AMÉRICAS

El rugido de Ni Una Menos en Argentina ante la furia por los recortes de Milei

El aniversario de Ni Una Menos en Argentina se convirtió en un ajuste de cuentas nacional cuando mujeres llenaron las calles desde Buenos Aires hasta Córdoba, denunciando el femicidio, la austeridad y el retiro del Estado que, según activistas, deja a las niñas más pobres, menos protegidas y aterradoramente solas en la vida pública actual.

Una marcha cargada de nombres

La lluvia en Córdoba no suavizó la rabia. Le dio un brillo más oscuro. El miércoles, miles de mujeres en toda Argentina volvieron a las calles por el 11º aniversario de Ni Una Menos, el grito feminista nacido en 2015 de un país agotado por mujeres asesinadas y excusas oficiales.

En Buenos Aires, se reunieron cerca del Congreso con pancartas, banderas, bombos, voces roncas y la paciencia particular de quienes han repetido la misma advertencia por más de una década. En San Miguel de Tucumán, Rosario, Córdoba y Mar del Plata, la escena se amplió hasta formar un mapa nacional del duelo. Abuelas marcharon junto a estudiantes. Integrantes de sindicatos se unieron a colectivos feministas. Partidos de la oposición participaron, pero el ánimo no era simplemente partidario. Era íntimo, crudo y cada vez más dirigido al poder.

Un cartel en la multitud decía que un hombre mata a una mujer cada 31 horas. Otra consigna recorría la marcha como un pulso: “Vivas, libres y desendeudadas nos queremos”, es decir, las mujeres se quieren vivas, libres y sin deudas.

La frase importa. Vincula el femicidio con el dinero, la supervivencia y la política pública. Dice que la violencia no es solo el golpe final, el cuchillo, la mano, la desaparición. También es el alquiler impago, la oficina cerrada, la línea de ayuda que ya no existe, el refugio debilitado, la denuncia policial que no avanza.

La economista y referente feminista Luci Cavallero dijo a EFE en Buenos Aires que el gobierno nacional de Argentina está “desmantelando muchos de los logros alcanzados por el movimiento feminista en los últimos años”. Sus palabras cayeron en un país donde el gobierno de Javier Milei ha hecho de la austeridad no solo un programa económico, sino una identidad de gobierno.

EFE

La austeridad entra al hogar

Desde que Milei asumió en diciembre de 2023, organizaciones feministas afirman que los presupuestos federales para prevenir y erradicar la violencia de género han sido recortados. También denuncian que áreas clave que diseñaban y ejecutaban políticas públicas han sido desmanteladas o cerradas.

Esa es la acusación política central de la movilización de Ni Una Menos este año: no solo que la violencia continúa, sino que el Estado se retira de los lugares donde el peligro es más previsible.

El gobierno señala datos oficiales que muestran una baja en los femicidios. El Registro Nacional de Femicidios de Argentina registró 200 víctimas en 2025, frente a 228 el año anterior, una disminución del 12,3 por ciento. Pero la discusión sobre las cifras es reveladora en sí misma. Organizaciones feministas cuestionan el conteo oficial, afirman que las estadísticas judiciales omiten casos y que al menos 71 víctimas más deberían ser incluidas.

La brecha no es solo estadística. Es ideológica. Para los seguidores de Milei, recortar programas de género puede presentarse como eliminar burocracia, ideología y lo que consideran exceso estatal. Para las mujeres que marchan, esos recortes no son abstractos. Se miden en búsquedas demoradas, llamadas sin respuesta y las largas horas entre la desaparición y el hallazgo.

La muerte de Agostina Vega, de 14 años, convirtió ese miedo en un nombre.

Vega fue asesinada en la provincia de Córdoba. Su cuerpo desmembrado fue hallado el sábado en un terreno baldío, tras días de angustia y protestas por el accionar de las autoridades en la búsqueda. Claudio Barrelier, de 33 años, único sospechoso imputado por el crimen, fue detenido luego de que cámaras de seguridad mostraran supuestamente a la adolescente entrando a su casa pero nunca saliendo.

Su abuela, Elizabeth Fernández, dijo a medios locales, según reportó EFE, que la familia sufrió la inacción policial tras denunciar la desaparición de la niña. “Fue y sigue siendo una tortura porque mataron a mi nieta, y la siguen matando”, dijo entre lágrimas.

La frase es devastadora porque rechaza el cierre. Acusa al crimen y luego al sistema que lo rodea. La familia de Vega incluso postergó el funeral para marchar en Córdoba. Bajo la lluvia, una pancarta con la leyenda “Justicia por Agostina” encabezó la procesión, junto a reclamos para que el gobernador Martín Llaryora mejore el sistema judicial provincial.

Cavallero dijo a EFE que el asesinato de Vega reflejó un “abandono estatal organizado” que “pone en peligro permanentemente la vida de las jóvenes”. Es una frase dura, pero resume lo que muchas en las calles creen: que el abandono puede organizarse, presupuestarse, justificarse y normalizarse.

Latinoamérica observa de cerca

Argentina no es solo otro país en la política de género latinoamericana. Ha sido muchas veces un laboratorio. Ni Una Menos ayudó a transformar el feminismo regional, influyendo en movimientos desde México hasta Chile y Perú. La campaña del pañuelo verde por el aborto legal convirtió a Buenos Aires en un símbolo continental de persistencia feminista. Cuando Argentina avanza, la región escucha. Cuando retrocede, la región también recibe la señal.

Por eso este enfrentamiento tiene peso geopolítico. Milei no solo gobierna Argentina. Exporta un estilo de política libertaria de derecha que trata la agenda de género como guerra cultural y el gasto social como contaminación fiscal. En una región golpeada por la deuda, la inseguridad, la debilidad judicial y la desigualdad, ese modelo tiene admiradores. También tiene consecuencias.

La crisis de femicidios en América Latina prospera donde las instituciones son débiles y la impunidad es fuerte. La justicia avanza lento. La policía suele desestimar a las familias. El trabajo informal deja a las mujeres atrapadas económicamente. El crimen organizado y la violencia doméstica se retroalimentan en territorios donde el Estado aparece, sobre todo, después de la muerte. En ese contexto, desmantelar programas de prevención no es una decisión presupuestaria neutral. Traslada el riesgo hacia abajo: a las familias, los barrios, las madres, amigas y niñas.

La consigna sobre la deuda es especialmente argentina, pero también latinoamericana. La austeridad llegó hace tiempo a la región, primero con lenguaje tecnocrático y luego instalándose en las cocinas. Cuando la inflación, la pérdida de empleo y los recortes en servicios públicos se combinan, las mujeres absorben el golpe primero. Cuidan a niños, ancianos, enfermos y asustados. También se vuelven más dependientes de hogares inseguros y menos capaces de dejar a hombres violentos.

Oriana Ruiz, estudiante de literatura de 28 años que protestaba en Buenos Aires, dijo a EFE que le preocupa cómo el gobierno de Milei habla sobre la violencia de género. Señaló que Argentina tiene un presidente que sugirió cambiar la palabra “femicidio” y afirmó que estos crímenes han disminuido.

El lenguaje no es un tema menor. En la política latinoamericana, nombrar siempre ha sido poder. Desaparecido. Dictadura. Deuda. Femicidio. Cada palabra obliga al público a ver una estructura que los funcionarios prefieren presentar como tragedias aisladas. Renombrar el femicidio como homicidio común sería aplanar el patrón social que Ni Una Menos nació para visibilizar.

Ruiz también miró hacia otro escenario: el próximo Mundial. Su pedido fue simple y políticamente agudo. Que el espectáculo no entierre a las mujeres. Que los hombres sigan hablando de su conducta.

Ese puede ser el mayor desafío para Argentina hoy. No si las marchas siguen siendo masivas, lo son. No si las consignas siguen siendo potentes, lo son. La prueba es si un país famoso por la discusión pública puede convertir el duelo en protección, los datos en política y la indignación en un Estado que llegue antes del funeral.

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