Gabarrete, le dice a EFE que la reactivación en Bocas del Toro se está desarrollando bajo un modelo tipo aparcería, en el que varias empresas gestionan la mano de obra. Al mismo tiempo, Chiquita sigue brindando asistencia técnica, supervisión y comercialización. A medida que aumente la contratación, dice, el movimiento económico será más visible.

Eso puede ser cierto, pero también insinúa el tipo de recuperación que ahora se está construyendo. Chiquita ha vuelto, pero no exactamente como antes. La empresa está produciendo pequeñas cantidades de banano para probar cómo se comporta la fruta y las plantas de empaque remodeladas. Toda esta producción inicial se está destinando al mercado local, lo que permite a la empresa estimar las condiciones para un pronto regreso a la exportación. El lenguaje es cauteloso, técnico y gerencial. Observar las plantas de empaque. Observar la fruta cosechada. Estimar. Preparar.

Desde la perspectiva de la empresa, eso tiene sentido. Tras las pérdidas y un cierre importante, el reingreso se maneja como un experimento controlado. Pero desde el lado de los trabajadores, el significado es diferente. Sus vidas se han reanudado bajo un modelo que aún se siente provisional, aún atado a pruebas, aún sin volver completamente al ciclo exportador que hizo que la región tuviera sentido económico en primer lugar.

Chiquita planea reactivar unas 5,000 hectáreas de banano de las aproximadamente 5,200 dedicadas al cultivo. Como parte de sus compromisos con el gobierno panameño, ha establecido un plan para invertir alrededor de 30 millones de dólares para reactivar la actividad bananera en Bocas del Toro. Son cifras importantes. Pero también subrayan la contradicción central. Una región puede recibir millones en fondos de reactivación y seguir siendo peligrosamente vulnerable si casi toda su fuerza económica sigue dependiendo del mismo monocultivo y del mismo actor corporativo.

Por eso esta reapertura trae tanto esperanza como advertencia. Los empleos que regresan son reales. El alivio es real. El agradecimiento de los trabajadores es real. También lo es la fragilidad de fondo. Bocas del Toro no ha escapado a la vieja ecuación. Ha vuelto a entrar en ella.

En ese sentido, las plantas de banano en la Finca 15 cuentan una historia más amplia sobre el Caribe occidental panameño. Fueron abandonadas. Están siendo limpiadas. Vuelven a mostrar fuerza. También los trabajadores. Pero la fuerza no es lo mismo que la seguridad. Lo que deja claro el reportaje de EFE es que la gente vuelve a llevar algo a casa, y eso importa enormemente. También deja claro que la región sigue esperando una vida económica que no suba y baje tan completamente con el destino de una sola empresa y una sola fruta. Hasta que eso cambie, cada recuperación en Bocas del Toro se sentirá tanto necesaria como inquietante, como una provincia que regresa al mismo sistema que la rescata y la arrincona al mismo tiempo.

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