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América Latina enfrenta la factura del hambre de El Niño mientras el maíz y los frijoles se marchitan

El fenómeno de El Niño amenaza con empujar a 16 millones de personas más a la inseguridad alimentaria en América Latina y el Caribe. En Honduras, las cosechas fallidas revelan por qué las comidas escolares, el dinero oportuno y la inversión rural importan tanto como la lluvia que nunca llega.

Cuando el campo deja de alimentar

El maíz y los frijoles no son productos abstractos en la emergencia por sequía de Honduras. Son los cultivos que han fallado, parcial o totalmente, en comunidades que fueron puestas en alerta roja en agosto. Más de 100 comunidades enfrentaron estatus de emergencia, reportó EFE. Para las familias que cultivan su propio alimento, una cosecha arruinada significa tener que buscar dinero para comprar lo que su tierra debía proveer.

Esa situación familiar estuvo detrás de la advertencia de Lena Savelli en Tegucigalpa el 7 de septiembre de 2026. Tras reunirse con el presidente hondureño Nasry Asfura, la directora regional del Programa Mundial de Alimentos (PMA) dijo que El Niño podría dejar a otros 16 millones de personas en América Latina y el Caribe enfrentando inseguridad alimentaria, elevando el total a 49 millones de personas adicionales en todo el mundo.

“Esperamos que unas 16 millones de personas adicionales sientan el impacto de El Niño”, dijo Savelli a los periodistas, según EFE. Ella enfatizó tanto la asistencia inmediata como la necesidad de fortalecer los sistemas alimentarios y ampliar los programas sociales.

La geografía ayuda a explicar la urgencia. El Corredor Seco Centroamericano se extiende desde el sur de México hasta Costa Rica. Allí viven unas 10.5 millones de personas, según cifras citadas por EFE, muchas de ellas dependientes de las lluvias estacionales para sus cultivos de subsistencia. Una temporada de lluvias fallida puede convertirse en escasez de alimentos sin que estos pasen por un almacén comercial.

La advertencia no era nueva. En mayo, tres agencias de la ONU de alimentación y desarrollo rural habían instado a prepararse, citando una probabilidad de El Niño del 70 al 80 por ciento y posibles impactos severos. Meses separaron ese pronóstico de las declaraciones de emergencia en Honduras. La necesidad de asistencia era previsible, aunque las pérdidas individuales de cosecha no lo fueran.

El sol brilla sobre la zona de Bajamar en Costa Rica en medio de altas temperaturas causadas por el fenómeno climático de El Niño. EFE/Jeffrey Arguedas

Las cifras detrás del plato

Dieciséis millones representan aproximadamente un tercio del aumento proyectado de 49 millones. Pero estas son personas en riesgo de que su seguridad alimentaria se deteriore, no un conteo de personas que ya están pasando hambre. La evaluación subyacente del PMA en agosto se refiere a inseguridad alimentaria aguda para finales de 2027 en 45 países vulnerables. Es una advertencia con un horizonte temporal, no un censo concluido.

La carga regional existente ya es inmensa. El comunicado de la ONU de mayo citó a más de 33 millones de personas sufriendo hambre, 167 millones experimentando inseguridad alimentaria moderada o severa, y más de 181 millones sin poder costear una dieta saludable.

Estas cifras describen condiciones que se superponen, no poblaciones separadas que deban sumarse. Su importancia radica en la distancia entre sobrevivir y alimentarse adecuadamente. Una familia puede aún encontrar algo para poner en la mesa mientras pierde el acceso confiable a suficiente comida nutritiva.

La implicancia para las políticas es que el grano de emergencia no puede reparar todo el problema. Mantener el maíz y los frijoles disponibles es importante, pero una respuesta medida solo en calorías podría dejar intacta la crisis de asequibilidad más amplia. Los gobiernos deben proteger el poder adquisitivo junto con las cosechas, no tratar el hambre como un problema aislado de suministro.

El daño también tiene una historia más larga. La evaluación de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura detrás de la cifra de 713 mil millones de dólares citada en mayo abarca desastres agrícolas en las Américas desde 1991 hasta 2023, representando el 22 por ciento de las pérdidas globales por desastres agrícolas. A lo largo de esos 33 años, eso promedia aproximadamente 21.6 mil millones de dólares anuales.

Ahora, el combustible, los fertilizantes y los alimentos caros, agravados por la guerra en Medio Oriente, amenazan con profundizar el impacto. Las agencias de la ONU advirtieron que esos costos debilitan el poder adquisitivo mientras aumentan la presión sobre la asistencia pública. El peligro no es solo menos grano cosechado. Es menos grano asequible.

Condiciones de sequía causadas por El Niño en San Ildefonso, El Salvador. EFE/Rodrigo Sura

Una comida escolar contra la sequía

Honduras ya cuenta con una línea de defensa importante. Su Programa Nacional de Alimentación Escolar llega a 1.2 millones de niños, con apoyo del PMA, dijo Savelli en declaraciones recogidas por EFE. Ese alcance convierte a un programa público existente en pieza central de la respuesta, en lugar de algo periférico ante una emergencia agrícola.

Una comida escolar confiable puede eliminar un gasto inmediato para un hogar que enfrenta una cosecha fallida. Pero las cifras de matrícula por sí solas no muestran si las porciones son adecuadas o si el suministro es ininterrumpido. La verdadera prueba es si la comida sigue llegando cuando las familias más la necesitan.

Si los precios de los alimentos suben mientras el financiamiento se mantiene fijo, mantener las porciones y la cobertura se vuelve más difícil sin ahorrar en otras áreas. La advertencia de las agencias sobre la reducción de presupuestos humanitarios agudiza ese dilema. Proteger la cobertura existente requiere entonces proteger lo que cada asignación realmente puede comprar, en vez de tratar el gasto del año pasado como suficiente.

El PMA también apoya a las familias hondureñas afectadas mediante transferencias de efectivo y canastas de alimentos, en coordinación con autoridades nacionales y locales. Estas herramientas responden a problemas diferentes. El efectivo ayuda donde hay alimentos disponibles pero son inaccesibles; una canasta es importante donde una transferencia no puede asegurar los suministros necesarios.

En mayo, las agencias de la ONU reportaron preparativos tempranos que alcanzaron a más de 76,000 personas en Centroamérica mediante alertas prácticas, dinero en efectivo y granos básicos, junto con monitoreo climático. Esa cifra refleja una intervención inicial, no la proporción de la necesidad regional proyectada para septiembre que ya está cubierta.

La diferencia entre alivio y preparación es, en última instancia, una cuestión de tiempo. El dinero recibido antes de que un hogar agote sus alimentos es distinto a la asistencia entregada después. El seguro y el crédito, que Savelli defendió, deben proteger la próxima temporada de siembra sin simplemente trasladar el riesgo climático a la deuda familiar.

Para Honduras, la prueba política es si el apoyo de emergencia se convierte en una protección confiable entre cosechas. La lluvia no puede ser legislada para que caiga. La próxima comida de un niño no debería tener que esperar por ella.

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