VIDA

Bolivia da a sus mascotas fallecidas su Día de Muertos, y también la cena

En La Paz, Bolivia, un altar de Día de Muertos para mascotas lleva la conmemoración mexicana a la tradición andina y ofrece a las familias en duelo pan, croquetas y un lugar público para reconocer a compañeros cuya ausencia puede sentirse mucho más grande que sus pequeños cuerpos.

Un lugar para las patitas ausentes

Los platos contenían croquetas. Pelotas de goma descansaban entre cintas de colores, fotografías y dibujos de perros y gatos. En el altar que organizó el martes el gobierno municipal de La Paz, recordar a los muertos significaba poner lo que alguna vez pudieron haber querido. La lista de invitados se extendía más allá de perros y gatos para incluir loros y hámsteres.

Cada retrato tenía un marco decorado. Algunos llevaban un nombre; otros mostraban a un animal junto a su dueño, y preservaban tanto la relación como el rostro. Los vecinos llevaron más fotografías a la exhibición. Trabajadores municipales entregaron pequeñas bolsas de croquetas a quienes se acercaban a rezar. Los vecinos podían detenerse juntos ante recuerdos privados.

“Nuestras mascotas, que nos acompañan por tanto tiempo y a quienes queremos como familia, también merecen una conmemoración, un reconocimiento”, dijo a EFE la concejala Ángela Calabi. Su explicación situó el homenaje en una obligación cotidiana: años de compañía merecen una respuesta después de la muerte.

La ceremonia toma prestado el Día de Muertos para Mascotas de México, pero su lenguaje es claramente local. En la tradición boliviana de Todos los Santos, las familias reciben a las almas de los difuntos al mediodía del 1 de noviembre con comida y bebida, y luego se despiden con oraciones al día siguiente. La mesa vuelve tangible una visita invisible.

Aquí, las t’antawawas, panes tradicionales con forma de persona para la celebración anual, adquirieron contrapartes animales llamadas “t’anta Guau Guau”. Hasta el nombre lleva un ladrido. El pan, la hospitalidad y una concepción andina del recuerdo convirtieron una conmemoración prestada en algo nuevo. Las mascotas recibieron un lugar dentro de una gramática ya existente del duelo familiar.

Un altar con panes en forma de animales durante el “Día de Muertos para Mascotas” en La Paz, Bolivia. EFE/Luis Gandarillas

Cuando el duelo tiene testigo

La fuerza psicológica del altar reside en parte en lo que deja una mascota: una rutina sin nadie a quien dirigirla. Dar de comer, pasear, limpiar y saludar organizan una relación mediante la repetición. Tras una muerte, el impulso de realizar esas tareas puede sobrevivir a su propósito. Un plato de croquetas en un altar le da a ese impulso un lugar adonde ir.

La ofrenda permite que el cuidado adopte otra forma sin prometer que la pena desaparecerá. Quien ya no puede alimentar a un animal aún puede preparar algo en su memoria. La pérdida sigue siendo irreversible, mientras que el afecto conserva una acción. Para una persona acostumbrada a ser necesitada, ese pequeño acto puede hacer menos absoluta la impotencia.

También surge la cuestión del permiso. Llamar familia a un animal no garantiza que todos tomen en serio su muerte. Un doliente puede sentirse obligado a justificar su tristeza o avergonzado por lo intensa que es. El reconocimiento público de Calabi ofrece otra respuesta: la relación misma basta para merecer un recuerdo. Nadie necesita clasificar a un hámster frente a un perro.

Las fotografías profundizan ese reconocimiento. Los nombres distinguen a un animal de otro; los retratos con sus dueños sitúan la compañía dentro de una biografía humana. Son pérdidas particulares, con historias particulares. Reunir esas imágenes ofrece reconocimiento sin exigir a los desconocidos que lo expliquen todo. Una persona puede acercarse con una foto y dejar que hable por sí sola.

Dar al duelo una fecha también crea un regreso. La bienvenida y despedida anual de las almas en Bolivia aporta un ritmo para revisitar la ausencia. Adaptar ese ritmo a las mascotas abre espacio para un apego que continúa dentro de un calendario comunitario. Recordar puede convertirse en algo que la gente prepara en conjunto, en vez de un sentimiento para el que cada hogar debe encontrar lenguaje a solas.

Un altar con panes en forma de animales durante el “Día de Muertos para Mascotas” en La Paz, Bolivia. EFE/Luis Gandarillas

Lo que pueden contar las fotografías

Calabi dijo a EFE que los organizadores esperaban unas 150 fotografías y recibieron sustancialmente más. Esa diferencia es reveladora, pero su significado tiene límites. Sin un conteo final, el porcentaje por encima de esa estimación sigue siendo desconocido. Las fotografías tampoco pueden establecer cuántos hogares participaron, cuántos animales recordó cada familia ni cuán representativa fue la reunión de La Paz.

La conclusión más firme es más acotada: la demanda de inclusión superó el pronóstico del municipio. El tercer año consecutivo del evento también muestra continuidad, aunque no establece cuán rápido ha crecido la participación. Calabi dijo que los organizadores prevén un altar más grande con más fotografías cada año. Eso es un plan y una expectativa, más que una tendencia medida.

La participación municipal da a esas cifras un significado político. Al organizar el homenaje, los funcionarios de La Paz reconocieron el duelo por una mascota como digno de espacio compartido y atención pública. Los materiales llevaron ese reconocimiento en formas accesibles: fotografías, pan, juguetes y comida. La participación se centró en llevar un recuerdo a un altar común, sin un monumento individual elaborado que hiciera visible una relación.

El intercambio entre México y Bolivia es igualmente específico. La costumbre mexicana ofrece una ocasión; el altar andino le da una estructura reconocible. El pan con forma de animal hace visible y comestible la adaptación. Así es como un ritual prestado puede echar raíces locales: la gente encuentra en él gestos familiares y los usa para atender una pérdida que sus ceremonias existentes ahora pueden contener.

Para quienes llegaban con fotografías, el homenaje ofrecía algo menos abstracto que el intercambio cultural o la política municipal. Había un lugar donde poner la foto. Se colocaba comida delante de ella. Y otras personas estaban dispuestas a reconocer por qué importaban esos pequeños preparativos. Alrededor de esa mesa, una vida medida en comidas, saludos y compañía diaria aún podía recibir una respuesta de quienes quedaban para recordarla.

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