ECONOMÍA

Cuba vuelve a quedarse a oscuras mientras las viejas máquinas superan todas las promesas

El sexto apagón nacional de Cuba en lo que va del año ha dejado a más de nueve millones de personas sin electricidad, evidenciando cómo las envejecidas plantas de la era soviética, la escasez de combustible, las sanciones, la falta de inversión y una red frágil se han combinado en una emergencia nacional que ninguna reparación aislada puede resolver.

La isla despierta sin energía

Para la mañana del lunes, gran parte de Cuba seguía a oscuras. Los ventiladores dejaron de girar en dormitorios cargados de calor. Los refrigeradores se calentaban en silencio. Las bombas de agua fallaron en los edificios de apartamentos, y las familias que habían cargado sus teléfonos durante un breve regreso de la electricidad veían cómo el porcentaje de batería volvía a caer.

La red nacional se desconectó a las 10:43 p.m. del domingo, según la estatal Unión Eléctrica. Fue el sexto colapso a nivel isla en lo que va del año y ocurrió un día después de una falla en el occidente de Cuba que dejó a unas 4,5 millones de personas sin servicio. EFE informó que la avería anterior se debió al disparo simultáneo de importantes líneas de 220 kilovoltios que conectan Matanzas con Cienfuegos y Santa Clara. Las autoridades no habían explicado la falla nacional del domingo.

La recuperación comienza en fragmentos. Los ingenieros crean pequeñas “islas” eléctricas alrededor de hospitales, sistemas de agua y otros sitios críticos. Más de un centenar se habían establecido para el lunes. Luego, las brigadas conectan esos núcleos y envían suficiente corriente hacia las grandes centrales termoeléctricas para reiniciarlas y sincronizarlas.

Es un trabajo delicado. La generación y la demanda deben equilibrarse casi al instante. Si hay muy poca energía disponible cuando las provincias se reconectan, la red puede colapsar de nuevo. La tragedia de Cuba es que, incluso después de que los ingenieros reconstruyen la red, a menudo la devuelven a la misma escasez que ayudó a destruirla.

El apagón no es solo un incidente técnico. Es el momento visible en que varias crisis lentas se encuentran. Para los cubanos, cada restauración ahora se siente temporal, menos como una recuperación que como un intervalo prestado antes de que la maquinaria, el combustible o la transmisión fallen otra vez en algún lugar cercano.

Personas conversan durante un apagón este sábado en La Habana, Cuba. EFE/Ernesto Mastrascusa

Una red construida para otro siglo

La mayor parte de la electricidad cubana aún proviene de generación a base de petróleo. Muchas unidades termoeléctricas fueron construidas con asistencia soviética en las décadas de 1970 y 1980 y han sobrevivido mucho más allá de su vida útil esperada. Las turbinas fallan. Las calderas se agrietan. Las reparaciones se retrasan porque las piezas, el financiamiento y el equipo son escasos.

Más de la mitad de las unidades generadoras del país suelen estar fuera de servicio por averías o mantenimiento. Cuando una planta grande se apaga inesperadamente, cientos de megavatios desaparecen en minutos. En un día caluroso, cuando los ventiladores y refrigeradores elevan la demanda, esa pérdida puede convertir los apagones controlados en un fallo en cascada.

El combustible es la segunda presión. Cuba produce crudo pesado, pero no lo suficiente para satisfacer la demanda, y su calidad limita dónde puede usarse. La isla históricamente dependió del petróleo importado, especialmente de los suministros subsidiados de Venezuela. Esos envíos se volvieron menos confiables a medida que la industria petrolera venezolana se deterioró y las divisas de Cuba se redujeron.

Desde enero, las restricciones más estrictas de Estados Unidos sobre los envíos de petróleo han agravado la escasez. La Habana califica la política de bloqueo y sostiene que Washington impide la compra de crudo, diésel y fuel oil. Las sanciones también complican el financiamiento, el transporte, el seguro y el acceso a repuestos.

Sin embargo, las sanciones no explican toda la oscuridad. El sistema cubano ya se debilitaba antes de las últimas restricciones. Años de planificación centralizada, inversión insuficiente, baja productividad y reformas postergadas dejaron casi sin capacidad de reserva. Los economistas independientes suelen ver tanto presión externa como fallas internas. Reducir la historia a un solo culpable puede ser útil políticamente, pero no mantiene frío un refrigerador.

Los generadores distribuidos alimentados por diésel y fuel oil importados alguna vez suministraron cerca del 40 por ciento de la matriz energética. Ese sistema está casi paralizado. Las plantas termoeléctricas aportan otra gran parte, pero el envejecimiento del equipo las hace poco confiables. El gas y las fuentes renovables aportan el resto, con la energía solar creciendo gracias al apoyo chino, pero incapaz de estabilizar el país después del atardecer.

La red de transmisión también es frágil. Transformadores antiguos, circuitos sobrecargados, líneas deterioradas y huracanes provocan fallas incluso cuando hay electricidad disponible. Las brigadas cubanas suelen restablecer el servicio con notable rapidez, pero la improvisación de emergencia no puede sustituir para siempre la modernización.

Personas conversan durante un apagón este sábado en La Habana, Cuba. EFE/Ernesto Mastrascusa

Reparar más que la red

Expertos estiman que rehabilitar por completo el sistema eléctrico cubano podría costar entre 8.000 y 10.000 millones de dólares. Eso está fuera del alcance de una economía que se contrajo alrededor de un 15 por ciento entre 2020 y 2025 y que ha enfrentado escasez, baja inversión, migración y una confianza menguante.

Aun así, el camino a seguir no es un misterio. Cuba necesita capacidad de generación de reemplazo, líneas de transmisión modernas, inventarios de mantenimiento y suficiente combustible para sobrevivir la transición. También requiere energía solar y eólica combinada con almacenamiento en baterías, porque los paneles por sí solos no pueden abastecer hospitales o viviendas durante la noche. Sistemas regionales más pequeños podrían evitar que una falla arrastre a toda la isla a la oscuridad.

Las reformas más difíciles son institucionales. Las autoridades deben publicar datos operativos más claros, cronogramas de mantenimiento, previsiones de apagones y prioridades de inversión. El capital extranjero seguirá siendo cauteloso sin reglas transparentes y mecanismos de pago confiables. El alivio de sanciones reduciría costos y ampliaría el acceso a tecnología, pero la gestión interna debe cambiar para que el dinero nuevo no sea absorbido por viejas ineficiencias.

Las consecuencias sociales siguen acumulándose. La crisis ha paralizado casi por completo la economía estatal y ha intensificado las protestas de cacerolazos y los incendios de contenedores de basura en toda la isla. La electricidad no es una medida abstracta de desarrollo. Es insulina que se mantiene fría, pan horneado antes del amanecer, un niño que duerme durante el calor tropical y un trabajador que puede ganarse el salario.

Cuba puede volver a reconectar la red. Sus ingenieros lo han hecho repetidamente bajo condiciones extraordinarias. La pregunta de fondo es si el país reconstruirá el sistema, o simplemente restaurará la electricidad el tiempo suficiente para volver a esperar el próximo colapso.

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