El enfrentamiento con Evo en Bolivia ofrece una advertencia sobre la coerción democrática
La persecución de Evo Morales en Bolivia pone a prueba si los estados democráticos pueden castigar los bloqueos coercitivos de carreteras sin convertir la justicia en venganza. La respuesta importa en toda América Latina, incluido Paraguay, donde los líderes poderosos también aprenden cuán fácilmente la victimización puede convertirse en un escudo contra la rendición de cuentas.
Cuando la protesta se convierte en castigo colectivo
Durante siete semanas, las carreteras del occidente y centro de Bolivia dejaron de comportarse como carreteras. Los camiones que transportaban alimentos esperaban. El combustible escaseaba. El oxígeno destinado a los hospitales no podía moverse lo suficientemente rápido. Las familias veían cómo la enfermedad se volvía más peligrosa porque una ambulancia, un cilindro o un médico quedaban atrapados detrás de una demanda política.
Al menos 16 personas murieron durante los disturbios, según la versión oficial citada por EFE. Trece habrían fallecido tras no recibir atención médica a tiempo debido a los bloqueos. Las pérdidas económicas superaron los 3.000 millones de dólares. Las protestas, respaldadas por sectores afines al expresidente Evo Morales, exigían la renuncia del presidente Rodrigo Paz.
Ahora el gobierno de Bolivia afirma que arrestar a Morales es una prioridad. Los fiscales han emitido una orden de detención acusándolo de terrorismo y alzamiento armado por su presunta responsabilidad en las movilizaciones. Una orden separada sigue activa en un caso agravado de trata de personas, relacionado con una supuesta relación con una menor cuando era presidente.
Morales niega intentar destituir a Paz y sostiene que los funcionarios lo culpan para ocultar la crisis económica y social de Bolivia. Sin embargo, el 24 de mayo le dijo al presidente que solo quedaban dos caminos: militarizar el país o convocar elecciones en 90 días. Eso no prueba que haya dirigido cada bloqueo, pero es una evidencia relevante del resultado que alentó mientras la presión aumentaba por fuera de los canales constitucionales.
Los bloqueos terminaron tras acuerdos con sectores como la Central Obrera Boliviana y un estado de excepción declarado el 20 de junio. El daño quedó.
Bolivia tiene una orgullosa y dolorosa tradición de protesta. Mineros, campesinos, movimientos indígenas, sindicatos y organizaciones vecinales han salido a la calle cuando las instituciones los ignoraban. Pero una táctica no sigue siendo democrática solo porque grupos oprimidos la hayan utilizado alguna vez.
La resistencia civil protege la democracia cuando es pública, proporcional, no violenta y busca corregir una injusticia. Se vuelve antidemocrática cuando bloquea medicinas, impone una escasez letal o intenta derrocar a un gobierno electo mediante la coerción física en vez de votos, tribunales o procedimientos constitucionales.
Un bloqueo de horas puede dramatizar la exclusión. Un bloqueo nacional de semanas puede convertirse en un estado no oficial, decidiendo quién come, quién viaja y quién accede a tratamiento. Cuando trece muertes se vinculan a la atención médica demorada, el lenguaje moral de la protesta ya no es suficiente.

La justicia debe alcanzar a los poderosos
Morales debe comparecer ante un tribunal. Esa conclusión no requiere creer todas las acusaciones en su contra ni olvidar su importancia histórica. Requiere algo más simple: los expresidentes no pueden vivir por encima de la ley.
Paz dijo que compareció ante los tribunales 16 veces durante el gobierno de Morales y cinco veces más bajo Luis Arce. Morales, argumentó, debe responder a una citación como cualquier boliviano. En principio, tiene razón.
Aun así, el gobierno debe ser cuidadoso. Los estados latinoamericanos han usado repetidamente cargos como terrorismo, sedición y alzamiento armado para criminalizar la disidencia. La gravedad de esas acusaciones exige más pruebas, no menos. Los fiscales deben demostrar qué ordenó, financió, coordinó o permitió Morales de manera consciente. La afinidad política con los manifestantes no puede sustituir la responsabilidad individual.
La frase “tarea prioritaria” también conlleva riesgos. La justicia debe ser urgente cuando hubo vidas perdidas, pero no debe sonar como un objetivo presidencial. El gobierno debe publicar la base legal de la orden, preservar la independencia judicial y mantener la investigación de los bloqueos separada del caso de trata.
Morales no puede alegar persecución solo porque el proceso judicial sea políticamente explosivo. Desde octubre de 2024, permanece en el Trópico de Cochabamba, protegido por cientos de simpatizantes que han impedido a las autoridades ejecutar una orden previa. Presentada como solidaridad, esa protección crea una excepción territorial donde la lealtad compite con la ley.
Jugar la carta de la persecución es corrosivo cuando se apropian historias reales de abuso estatal para blindar el poder personal. Género, etnia y clase nombran estructuras genuinas de exclusión. No son inmunidad retórica ante la evidencia o la ley. Usar la identidad de esa manera devalúa el sufrimiento de quienes realmente enfrentan discriminación.

No fabriquen un mártir
El mayor peligro para el Estado no es solo no arrestar a Morales. Es arrestarlo mal.
Un operativo violento podría causar muertes, profundizar la hostilidad regional y entregarle a Morales la narrativa de martirio que necesita. Bolivia sabe cómo las operaciones de seguridad pueden convertir disputas legales en heridas comunales que duran generaciones.
El mejor camino es una entrega negociada bajo garantías judiciales visibles. El defensor del pueblo, observadores de derechos humanos, abogados defensores y personal médico podrían presenciar la transferencia. El gobierno debe descartar la humillación y el espectáculo militar. Morales debe recibir asesoría legal y una audiencia pública. Sus simpatizantes deben permitir que los agentes ejecuten la orden sin violencia.
Eso es fortaleza democrática, no debilidad.
Paraguayos y otros latinoamericanos deberían observar porque la tentación regional es conocida. Los líderes poderosos se fusionan con el pueblo y luego describen una investigación como un ataque al movimiento, a los pobres, a la nación o a la historia. La rendición de cuentas se redefine como traición.
Bolivia debe rechazar ambos extremos. Los seguidores de Morales no pueden usar carreteras y multitudes protectoras para decidir si la ley se aplica. El gobierno de Paz no puede usar la ira pública, las pérdidas económicas o el lenguaje del terrorismo para decidir la culpabilidad antes del juicio.
Las víctimas de los bloqueos merecen hechos. Las familias que esperaron oxígeno merecen más que consignas. Morales merece el debido proceso, no un santuario. El gobierno merece obediencia a órdenes legales, no permiso para buscar venganza.
La democracia sobrevive cuando un expresidente puede ser arrestado sin ser desaparecido, procesado sin ser precondenado y defendido sin paralizar un país. Las carreteras de Bolivia se han reabierto. Sus instituciones ahora deben demostrar que también pueden avanzar.
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