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La crisis de la basura en Cuba convierte las calles de La Habana en una advertencia geopolítica

La crisis de la basura en La Habana se ha convertido en una emergencia de salud pública y en un espejo político para Cuba, exponiendo la escasez de combustible, el colapso de los servicios, los riesgos de enfermedades transmitidas por mosquitos y una pregunta regional más profunda sobre cómo América Latina absorbe los golpes cuando los Estados se quedan sin capacidad.

La Habana aprende a esquivar la podredumbre

Javier ha aprendido la coreografía del colapso. A sus 55 años, se mueve por Centro Habana con la cautela practicada de quien esquiva baches, charcos y ahora montones de basura que se extienden de la acera a la calle. El olor agrio se siente antes de que aparezca la basura. Entrecierra los ojos, como si cortara una cebolla, y se desplaza de lado mientras autos, bicicletas y peatones negocian el mismo circuito de obstáculos.

“Nadie se ocupa de esto”, dijo Javier a EFE, quejándose de que los montones están llenos de gusanos y empiezan a acercarse a las casas. “Cada día está peor. Dicen que no hay gasolina para los camiones de basura, pero yo no sé.”

Desde hace meses, los habitantes de La Habana, hogar de unos 2 millones de los casi 10 millones de cubanos, viven con basura apilada en esquinas, bordillos, callejones y carriles de tráfico. La crisis se agravó después de que un bloqueo energético de EE. UU. provocara apagones, escasez de agua y una crisis de combustible, dejando los camiones estatales de basura parados. Lo que antes era una molestia urbana se ha convertido en algo más pesado: una prueba diaria de resistencia, una fuente de enfermedades y una medida visible de cuánto se ha deteriorado la maquinaria básica del Estado cubano.

En el centro y en las afueras de la ciudad, la basura ha cambiado el ritmo de la vida. La gente cruza las calles no por el tráfico, sino por el olor. Algunos queman desechos al aire libre, enviando humo a barrios ya agobiados por el calor, los apagones y la escasez de agua. Las autoridades sanitarias temen que esos fuegos liberen gases tóxicos. Al mismo tiempo, los vecinos temen que el próximo verano y la temporada de huracanes conviertan los desechos de la ciudad en una masa móvil, empapada e infecciosa.

Las cifras explican la magnitud, pero solo en parte. Hasta julio pasado, La Habana producía el equivalente a unas 12 piscinas olímpicas de residuos sólidos cada día, según las últimas cifras municipales disponibles. Incluso entonces, las autoridades recogían solo el 57 por ciento. Eso significa que casi la mitad de los desechos diarios de la capital quedaban atrás en una ciudad donde el combustible, los repuestos, la mano de obra pública y la paciencia política escasean.

Una campaña se topa con tanques vacíos

Hace tres meses, el gobierno cubano anunció una gran campaña para limpiar La Habana. Las autoridades prometieron “un antes y un después” en la lucha contra las montañas de basura, y el presidente Miguel Díaz-Canel fue mostrado recogiendo basura en la calle junto a voluntarios. Era una imagen familiar en el teatro político cubano: el líder entre el pueblo, el trabajo como prueba patriótica, la crisis enmarcada como una batalla que se ganará con disciplina.

Pero las calles no han seguido el guion. Hoy en día, los montones de basura aparecen en casi cada esquina de la capital. Las autoridades culpan a los camiones averiados y, sobre todo, a la falta de combustible, agravada por el fin del suministro desde Venezuela tras la captura del presidente Nicolás Maduro. En términos prácticos, la geopolítica ha llegado a la puerta de La Habana, pudriéndose en bolsas.

Esa es la historia de fondo. La crisis de la basura en Cuba no es solo un problema de saneamiento. Es el agotamiento de un modelo regional de supervivencia basado en alianzas, subsidios y resiliencia política. Durante décadas, La Habana sobrevivió a la escasez gracias a padrinos geopolíticos, primero soviéticos, luego venezolanos, mientras presentaba el sacrificio como soberanía. Cuando esas líneas de vida se debilitan, las consecuencias no son abstractas. Se apagan las luces. Se detienen las bombas. Los camiones quedan parados. La basura se acumula.

Una mujer cuya ventana da al cúmulo de basura que Javier pasó bajó la voz cuando se le preguntó por qué la recogida se ha vuelto casi imposible. “Si digo lo que pienso, voy presa”, dijo a EFE. En su cuadra, no era la única que medía cada palabra. La basura es visible, el olor ineludible, pero la crítica sigue siendo riesgosa. Esa tensión define gran parte de la crisis actual de Cuba: todos pueden ver el fracaso, pero no todos se sienten libres de nombrarlo.

El sacerdote español Alberto Sola, cuya parroquia está en el barrio, contó que ha ido de oficina en oficina buscando ayuda. Epidemiología. Saneamiento. Poder Popular. Instituciones con nombres que sugieren orden. Dijo a EFE que los funcionarios conocen el problema y responden con las mismas explicaciones: no hay combustible, no hay camiones. Luego añadió una observación punzante: no ve la misma basura fuera de ninguna casa del Partido Comunista.

Cuando sugirió a colegas cubanos que se organizaran para recoger la basura ellos mismos, le advirtieron que podría meterse en problemas. “Es un poco frustrante”, dijo a EFE, lamentando lo que llamó una gran indiferencia. El comentario duele porque habla de algo más que ineficiencia. Sugiere un Estado que aún controla la iniciativa pública incluso cuando no puede proveer servicios públicos.

La economía cubana ha perdido un 15 por ciento de su producto interno bruto en seis años. La escasez de bienes básicos, la inflación, la migración masiva y los apagones de más de 20 horas al día se han vuelto cotidianos. La basura, por tanto, no es un colapso aislado. Es el olor de una contracción más amplia, el residuo cívico de una economía incapaz de sostener sus propias promesas.

Un grupo de personas recoge basura en una calle de La Habana, Cuba. EFE/Ernesto Mastrascusa

Mosquitos, migración y la región

La salud pública es donde la crisis se vuelve más peligrosa. Contenedores desbordados y calles llenas de basura crean áreas ideales para la proliferación de mosquitos que transmiten chikunguña y dengue. Cuba reconoció en 2025 que sufría una epidemia de estas enfermedades, aunque las autoridades dejaron de publicar cifras a finales del año pasado. Según la Organización Panamericana de la Salud, usando datos oficiales, 65 personas han muerto en la crisis sanitaria, más de la mitad menores de edad, y 81,909 han resultado infectadas.

Para la habanera Estrella Ramos, la relación es obvia. Sufrió chikunguña y soportó cinco meses de dolor articular y agotamiento. “Por todas partes, en cada esquina, hay basura”, dijo a EFE. “No vamos a tapar el sol con un dedo. Este país tiene que ponerse serio.”

Los vecinos la miraban con preocupación. Alguien le pidió que bajara la voz. Ella siguió de todos modos, diciendo que muchos niños y ancianos están enfermos por la suciedad en La Habana. En ese momento, la crisis de la basura se volvió tanto epidemiológica como política. La enfermedad se propaga por los mosquitos, pero el miedo se propaga por el silencio.

A pocas cuadras, pasó un camión de basura con una cuadrilla de hombres que se identificaron como presos. Ante la falta de trabajadores, el Estado ha recurrido a personas que cumplen condenas menores para recoger los desechos. Levantaban lo que podían con cajas de cerveza o las manos desnudas, sin herramientas ni guantes adecuados. La imagen era cruda: un Estado debilitado que depende de mano de obra cautiva para limpiar las señales de su propio debilitamiento.

El primer ministro Manuel Marrero ha reconocido que la campaña de limpieza no ha dado los resultados que esperaba el gobierno. El pueblo, dijo, merece resultados, y esos resultados no se ven. Fue una admisión inusualmente directa en un sistema que suele tratar el fracaso público como una narrativa enemiga.

Para América Latina, la basura de La Habana es una advertencia sobre la fragilidad en cascada. La dependencia energética se convierte en crisis de saneamiento. El saneamiento se convierte en crisis de salud. La crisis de salud alimenta la migración. La migración reconfigura la política regional desde México hasta Chile y Estados Unidos. La decadencia de Cuba nunca es solo cubana, porque su gente, médicos, remesas, alianzas y exiliados han circulado por el hemisferio desde hace mucho.

La basura que se acumula en La Habana es, por tanto, un documento geopolítico, escrito en bolsas plásticas, humo, mosquitos y miedo. Dice que la soberanía sin combustible es frágil, la ideología sin servicios es quebradiza y un Estado que no puede recoger la basura difícilmente podrá retener la lealtad de quienes se ven obligados a vivir junto a ella.

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