VIDA

Las mujeres del mosaico en Bolivia convierten azulejos rotos en poder público duradero

En Cochabamba, la cerámica descartada se transforma en mosaicos, murales e ingresos a través de Kuska, un colectivo de mujeres que lleva trece años convirtiendo residuos urbanos en memoria pública, oportunidades económicas y una reivindicación compartida de las calles, galerías, imaginación cultural y futuro colectivo de Bolivia.

Donde los desechos encuentran una segunda vida

Sobre una mesa de taller en Cochabamba, un azulejo roto deja de parecer roto.

Las pinzas muerden su borde esmaltado. El fragmento se convierte en una curva, tal vez un pétalo o un pómulo en el retrato de una mujer que luego aparecerá en una pared. Cerca hay piezas recogidas de calles, obras y tiendas. Lo que la ciudad rechazó regresa, reorganizado.

Esa inversión es el lenguaje de trabajo de Kuska, un colectivo de mosaico de mujeres nacido hace trece años dentro del Laboratorio de Comunidades Creativas del Proyecto mARTadero, un centro de arte en Villa Coronilla. El grupo comenzó como un espacio donde las mujeres del barrio podían aprender mosaico, pero su propósito nunca se limitó a la técnica.

“La idea era crear un espacio para las mujeres de Villa Coronilla”, dijo la coordinadora María René Camacho a EFE. El objetivo, añadió, también era ayudarlas a ganar dinero y recuperarse de golpes a su autoestima.

En quechua, kuska significa juntas. El colectivo comenzó con unas quince integrantes, desde escolares hasta abuelas. Sus vidas eran diferentes, pero Camacho cuenta que les resultó fácil ponerse de acuerdo sobre las intervenciones que querían realizar.

La membresía cambió. Durante los últimos cinco años, el grupo se ha mantenido estable con siete u ocho mujeres. Los proyectos de arte comunitario suelen surgir con una subvención y desaparecer cuando el dinero escasea. Kuska ha durado lo suficiente para construir un método, una identidad y un cuerpo de obra.

“Juntas hemos tratado de superar muchos problemas”, dijo Camacho a EFE. “Juntas nos dimos a conocer. Juntas fuimos a dar clases dentro del país y al extranjero.”

Kuska, las bolivianas que transforman cerámica y azulejos reciclados en arte. EFE/Jorge Ábrego

Un taller construido sobre segundas oportunidades

La mayor parte de la materia prima de Kuska ha fracasado en el mercado. Los azulejos se quiebran, la cerámica se descarta, los escombros de construcción se acumulan. Las Kuskas recogen lo que pueden y a veces compran piezas rotas en tiendas. Cortan los fragmentos en teselas, formando líneas o curvas para una imagen planeada.

Cada trozo debe evaluarse por color, grosor, ángulo y posible uso. Una pieza demasiado pequeña para un diseño puede ser esencial en otro. El mosaico resiste la fantasía de la perfección. Su belleza depende de las separaciones visibles, de las líneas de lechada que admiten que cada parte estuvo una vez separada.

Camacho ve un eco entre el material y las mujeres que entran al taller.

“Creemos que aquí en el taller, algunas mujeres vienen a darse una segunda oportunidad”, dijo a EFE.

Es una metáfora fuerte, pero el trabajo de Kuska es más concreto que una metáfora. Las mujeres realizan piezas para exposiciones y venden objetos ornamentales a través de una tienda en mARTadero. Los encargos públicos también generan ingresos. El dinero sostiene al colectivo y permite a las integrantes ganar su propio dinero.

Esa dimensión económica es crucial. En toda América Latina, el trabajo artesanal de las mujeres suele ser elogiado como patrimonio, pero sigue mal pagado y tratado como labor doméstica. Kuska desafía esa contradicción haciendo visible la habilidad y vinculando el pago a ella. Un mural no es solo decoración. Es trabajo encargado, diseño, conocimiento del material y autoría.

El colectivo no puede reparar la desigualdad estructural. Siete u ocho artistas consiguiendo encargos ocasionales no sustituyen el empleo estable ni la protección social. Kuska demuestra algo más pequeño, pero concreto: la técnica, la producción compartida y un nombre reconocido pueden convertir material descartado en ingresos sin borrar a las mujeres detrás de la obra.

El grupo también practica una silenciosa economía circular, extendiendo la vida de materiales que de otro modo serían escombros. Su volumen es pequeño, pero su argumento cultural es contundente. El desecho vuelve al centro como una imagen que la gente debe ver.

Kuska, las bolivianas que transforman cerámica y azulejos reciclados en arte. EFE/Jorge Ábrego

Feminizar la memoria urbana de Bolivia

La identidad de Kuska se cristalizó en 2014 con un mural en el Teatro Adela Zamudio de Cochabamba. Zamudio, la poeta y educadora boliviana considerada una figura feminista temprana, se convirtió en algo más que el tema del debut del grupo. Se volvió una declaración de rumbo.

El mural muestra el rostro de una mujer, con un paisaje de Cochabamba emergiendo de su cabello. Incluye un fragmento del poema “Nubes y vientos” de Zamudio y una imagen de la propia poeta. La composición une cuerpo, territorio y lenguaje. La ciudad no está detrás de la mujer. Crece desde ella.

Camacho cuenta que el colectivo entendió entonces que quería hacer arte centrado en las mujeres y “feminizar la ciudad”. Dijo a EFE que las mujeres podían enviar mensajes a la sociedad sobre vida saludable y familia. La frase suena suave, pero la intervención es política: se trata de quién aparece en la ciudad, de qué rostro se vuelve monumental y de qué trabajo deja huella en un muro.

Las ciudades bolivianas, como muchas en la región, han conmemorado históricamente a presidentes, soldados, sacerdotes e intelectuales hombres más que a mujeres. Kuska cambia ese equilibrio pieza por pieza. Sus murales no esperan a que las mujeres sean admitidas en el bronce oficial. Construyen otro archivo a partir de fragmentos de cerámica.

El colectivo se trasladó a calles y plazas de Cochabamba, luego viajó a Sucre y Tarija. En Arica, Chile, las mujeres dictaron un taller y crearon un mural con participantes locales. El método cruzó fronteras sin perder su lógica comunitaria.

Su intervención más reconocida fue en el pasaje San Rafael de Cochabamba, donde Kuska creó treinta y seis retratos de mujeres latinoamericanas destacadas. La obra obtuvo el Premio Eduardo Abaroa de artes contemporáneas en 2017.

Treinta y seis rostros en un pasaje hacen más que honrar biografías individuales. Juntos, alteran la experiencia de recorrer la ciudad. Un peatón se encuentra con la historia femenina no como un capítulo de libro, sino a la altura de los ojos, incrustada en la vida cotidiana. El pasaje se convierte en un corredor de reconocimiento.

El logro más profundo de Kuska puede estar ahí. Toma lo que ha sido dejado de lado, ya sea cerámica, espacio barrial o autoría femenina, y se niega a dejarlo invisible. El resultado no es solo caridad ni ornamento. Afirma que las cosas dañadas pueden portar belleza, que la memoria pública puede reconstruirse y que los muros de Bolivia pueden hablar en nombre de las mujeres.

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