ANÁLISIS

Colombia no puede erradicar el reclutamiento infantil solo con bombardeos

La renovada guerra aérea de Colombia en Guaviare promete seguridad mediante una fuerza abrumadora. Sin embargo, los cuerpos de adolescentes reclutados exponen una verdad más dura: un Estado no derrota a los grupos armados aceptando que los mismos niños que esos grupos robaron sean bajas desechables en el campo de batalla.

El bosque guarda las pruebas

En Guaviare, los números llegan antes que los nombres. El presidente Abelardo de la Espriella anunció que la Operación Azarías dejó 20 miembros de la estructura Carolina Ramírez muertos, cinco capturados y dos menores “recuperados”. EFE informó que el objetivo era una facción vinculada a Iván Mordisco, comandada por alias El Tigre o Pintado. Las armas, el alcance territorial y los ataques atribuidos dejan clara la amenaza. Colombia no está enfrentando a un enemigo inventado.

Pero otra operación en el departamento ha hecho que el lenguaje de victoria del gobierno sea más difícil de escuchar. La Operación Amón, cerca de El Retorno, dejó diez personas muertas. La identificación forense determinó que tres eran niños, dos de 15 años y uno de 16. Se reporta que otro menor murió en un bombardeo anterior en Catatumbo. Sus edades solo se confirmaron después de que los cuerpos llegaron a laboratorios en Florencia y Villavicencio. La certeza militar llegó primero. La infancia se descubrió después.

Las organizaciones armadas que reclutan niños cargan con la primera y mayor culpa. El reclutamiento no es un rito de paso rústico ni un efecto colateral de la rebelión. Es coerción, explotación y control territorial. Los comandantes que llevan adolescentes a los campamentos, los entrenan y arman, y luego los ubican cerca de objetivos militares deben ser investigados a fondo, no solo denunciados.

Aun así, el delito del reclutador no cancela el deber del Estado. Lo intensifica. El derecho internacional humanitario exige distinción, proporcionalidad y precauciones factibles. Los niños afectados por el conflicto armado reciben protección especial, y el CICR señala que las partes deben tomar precauciones factibles para determinar si alguien es civil y participa directamente en las hostilidades. La Corte Constitucional de Colombia considera víctimas a los menores de 18 años reclutados.

Un adolescente reclutado puede, dependiendo de su conducta verificada, perder la protección contra ataques directos mientras participa directamente o cumple una función continua de combate. Esa es la dura realidad legal. Pero eso no vuelve irrelevante la infancia ni borra el deber de verificar, reevaluar y elegir una alternativa factible menos dañina. La ley no pide a los comandantes que finjan que los fusiles son juguetes. Les pide que no finjan que cualquiera cerca de un fusil es un objetivo legítimo.

El presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, en Bogotá, Colombia. EFE/Mauricio Dueñas Castañeda

Una advertencia del treinta por ciento

El número más revelador de la Operación Amón no es diez. Es tres. Los niños representaron el 30 por ciento de los muertos. Eso no es daño colateral en el margen de una gran formación. Es una advertencia de que la composición del campamento, la inteligencia o los supuestos detrás de la autorización requerían mayor escrutinio.

El historial más amplio hace imposible las excusas partidistas. Las cifras citadas en los reportes detrás de este caso atribuyen 367 muertes por bombardeos al gobierno de Iván Duque, incluyendo 42 menores, y 458 al de Gustavo Petro, incluyendo 62 menores. En esos conteos, los niños representaron aproximadamente el 11.4 por ciento bajo Duque y el 13.5 por ciento bajo Petro. En conjunto, 104 de 825 personas muertas eran menores, aproximadamente uno de cada ocho.

Esa continuidad importa. La “paz total” de Petro no evitó que niños murieran en operaciones aéreas, incluyendo un bombardeo en Guaviare que mató a siete menores entre 12 y 15 años. El giro de mano dura de De la Espriella no se vuelve legal solo por ser más franco respecto al uso de la fuerza. Un estándar de derechos humanos que cambia con el presidente no es un estándar. Es lealtad partidista disfrazada de lenguaje humanitario.

Guaviare expone un viejo desequilibrio colombiano. Los grupos armados reclutan donde el Estado civil es débil, la oportunidad escasa y la distancia protege la autoridad criminal. Luego el Estado nacional llega en su forma más poderosa y menos cercana: desde el aire. Colombia paga la ausencia institucional con urgencia militar. Una bomba puede destruir un campamento. No puede reemplazar una escuela, proteger una familia, investigar una red de reclutamiento ni ofrecer a un adolescente una salida creíble.

Culpar solo al grupo armado, aunque moralmente satisfactorio, es estratégicamente débil. Trata a los niños reclutados como prueba de la depravación enemiga, pero no como inteligencia que el Estado debe incorporar. Save the Children argumentó que la posible presencia de menores debe anticiparse durante la inteligencia y la planificación, no descubrirse en el balance forense posterior. Los dos menores recuperados con vida durante la Operación Azarías demuestran que la presión militar y la protección infantil no son opuestas. La planificación, el momento y el control pueden hacer posible el rescate.

Dos niñas en una zona afectada por la violencia en Colombia. EFE/Christian Escobar Mora

La seguridad se mide por quién regresa a casa

Colombia necesita una doctrina de doble precaución para ataques a campamentos en regiones conocidas por el reclutamiento infantil. Eso implica un umbral de autorización más alto cuando la inteligencia indica que puede haber menores presentes, una reevaluación obligatoria justo antes de liberar las armas, y cancelación cuando la edad, el rol o la composición del objetivo siguen siendo materialmente inciertos. Los comandantes deben documentar por qué la captura, el cerco, la vigilancia o una operación terrestre no fueron factibles.

Cuando muere un niño, debe seguirse automáticamente una revisión independiente. El gobierno debería publicar una versión editada del proceso de verificación del objetivo, la ventaja militar esperada, las estimaciones de daño a civiles, las alternativas consideradas y las precauciones tomadas. El secreto puede proteger fuentes y tácticas. No debe proteger razonamientos débiles. “Se cumplieron todos los estándares legales” es una conclusión, no una rendición de cuentas pública.

El éxito debe medirse de otra manera. El conteo de cuerpos premia la fuerza visible. Mejores indicadores incluyen reclutadores capturados, niños rescatados con vida, canales de rendición abiertos, redes de financiamiento desmanteladas, comunidades protegidas y territorio bajo control de instituciones civiles después de la retirada de las tropas. Los muertos no pueden desertar, testificar ni identificar quién los reclutó. Los niños rescatados pueden exponer el engranaje, siempre que sean tratados primero como víctimas y no como trofeos de inteligencia.

De la Espriella tiene razón al decir que Colombia no puede ofrecer negociaciones interminables a grupos armados que usan el diálogo como fachada. Sus opositores tienen razón al afirmar que el Estado no puede normalizar la muerte de niños como el precio inevitable de la determinación. Esas posturas no se excluyen mutuamente. Una política de seguridad madura se encuentra entre los absolutos retóricos: persecución implacable de reclutadores, uso disciplinado de la fuerza contra objetivos militares verificados y una presunción operativa de que una infancia robada sigue valiendo la pena salvar.

La pregunta no es si Colombia debe defenderse. Debe hacerlo. La pregunta es qué tipo de Estado se convierte mientras lo hace. Una república demuestra su fortaleza no solo llegando a un campamento oculto bajo la selva, sino reconociendo quién fue llevado allí, quién aún puede regresar a casa y de quién no se puede desentender la vida como si fuera solo culpa ajena.

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