Argentina cierra la prensa y la democracia escucha el portazo
La decisión de Argentina de bloquear el acceso de periodistas acreditados a la Casa Rosada fue más que una disputa con la prensa. Simbólicamente, le dijo a la democracia que el escrutinio no es bienvenido, la crítica es sospechosa y el poder prefiere pasillos sin testigos, preguntas ni fricción institucional pública.
Cuando el poder despeja el pasillo
A veces, los mensajes políticos más claros no se entregan desde un podio. Llegan a través de accesos denegados, una máquina apagada, una puerta que de repente no se abre. Eso fue lo que ocurrió cuando el presidente de Argentina, Javier Milei, bloqueó el acceso de la prensa a la sede del Poder Ejecutivo el jueves, en lo que las crónicas describen como una decisión sin precedentes, condenada por periodistas, medios de comunicación y la oposición.
Según reportes y entrevistas de EFE, el gobierno desactivó sin previo aviso el sistema de registro de huellas digitales, que permitía a unos 60 periodistas acreditados de medios nacionales y extranjeros ingresar a la Casa Rosada y realizar su trabajo diario en la sala de prensa. La medida llegó poco después de que el gobierno presentara una denuncia judicial contra los periodistas Luciana Geuna e Ignacio Salerno de Todo Noticias por una supuesta violación de la seguridad relacionada con imágenes grabadas dentro del edificio y luego emitidas en un programa sobre conflictos internos en el Ejecutivo.
Oficialmente, el gobierno enmarcó la medida como preventiva. Javier Lanari, secretario de Medios y Comunicación de Argentina, argumentó en X que eliminar las huellas digitales de los periodistas era una medida preventiva en respuesta a una denuncia presentada por la Casa Militar por presunto espionaje ilegal, y que el único propósito era garantizar la seguridad nacional. Esa es la explicación formal. Pero las democracias no se juzgan solo por las explicaciones que emiten. Se juzgan por el significado político que tienen sus acciones.
Y simbólicamente, esta golpea fuerte. Dice que la proximidad misma se ha vuelto intolerable. Dice que la presencia de periodistas cerca del poder se trata menos como una necesidad democrática que como un riesgo de contaminación. En cualquier país, eso sería grave. En Argentina, con su larga y difícil memoria democrática, se siente especialmente cargado. La sala de prensa no es un anexo de lujo al gobierno. Es uno de los pequeños espacios cotidianos donde el poder se ve obligado a convivir con la observación.
Por eso la dimensión humana de esto importa tanto. No se trató de intrusos anónimos irrumpiendo en un sitio restringido. Eran reporteros acreditados haciendo el trabajo repetitivo y poco glamoroso que mantiene la vida pública comprensible. Entrar, esperar, preguntar, escuchar, verificar. La democracia depende de esa coreografía mundana más de lo que los líderes suelen admitir.
Tatiana Scorciapino, periodista de Tiempo Argentino acreditada en la Casa Rosada, dijo a EFE que los periodistas no habían recibido ninguna comunicación oficial explicando por qué la secretaria general de la Presidencia, Karina Milei, había decidido impedirles el ingreso y cerrar arbitrariamente la sala de prensa. Agregó que nunca había ocurrido algo de tal magnitud en la historia democrática del país. Esa frase no debe leerse solo como indignación. Es una advertencia sobre la escala institucional.

Un gobierno que trata el escrutinio como agresión
El mensaje se oscureció aún más porque no se detuvo en el acto administrativo en sí. Milei, cuyo conflicto con la prensa ya es parte de su estilo público, publicó en redes sociales que “no odiamos lo suficiente a los periodistas”, y luego agregó que “ser corrupto y violar las leyes de seguridad no es gratis. Algún día, la basura inmunda que es la prensa (95%) tendrá que entender que no están por encima de la ley.”
Ese tipo de lenguaje importa, no porque sea grosero, sino porque ayuda a definir el estatus moral del periodismo ante los ojos del Estado. Un gobierno puede pelearse con los reporteros. Puede acusarlos de falta de imparcialidad, hostilidad y distorsión. Eso no es nuevo. Pero cuando el poder empieza a describir a la prensa como basura, como un sector al que hay que odiar más de lo que ya se la odia, la línea simbólica se desplaza. El periodismo deja de ser tratado como una contrafuerza legítima en una democracia y empieza a ser narrado como un contaminante adherido a la vida pública.
Aquí es donde la medida trasciende lo ocurrido el jueves en la Casa Rosada. Empieza a parecer pedagogía política. Una lección. El gobierno le está enseñando a su audiencia que la crítica no es parte de la fricción democrática, sino parte de un problema de seguridad, una molestia, quizás incluso una amenaza. Esa lección es corrosiva porque las democracias se construyen no sobre la comodidad, sino sobre la irritación tolerada. Se supone que los gobiernos deben sentirse incómodos ante las preguntas. Se supone que la prensa debe estar lo suficientemente cerca para hacerlas.
Las reacciones descritas en las crónicas muestran por qué tantos comprendieron la gravedad de la situación de inmediato. ADEPA, que agrupa a 180 empresas periodísticas, expresó su máxima preocupación y calificó la decisión del gobierno como inoportuna, sin precedentes en la historia democrática argentina y directamente lesiva para la libertad de expresión y el derecho a la información. FOPEA y SiPreBa también condenaron la medida por su extrema gravedad institucional. Amnistía Internacional advirtió en X que el deterioro del ambiente para la libertad de expresión y el periodismo en Argentina es rápido y sostenido. Señaló que el clima de intolerancia estatal hacia la crítica, la estigmatización y el hostigamiento a la prensa durante los dos años de gestión del actual presidente, se ha convertido en política de Estado.
Hay una coherencia sombría en todo esto. La barrera administrativa, la denuncia judicial punitiva, el lenguaje despectivo del presidente y la alarma de periodistas y sociedad civil apuntan en la misma dirección, no hacia un simple choque de procedimientos, sino hacia un intento de redefinir los límites emocionales de la vida pública para que la hostilidad del gobierno al escrutinio se sienta normal.

Lo que escucha la democracia cuando se deja afuera a los periodistas
Una docena de legisladores de varios bloques opositores se reunieron en las puertas de la Casa Rosada en solidaridad con los periodistas y presentaron una carta solicitando explicaciones urgentes a los titulares de la Casa Militar y la Secretaría de Medios. La diputada Mónica Frade dijo a EFE que este gobierno no tolera que la prensa esté cerca. Argumentó que están saliendo a la luz muchas cosas que el gobierno necesita ocultar y que, para este gobierno, la prensa es una molestia absoluta y un riesgo. Marcela Pagano presentó una denuncia penal contra Milei. Advirtió en redes sociales que prohibir a los periodistas ejercer la libertad de expresión es el primer paso para silenciar cualquier voz disidente.
Estar de acuerdo o no con cada palabra del argumento opositor es casi secundario frente a la imagen simbólica que ahora se observa. Periodistas fuera de las puertas. Legisladores opositores reuniéndose físicamente en el umbral. Una sala de prensa cerrada arbitrariamente. El Estado habla el lenguaje de la seguridad, mientras sus críticos hablan el lenguaje de la democracia. Esto no es solo una disputa de políticas. Es una escena. Y las escenas importan en política porque los ciudadanos aprenden de ellas.
¿Qué escucha la democracia en una escena así? Escucha que el acceso puede ser revocado sin aviso. Se escucha que el periodismo acreditado puede ser recodificado como un riesgo. Escucha que insultar a la prensa ya no es una pérdida de mesura presidencial, sino una continuación de la política por otros medios. Escucha que el Estado puede estar desarrollando el gusto por gobernar sin la incomodidad de los testigos.
Por eso la decisión se siente tan simbólicamente peligrosa. No porque la democracia argentina desaparezca en el momento en que se desactiva un sistema de huellas digitales, sino porque la erosión democrática suele anunciarse a través de gestos que parecen técnicos antes de volverse culturales. Se cierra una sala. Se propaga un insulto. Se degrada una profesión. El público se acostumbra. Y entonces nace un hábito.
Lo que ocurrió en la Casa Rosada cuenta una historia simple y fea. Un gobierno confrontado por el periodismo eligió alejar aún más al periodismo. En cualquier democracia, eso es una confesión de instinto político. Dice que el poder se siente más seguro cuando hay menos ojos en la sala. Y una vez que un gobierno empieza a creer eso, la prensa no es lo único que queda afuera. La democracia misma empieza a esperar en la puerta.
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