Los hipopótamos de Escobar en Colombia podrían volar al este mientras resurgen viejos crímenes
La propuesta de trasladar 80 hipopótamos colombianos a la India convierte el zoológico privado de Pablo Escobar en una prueba global de conservación, poniendo a prueba si Colombia puede deshacer un crimen ecológico de la era narco sin exportar peligro, controversia o responsabilidad a través de océanos y fronteras una vez más.
El zoológico narco que se niega a morir
La escena del crimen nunca fue solo una mansión, una pista de aterrizaje, un ejército privado o un registro de rutas de cocaína. En Colombia, Pablo Escobar también dejó animales.
Décadas después de la muerte del narcotraficante, sus hipopótamos importados aún se desplazan por la cuenca del río Magdalena como pruebas vivientes de un caso que nadie sabe muy bien cómo cerrar. Por supuesto, ellos no son culpables. No eligieron Colombia. No eligieron la Hacienda Nápoles, la finca narco donde el espectáculo, el dinero y la violencia alguna vez se exhibieron para sí mismos. Pero se han convertido en una de las herencias más extrañas de la era Escobar: enormes, territoriales, reproductores, peligrosos y fuera de lugar.
Ahora, una propuesta del heredero multimillonario indio Anant Ambani para llevar 80 hipopótamos colombianos a la India se ha convertido en uno de los planes de reubicación de fauna más ambiciosos de los últimos tiempos. La operación enviaría a los animales en un viaje aéreo de 15,000 kilómetros al oeste de la India, donde Ambani, el hijo menor del hombre más rico de Asia, lleva años construyendo Vantara, un zoológico privado y centro de rescate de vida silvestre. EFE informó que gran parte de la logística se ha estado planificando desde 2023, cuando Ambani y el Santuario Ostok de México comenzaron a pedir al gobierno colombiano que permitiera transferir hipopótamos a sus países.
La cifra por sí sola suena irreal: 80 hipopótamos, algunos de más de 3 toneladas, serían trasladados en camión, en cajas y en aviones de carga desde el interior de Colombia hasta la India. Pero lo insólito no debe distraer de lo que está en juego. Colombia no solo intenta mover animales. Intenta gestionar la herencia biológica del crimen organizado.
EFE citó al director de Ostok, Ernesto Zazueta, quien ha estado involucrado en las negociaciones con Colombia, diciendo que el traslado de Colombia a la India costaría alrededor de 3 millones de dólares. Describió un proceso que comenzaría atrayendo a los hipopótamos a corrales ya construidos por la autoridad ambiental local. Una vez encerrados, especialistas usarían comida para entrenar a los animales a responder sin anestesia, preparándolos para cajas especialmente diseñadas, o guacales, para el viaje alrededor del mundo.
El plan luego enviaría a los animales por camión a un aeropuerto cerca de Medellín, donde serían cargados en tres aviones de carga operados por una empresa bielorrusa. Zazueta dijo a EFE que el trayecto tomaría aproximadamente 33 horas hasta Jamnagar, la ciudad india donde se ubica Vantara, y agregó que para un animal tranquilo, alimentado y atendido, no debería ocurrir nada.
Esa confianza es en parte tranquilidad, en parte apuesta.

Un plan de rescate con dientes
El financiamiento sigue sin estar claro. La carta de Ambani al gobierno colombiano supuestamente ofrecía recibir a los animales. Sin embargo, no especificaba si él pagaría por el traslado. Zazueta dijo a EFE que Vantara podría asumir gran parte del costo, como lo ha hecho antes con Ostok, que ha enviado casi 200 grandes felinos rescatados a la instalación india.
El problema mayor es el permiso. No se trata de un envío privado de carga exótica. Requiere autorización de Colombia e India, así como el cumplimiento de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES). El Ministerio de Ambiente de Colombia envió una solicitud formal a la India preguntando si autorizaría la transferencia y si Vantara cuenta con los permisos CITES necesarios para recibir a los hipopótamos.
La ministra de Ambiente, Irene Vélez, advirtió que la translocación requiere más que voluntad privada. Se necesitan permisos ambientales gubernamentales y un estricto cumplimiento de los acuerdos internacionales de biodiversidad ratificados por Colombia. Esa declaración es importante porque Colombia intenta demostrar que puede actuar como un Estado ambiental serio, incluso mientras lidia con el absurdo residuo de una fantasía narco.
La sombra sobre el plan es el propio Vantara. El ecosistema artificial de 1,200 hectáreas fue construido en medio de la infraestructura de la refinería de petróleo más grande del mundo y ha enfrentado acusaciones de malas prácticas y tráfico ilegal de vida silvestre. La Corte Suprema de la India desestimó esas acusaciones en septiembre de 2025. Sin embargo, expertos en conservación indios aún han cuestionado la transparencia de la instalación y el valor conservacionista del proyecto.
Un alto científico ambiental indio, que pidió anonimato a EFE para evitar conflictos con la adinerada familia Ambani, argumentó que la India tiene sus propias necesidades de conservación de especies en peligro y que millones de dólares estarían mejor invertidos allí. El científico ambiental y académico indio Ravi Chellam fue más tajante. Dijo a EFE que Vantara está en una región inadecuada para hipopótamos y calificó de crimen priorizar agua y recursos para hipopótamos en cautiverio, ya clasificados como invasores, por encima de las necesidades humanas.
Esa palabra, crimen, devuelve la historia a Colombia.

La herencia de violencia de Colombia
Los hipopótamos ya no son una curiosidad nacional simpática. Autoridades y expertos colombianos advierten que su presencia amenaza los ecosistemas acuáticos, especialmente especies nativas como el manatí. Como los hipopótamos son territoriales y agresivos, también representan riesgos para las comunidades ribereñas. El Instituto Humboldt advirtió en un informe de 2022 que su expansión pone en peligro tanto a los ecosistemas como a las personas.
A mediados de abril, el Ministerio de Ambiente de Colombia anunció que sacrificaría 80 hipopótamos para frenar un auge reproductivo que, sin medidas de control, podría llevar la población a 1,000 ejemplares para 2035. Esa es la dura aritmética detrás de la propuesta de traslado. O Colombia mata a algunos de los animales importados por Escobar, los esteriliza y contiene a un costo enorme, o exporta parte del problema a otro lugar.
No hay un final limpio. Matar a los animales resulta brutal porque son seres vivos atrapados en una historia creada por la vanidad humana. Llevarlos a la India parece dramático, quizá misericordioso. Pero plantea preguntas sobre si Colombia está resolviendo una crisis o transfiriéndola a otro encierro controlado por multimillonarios. Dejarlos en paz significaría permitir que un error de la era narco siga reproduciéndose en los humedales colombianos.
Para Colombia, el significado más profundo es que el crimen organizado no termina cuando el criminal muere. Deja arquitectura, traumas, rastros de dinero, viudas, mitos, corrupción política, violencia huérfana y, en este caso surrealista, una población invasora de megafauna. Los hipopótamos de Escobar son prueba de que el poder narco alteró no solo instituciones y barrios, sino la naturaleza misma.
Por eso esta historia importa más allá de la conservación. Colombia intenta pasar de la era del espectáculo narco a la era de la responsabilidad ambiental. Sin embargo, el pasado sigue emergiendo, enorme y gris, en el río. Ahora el Estado debe gastar dinero, capital diplomático y energía moral para limpiar lo que desató el imperio de un criminal.
Si el traslado a la India ocurre, será recordado como una extraña misión global de rescate. Si fracasa, Colombia volverá a la pregunta más difícil: sacrificar animales que nunca pidieron ser símbolos. De cualquier manera, los hipopótamos ya han hecho lo que hacen los fantasmas en América Latina. Se han negado a quedarse enterrados.




