AMÉRICAS

El Ejército de Guatemala corteja a Washington mientras los cárteles esperan en la frontera

El ejército de Guatemala dice que está reconstruyendo la confianza con Washington, Europa y sus propios ciudadanos mientras intenta blindar sus filas contra el crimen organizado, una tarea peligrosa en un país que los cárteles han tratado durante mucho tiempo como un corredor hacia el norte, rumbo a Estados Unidos.

Una certificación con larga sombra

En Guatemala, la reforma militar nunca llega a terreno limpio. Camina sobre viejos miedos, viejos poderes, viejos recuerdos de uniformes en retenes y familias aprendiendo a bajar la voz. Por eso el mensaje del ministro de Defensa, Henry Sáenz Ramos, transmitido en una entrevista con EFE, tiene más peso que una simple actualización institucional. No solo dice que el Ejército de Guatemala quiere mejores armas, mejor entrenamiento y mejores alianzas internacionales. Está diciendo que quiere volver a ser digno de confianza.

"Últimamente, gracias a la mejora en la relación con Estados Unidos, el Ejército es cada vez más profesional, cumple con los derechos humanos, respeta a la población, vela por la democracia", dijo Sáenz Ramos a EFE. Vinculó ese cambio a la decisión de Washington en marzo de levantar un embargo militar que había impedido al Ejército de Guatemala comprar armas debido a preocupaciones relacionadas con los derechos humanos.

Para el ministro, el cambio es evidencia de un nuevo capítulo. Para Guatemala, es algo más complicado. Una certificación de Estados Unidos puede reabrir la puerta a adquisiciones militares, entrenamiento y prestigio diplomático. Pero también obliga a una pregunta más difícil: ¿puede una institución moldeada por décadas de conflicto interno, sospecha política y presión criminal transformarse realmente desde adentro?

Sáenz Ramos sostiene que sí puede. Dijo a EFE que los valores que ahora se practican dentro del Ejército fueron los que permitieron que Estados Unidos certificara nuevamente a la institución. La frase suena burocrática, pero lo que está en juego no lo es. En Guatemala, la certificación no es solo un sello en un papel. Es una apuesta a que el Ejército puede volverse lo suficientemente profesional como para enfrentar al crimen organizado sin convertirse en otro canal para él.

El ministro de la Defensa Nacional de Guatemala, Henry Sáenz Ramos, en la Ciudad de Guatemala, Guatemala. EFE/Alex Cruz

El corredor que nadie puede ignorar

La razón por la que Washington importa tanto es la geografía. Guatemala se ubica en una de las rutas más sensibles del hemisferio, entre la producción de drogas sudamericana y el mercado estadounidense. Sus fronteras, costas, selvas y pistas de aterrizaje han sido durante mucho tiempo una tentación para las redes de tráfico que buscan movimiento, almacenamiento, descanso y protección.

Sáenz Ramos describió la relación con Estados Unidos como esencial para mantener la integridad de las fuerzas armadas. Según él, el apoyo estadounidense ayuda a verificar, mediante pruebas científicas, si oficiales, especialistas o tropas tienen vínculos con el crimen organizado. Eso importa porque, en las últimas décadas, los registros judiciales y policiales han vinculado o procesado a más de 100 miembros del ejército en relación con estructuras criminales.

Aquí es donde la historia de la reforma en Guatemala se convierte en algo más que un relato del ministerio de defensa. El crimen organizado en América Latina rara vez conquista al Estado mediante una invasión dramática. Más a menudo, alquila silencios. Compra pequeñas puertas. Estudia nóminas, puestos fronterizos, pistas de aterrizaje, rutas de combustible, funcionarios municipales e instituciones cansadas. Un soldado no tiene que comandar un cártel para serle útil. A veces solo tiene que mirar hacia otro lado.

El énfasis del ministro en la depuración muestra conciencia de ese peligro. Pero también revela la profundidad de la vulnerabilidad. Si Guatemala necesita tecnología externa y verificación estadounidense para asegurar que las unidades asignadas a combatir amenazas criminales no estén conectadas con esas mismas amenazas, el problema no es teórico. Es estructural.

Aquí también hay un mensaje geopolítico. Guatemala busca un lugar dentro de una arquitectura de seguridad occidental más amplia. Sáenz Ramos dijo que la nueva etapa abre la puerta a lazos más estrechos con potencias europeas como Francia, España y Alemania, incluyendo acuerdos de entrenamiento bajo protocolos de la OTAN. También destacó el paso de Guatemala de observador a participante activo en ejercicios internacionales, incluyendo el próximo ejercicio naval "Martinique" con la Marina francesa.

Eso puede fortalecer la capacidad de Guatemala para responder a amenazas transnacionales. También puede servir como señal pública de que el país quiere ser visto no como un eslabón débil, sino como un socio, en una región donde las redes criminales operan a través de fronteras más rápido de lo que los Estados suelen cooperar, y ese simbolismo importa.

Miembro del Ejército de Guatemala en una escena del crimen en la Ciudad de Guatemala. EFE/Alex Cruz

Petén, fronteras y la prueba inconclusa

El ejemplo más concreto citado por Sáenz Ramos es Petén. Este departamento del norte alberga la Reserva de la Biosfera Maya, el área protegida más grande de Guatemala y Centroamérica, con más de 21,600 kilómetros cuadrados. Tras la salida de la petrolera Perenco, Guatemala instaló una unidad militar en la zona para combatir el narcotráfico y proteger la reserva.

El ministro dijo a EFE que la presencia ayudó a contener el tráfico aéreo ilegal. Señaló que Guatemala lleva más de un año sin vuelos ilegales en territorio nacional, específicamente en Petén, y que durante los más de dos años del actual gobierno solo ha habido un aterrizaje, cerca de la zona de adyacencia con Belice. Calificó la unidad instalada en las antiguas instalaciones de Perenco como un éxito relativamente positivo.

Petén es más que una selva en el mapa. Es memoria maya ancestral, bosque protegido, pobreza rural, presión ambiental y oportunidad criminal superpuestas. Una pista clandestina nunca es solo un problema de aviación. Es un síntoma de territorio abandonado. Cuando el Estado llega tarde, otros llegan primero.

Aun así, la presencia militar trae su propia tensión. América Latina conoce bien esta historia. Los soldados suelen ser enviados donde las instituciones son más débiles, pero la seguridad por sí sola no puede reparar lo que la corrupción, la pobreza, la impunidad y la distancia ya han roto. Si el Ejército mantiene el territorio sin dejar tras de sí tribunales, escuelas, caminos, fiscales y un gobierno local confiable, el éxito puede seguir siendo frágil.

Sáenz Ramos también reconoció una amenaza persistente a lo largo de los departamentos fronterizos del noroeste, Huehuetenango y San Marcos, donde los cárteles mexicanos siguen siendo un peligro latente. Su distinción fue cuidadosa. Guatemala, dijo, no está viviendo actualmente el tipo de guerra de cárteles que se ve en México. Los grupos criminales no tratan el territorio guatemalteco como su principal campo de batalla, sino como un lugar de descanso y reorganización.

Esa distinción es importante, pero no reconforta. Una zona de descanso para el crimen transnacional sigue siendo parte de la maquinaria. Significa que el dinero se mueve. La gente se mueve. Las armas pueden moverse. La influencia se mueve en silencio. Y la fase más silenciosa del poder criminal puede ser la más peligrosa, porque no siempre parece una guerra.

El Ejército de Guatemala ahora se presenta como más profesional, más conectado internacionalmente y más alerta ante la infiltración. Puede ser cierto. También puede ser el inicio de un examen más largo. La medida no será solo si Washington lo certifica, o si socios europeos lo entrenan, o si los vuelos ilegales disminuyen durante un año en Petén.

La prueba más profunda es si los propios guatemaltecos pueden creer que el uniforme ahora protege la democracia más de lo que la amenaza. En un país donde la confianza se ha vuelto costosa, esa certificación no puede venir solo del extranjero. Debe ganarse en el terreno, frontera por frontera, expediente por expediente, soldado por soldado.

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