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Los asesinatos de influencers en México exponen el algoritmo más letal de los cárteles a plena vista

El asesinato transmitido en vivo de César Gastélum en Culiacán convirtió la pantalla de un teléfono en una escena del crimen, revelando cómo la economía de influencers en México, la propaganda de los cárteles, el lujo aspiracional y la guerra entre facciones chocan ante audiencias que pueden ver la violencia llegar en tiempo real, mientras sucede.

Un asesinato diseñado para el feed

La motocicleta aparece casi de manera casual. Dos hombres se acercan a César Gastélum mientras conversa con amigos afuera de un restaurante de comida rápida en Culiacán, la capital de Sinaloa. Entonces el conductor levanta un arma, dispara a la cabeza de Gastélum a quemarropa y desaparece. El asesinato toma segundos. La imagen no.

Gastélum estaba transmitiendo en vivo. Sus seguidores no se enteraron de su muerte por el periódico matutino ni por un boletín policial. La presenciaron a través de la misma pantalla donde él compartía bromas, retos, vida nocturna, autos caros y viajes de lujo. La plataforma que lo hizo visible también conservó sus últimos momentos como contenido.

Los fiscales de Sinaloa ofrecieron pocos detalles, pero dijeron que los investigadores estaban revisando publicaciones de Gastélum, incluidas algunas que hacían referencia a un grupo criminal. Él no había reportado amenazas de cárteles y la policía no lo investigaba por vínculos criminales. Esa distinción importa en un lugar donde la sospecha pública puede convertirse en veredicto antes de que los investigadores establezcan un motivo.

Gastélum es al menos el décimo creador de contenido asesinado en Sinaloa desde que estalló la guerra entre dos facciones rivales del cártel de Sinaloa hace dos años. Su muerte forma parte de un patrón, pero un patrón no es prueba de culpa personal. En Culiacán, simplemente volverse reconocible puede ser peligroso. La fama crea una audiencia, pero también crea un mapa. Le dice a extraños dónde come alguien, qué conduce, a quién conoce y cómo quiere ser visto.

Esa ambigüedad rodea la etiqueta de “narco-influencer”. Algunos creadores han promovido la estética de los cárteles o mantenido relaciones con figuras criminales. Otros rechazan el término, argumentando que un joven mostrando riqueza en Sinaloa puede ser interpretado como cercano al narco incluso cuando la exhibición es imitación, aspiración o actuación. Gastélum posó una vez en la tumba de Leobardo Aispuro, conocido como El Gordo Peruci, otro influencer asesinado en 2024. La imagen invita a preguntas. No las responde.

Un miembro de la Marina mexicana inspecciona el sitio donde ocurrió un enfrentamiento con sicarios del Cártel de Sinaloa. EFE/Juan Carlos Cruz

El lujo se convierte en lenguaje político

Claudia Arruñada, experta en comunicación de la Universidad Iberoamericana de México, dijo a la BBC que los algoritmos de redes sociales y los narcos pueden recompensar la misma fantasía: el consumo y el lujo como máximos valores, obtenidos lo más rápido posible. “El modelo de éxito ya no se basa en trabajar metódicamente en tu carrera, sino en tener un ascenso meteórico”, dijo en la entrevista con la BBC.

En un país marcado por la profunda desigualdad, el consumo ostentoso puede convertirse en un lenguaje político. El auto deportivo, la mesa en el antro y las vacaciones en el extranjero no son solo posesiones. Señalan escape de los límites ordinarios. Ofrecen una historia comprimida en la que el estatus llega sin las lentas instituciones que han fallado a muchos jóvenes mexicanos: empleo seguro, movilidad social, policía confiable y acceso igualitario a oportunidades.

La narcocultura explota esa frustración. Convierte la riqueza criminal en una gramática visual reconocible, y luego las plataformas sociales la aceleran porque el espectáculo viaja. El algoritmo no necesita entender si un creador celebra a un cártel, lo parodia o copia un estilo popular. Mide la atención. Los cárteles también entienden la atención.

Estudios citados en el reportaje de la BBC sugieren que las organizaciones criminales usan a los creadores como community managers, de manera similar a como las multinacionales emplean equipos digitales para cultivar una marca. Los cárteles modernos son negocios diversificados con intereses territoriales, comerciales y políticos. Su mensaje puede glorificar líderes, intimidar rivales, normalizar la violencia y presentar el poder local como inevitable. Una cuenta popular puede volverse útil incluso sin publicar propaganda abiertamente.

La utilidad, sin embargo, puede convertirse en sentencia de muerte cuando cambian las alianzas. En enero de 2025, volantes arrojados desde una aeronave sobre Culiacán acusaron a 25 influencers y músicos de vínculos con La Mayiza, la facción del cártel que pelea contra Los Chapitos. Cuatro nombres ya estaban marcados como “eliminados”. Dos personas más nombradas en el panfleto fueron posteriormente asesinadas. Gastélum no figuraba, pero el volante reveló una lógica escalofriante: los creadores podían ser catalogados como activos mediáticos dentro de una guerra de cárteles, y luego ser objetivo como operativos.

Aquí es donde la economía digital y las viejas estructuras de poder de Sinaloa se encuentran. Los cárteles siempre han dependido del rumor, los corridos, las advertencias públicas y el terror selectivo. Las redes sociales agregan velocidad, identidades buscables y archivos permanentes. La plaza ya no es solo territorio físico. También es un feed.

Policías resguardan una zona donde ocurrió un ataque del Cártel Jalisco Nueva Generación. EFE/Joebeth Terriquez

Cuando la guerra del narco se traslada a lo digital

La presidenta Claudia Sheinbaum dijo que las autoridades locales y federales perseguirían tanto a los asesinos de Gastélum como a quienes ordenaron el crimen. Su gobierno también ha intentado debilitar el alcance cultural del crimen organizado denunciando los narcocorridos que glorifican a los traficantes, mientras enfrenta directamente a los grupos criminales. Las cifras oficiales indican que los homicidios bajaron un 48 por ciento en 2025.

Esa disminución es significativa. Sin embargo, las estadísticas y el espectáculo operan de manera diferente. Una reducción nacional de homicidios puede describir un progreso real, mientras que una ejecución transmitida en vivo aún convence a millones de que el poder del narco es íntimo, inmediato y tecnológicamente actual. Una cifra mide la frecuencia. La otra moldea la memoria.

El Estado, por lo tanto, enfrenta más que un problema policial. Enfrenta una batalla por el significado. Condenar canciones puede generar titulares, pero la narcocultura no se sostiene solo por las letras. Sobrevive porque la riqueza criminal puede parecer más eficiente que las instituciones legales, porque el miedo silencia a las comunidades y porque las plataformas digitales transforman símbolos locales en entretenimiento rentable.

México también debe evitar tratar a cada creador asesinado como culpable por asociación estética. Las fotos de lujo no son prueba de pertenencia al narco. Los clips de comedia no son antecedentes penales. El duelo público en una tumba controvertida puede merecer escrutinio, pero no condena retroactiva. Cuando funcionarios y medios repiten insinuaciones sin pruebas, corren el riesgo de completar el trabajo del cártel al aislar a las víctimas y hacer que el asesinato parezca explicable.

El asesinato de Gastélum deja una imagen incómoda: amigos de pie cerca, una motocicleta que llega, una audiencia ya conectada. El crimen fue público, pero su motivo sigue siendo oscuro. Ese vacío es donde prospera el rumor.

En Culiacán, el teléfono se ha convertido en algo más que una cámara. Es escenario, escaparate, símbolo de estatus, dispositivo de vigilancia y posible arma en la narrativa de otro. El algoritmo más letal no es simplemente el que premia el lujo. Es el que convierte la visibilidad en presunta lealtad, la presunta lealtad en objetivo y una vida humana en el siguiente contenido.

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