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La voz del Caribe colombiano Totó mantuvo viva la llama ancestral más allá de las fronteras

La muerte de Totó la Momposina a los 85 años marca el final de un capítulo monumental en la música colombiana. Sin embargo, sus tambores siguen hablando a lo largo de América Latina, convirtiendo la cumbia, el bullerengue, el mapalé y el porro en memoria viva, resistencia y soberanía cultural para generaciones.

El río cantó a través de ella

Antes de que el mundo conociera su nombre, el río Magdalena ya conocía su ritmo. Antes de los grandes teatros, los premios, las colaboraciones y los solemnes homenajes, hubo una niña llamada Sonia Bazanta Vides nacida en Talaigua, Bolívar, a menos de una hora de Mompox, en el profundo Caribe colombiano. Había una familia de músicos. Había tambores, gaitas, maracas, bailes de pueblo, voces de mujeres, memoria afroindígena y el terco pulso de una región que siempre ha sabido sobrevivir cantando.

Totó la Momposina, quien falleció el domingo a los 85 años, rodeada de su familia en Celaya, México, según un comunicado de sus hijos Marco Vinicio, Angélica María y Eurídice Salomé, no fue simplemente una de las grandes cantantes de Colombia. Fue una de las grandes testigos culturales de América Latina. Durante más de seis décadas, llevó la música ancestral de su tierra natal por todo el planeta, haciendo que la cumbia, el bullerengue, el mapalé y el porro no sonaran como folclor conservado tras un vidrio, sino como una fuerza viva, con tierra bajo las uñas y fuego en la garganta.

Gabriel García Márquez entendía esa fuerza. Cuando recibió el Premio Nobel de Literatura en Estocolmo en 1982, quiso que el mundo escuchara el Caribe que había formado su imaginación. Totó fue parte de la delegación artística que lo acompañó, llevando cumbias y vallenatos a una de las ceremonias literarias más formales de Europa. Fue más que una presentación. Fue una declaración. América Latina no llegaría sola al centro del prestigio global, pulida hasta el silencio. Llegaría con tambores.

En una entrevista de 2018 con EFE en Mompox, Totó dijo: “La música ancestral es la que llega al cielo”. La frase sonaba a oración, pero también era teoría política en lenguaje sencillo. Para ella, la música tradicional no era atraso. No era decorativa. No era un traje típico para mostrar al turismo. Era un camino hacia lo sagrado, un mapa de supervivencia, un punto de referencia para quienes tantas veces escucharon que su historia debía quedarse en los márgenes.

Totó La Momposina. EFE/Marcial Guillén

Una voz contra la amnesia cultural

Totó provenía de un linaje donde la música era herencia. Su madre, Livia Vides, era cantante y bailarina. Su padre, Daniel Bazanta, era percusionista. Su abuelo dirigía una banda en Magangué, otro pueblo de Bolívar arraigado en la cuenca del río Magdalena. Eso importa porque Totó no construyó su autoridad desde la fama. La construyó desde la continuidad.

Durante la violencia de mediados del siglo XX en Colombia, su familia huyó de la región Caribe hacia Bogotá. Ese desplazamiento forzado forma parte de la gran herida colombiana: personas dejando tierras, pueblos, ríos y tumbas porque la violencia hacía imposible quedarse. Pero el hogar Bazanta Vides en la capital se convirtió en refugio para músicos, estudiantes y artistas que mantenían vivas sus raíces. El desplazamiento intentó separar a la familia del Caribe. La música llevó el Caribe a la casa.

A finales de los años setenta, Totó recorrió pueblos ribereños del Magdalena junto a la antropóloga Gloria Triana, aprendiendo directamente de cantadoras y tamboreros tradicionales. Ese viaje formó su comprensión de la música como memoria cultural y forma de vida. No trató la tradición oral como materia prima para la reinvención moderna. La trató como saber de comunidades, ancianos, campesinos, familias negras, memoria indígena y mujeres cuyos nombres rara vez entran al archivo oficial.

Por eso su crítica a los sonidos vacíos tenía tanto filo. En su conversación de 2018 con EFE, Totó se describió como transparente y dijo que no podían engañarla. Criticó el reguetón y otros géneros urbanos, diciendo que eran, en su opinión, “una invención” que dañaba los oídos de la juventud. Muchos oyentes jóvenes pueden no estar de acuerdo con ese juicio, y la música urbana latinoamericana tiene sus propias historias de marginalidad y resistencia. Pero la advertencia de Totó no debe ser descartada como nostalgia. Temía a un mercado que confunde volumen con profundidad y novedad con memoria.

Su propia música demostró que la tradición podía viajar sin perder el alma. Discos como “La Candela Viva”, “Pacantó” y “La Bodega” llevaron los sonidos rurales y costeros a la circulación internacional. Canciones como “El Pescador”, “Yo Me Llamo Cumbia” y “Aguacero de Mayo” se volvieron himnos populares porque se sentían a la vez antiguas y presentes, como algo que una abuela conoce y un niño aún puede bailar.

Su presencia en el escenario era parte de la lección. A los 78 años, en un concierto en Mompox en 2018, todavía bailaba con una vitalidad asombrosa, diciendo al público: “Estoy dando una lección”, luego tomaba un sorbo de una botella y aclaraba entre risas: “Es agua, no ron”. Ese momento la retrata perfectamente: pícara, imponente, terrenal, luminosa.

Totó La Momposina. EFE/Juan Carlos Gomi

El folclor como poder latinoamericano

La muerte de Totó importa geopolíticamente porque la cultura es una de las formas de poder más subestimadas de América Latina. La región suele ser descrita desde afuera a través de la crisis: drogas, deuda, corrupción, migración, violencia, golpes de Estado, hambre y extracción. Esas realidades existen, pero no son todo el mapa. Totó ofreció otra geografía, una trazada por el ritmo, la herencia y la dignidad.

Su carrera global demostró que el Caribe colombiano no era periférico. Era central. Era fuente de lenguaje, movimiento y filosofía. Cuando se presentaba en América, Europa y Asia, no pedía al público que compadeciera a una región marcada por la pobreza y la violencia. Exigía que reconocieran su autoridad.

Sus colaboraciones con Carlos Vives, Gilberto Gil y Calle 13 ampliaron ese alcance continental. Con Calle 13, participó en “Latinoamérica”, una canción que se volvió himno de resistencia e identidad para millones. La colaboración fue importante porque puso la voz ancestral de Totó dentro de un lenguaje moderno de protesta. Conectó la música del río con el sentimiento antiimperialista, la memoria campesina con la juventud urbana, el sonido caribeño colombiano con una negativa latinoamericana más amplia a ser reducidos a estadísticas de mercado o estereotipos extranjeros.

En 2013, recibió el Premio a la Excelencia Musical de los Latin Grammy por su carrera y su defensa de la música folclórica. Sin embargo, el reconocimiento nunca la llevó a abandonar el lenguaje popular que la formó. Decía que su misión era apoyar el folclor de Colombia y de todas partes, para que esos sonidos perduraran siempre como puntos de referencia.

Esa frase lleva el peso de su legado. Una región sin puntos de referencia es fácil de venderse a sí misma a menor precio. Olvida la diferencia entre cultura y mercadeo. Confunde la validación extranjera con el valor propio. Totó resistió ese borramiento con cada golpe de tambor.

Su despedida de los escenarios fue en 2022 en el Festival Cordillera de Bogotá, donde se presentó junto a Adriana Lucía y Nidia Góngora en un homenaje colectivo. Se espera que sus restos lleguen al Capitolio Nacional de Colombia en Bogotá el 27 de mayo para un homenaje póstumo con cuerpo presente, según informó su familia.

El Capitolio es un lugar apropiado, y también irónico. El Estado recibirá a una mujer cuya autoridad más profunda venía de más allá del Estado: de los ríos, los patios, los tambores, la memoria familiar, las raíces africanas, el aliento indígena, el trabajo campesino y la risa caribeña. Totó cantó hasta que Dios quiso. Ahora la brasa que cuidó le pertenece al continente.

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