ANÁLISIS

Colombia podría fallar a las niñas mientras se estanca el proyecto de ley contra la mutilación genital femenina

El proyecto de ley pendiente sobre mutilación genital femenina en Colombia corre el riesgo de morir antes de un debate final en el Senado. Estas alarmantes organizaciones de derechos dicen que las niñas indígenas siguen expuestas mientras los legisladores retrasan la prevención, la educación comunitaria y una respuesta nacional coordinada ante una emergencia de derechos humanos oculta.

Una ley atrapada por el reloj

En Colombia, un proyecto de ley puede morir en silencio. No con una votación dramática. No con discursos ni un rechazo público. A veces muere porque se acaba el tiempo. Al final, ese último debate nunca ocurre, porque la legislatura se cierra y el dolor de las niñas vuelve al principio.

Eso es lo que alarma a las organizaciones que luchan por erradicar la mutilación genital femenina, conocida como MGF, en Colombia. El proyecto de ley destinado a fortalecer las medidas de prevención y respuesta está en riesgo de colapsar porque aún le falta un debate final antes de que termine la actual legislatura. Si cae, la propuesta tendría que ser presentada de nuevo desde cero después de que el nuevo Congreso comience a trabajar el 20 de julio.

Para las catorce organizaciones que enviaron una carta urgente al Senado de Colombia, el retraso no es un simple trámite. Es un mensaje. Colombia reconoció la existencia de la MGF hace casi veinte años, pero los grupos de derechos advierten que el país aún no ha tomado medidas decisivas para prevenir, atender y erradicar la práctica. El resultado es una contradicción nacional: un país que sabe que la herida existe, pero que aún lucha por construir la maquinaria legal para detenerla.

Leandra Becerra, abogada para América Latina y el Caribe de Equality Now, dijo a EFE que dejar morir el proyecto enviaría mensajes “muy dolorosos y graves”. Uno de ellos, señaló, es que el Congreso está fallando a las lideresas y comunidades indígenas que ya han estado desarrollando estrategias para eliminar la MGF en sus territorios.

Sus palabras son importantes porque resisten una lectura superficial del tema. No se trata de una simple historia del Estado llegando a castigar a las comunidades indígenas. El proyecto de ley, según sus defensores, no busca crear un nuevo delito ni imponer medidas punitivas. Propone educación, sensibilización, prevención y trabajo conjunto con las comunidades. Esa diferencia importa. El objetivo no es la humillación cultural. Es la protección sin reproducir el viejo hábito colonial de hablar de los pueblos indígenas solo como problemas.

Una sesión en el Congreso en Bogotá, Colombia. EFE/Carlos Ortega

El cuerpo carga con el retraso de la ley

La MGF incluye procedimientos que implican la extirpación total o parcial de los genitales externos femeninos u otras lesiones a los órganos genitales femeninos por razones no médicas. Según UNICEF, suele realizarse en niñas desde la infancia hasta los quince años. Las organizaciones internacionales la consideran una grave violación de los derechos humanos de niñas y mujeres porque puede producir consecuencias físicas y psicológicas de por vida.

Los efectos inmediatos pueden incluir hemorragia, infección, dolor intenso y, en los casos más graves, la muerte. Las consecuencias a largo plazo pueden ser complicaciones obstétricas, urinarias, sexuales y reproductivas, así como depresión, ansiedad y estrés postraumático. Becerra dijo a EFE que esto demuestra que la MGF también es una violación del derecho a la salud sexual y reproductiva y que no ofrece ningún beneficio a niñas o mujeres.

Esas palabras deberían ser lo suficientemente claras como para impulsar una legislación. Pero en Colombia, incluso las cuestiones de derechos más urgentes suelen quedar atrapadas en la congestión política. El país se ha acostumbrado a que las emergencias compitan por atención: conflicto armado, violencia criminal, desplazamiento, corrupción, reforma de la salud, elecciones, desigualdad y negociaciones de paz. En esa agenda nacional saturada, el sufrimiento de las niñas indígenas puede quedar relegado, tratado como algo local, cultural o marginal.

Ese es precisamente el peligro. La MGF sobrevive políticamente cuando se la vuelve invisible. Sobrevive cuando el Estado la ve solo como una práctica aislada en vez de una violación que requiere salud pública, educación, diálogo comunitario y coordinación institucional. Sobrevive cuando los cuerpos de las niñas resultan demasiado incómodos para que el Congreso les dé prioridad.

Los datos citados por las organizaciones son limitados pero contundentes. Entre 2020 y 2025, se documentaron 204 casos de MGF en Colombia. De esos, 177 involucraron a niñas indígenas, especialmente en Risaralda y Chocó, dos departamentos del occidente donde la geografía, la pobreza, la ausencia estatal y la autonomía indígena dificultan la intervención.

Esas cifras deben leerse con cuidado. No necesariamente capturan la magnitud total de la práctica. Las formas ocultas de violencia de género suelen estar subregistradas, especialmente cuando ocurren en zonas remotas, dentro de comunidades donde la confianza en las autoridades externas es frágil, o en contextos donde las familias temen el estigma, el castigo o el ataque cultural. La cifra documentada puede ser menos un techo que una luz de advertencia.

Participantes en la acción organizada por Médicos del Mundo. EFE/Jesús Diges

El mapa inconcluso de derechos en América Latina

En noviembre de 2025, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos realizó su primera audiencia pública temática sobre la MGF en las Américas, reconociéndola como un problema regional urgente y enfatizando la responsabilidad de los Estados de adoptar marcos legales sólidos. El mensaje fue claro: los esfuerzos aislados no son suficientes. Los gobiernos necesitan respuestas coordinadas.

Ese enfoque regional importa para América Latina. El continente suele decirse a sí mismo que la MGF es un tema lejano, asociado con África o Medio Oriente, no con las Américas. Colombia rompe esa ilusión. Le recuerda a la región que la violencia de género puede esconderse en cualquier geografía, incluso en aquellas que se consideran excepcionales. También muestra que los sistemas de derechos humanos deben prestar atención no solo a la violencia pública y espectacular, sino a los daños privados y ritualizados que marcan a las niñas antes de que puedan consentir o siquiera comprender.

El caso colombiano es especialmente delicado porque se sitúa en la intersección de los derechos indígenas y los derechos de las niñas. América Latina tiene una larga historia de violar la autonomía indígena en nombre de la civilización, la religión, el desarrollo o el control estatal. Cualquier respuesta a la MGF debe evitar repetir esa violencia. Pero el respeto a la cultura no puede ser silencio ante un daño irreversible. El camino serio es el que ya señalan las lideresas indígenas y las organizaciones de derechos: educación, diálogo, prevención, atención en salud, trabajo comunitario y reconocimiento legal que proteja a las niñas sin criminalizar a pueblos enteros.

El posible colapso del proyecto de ley tendría, por tanto, consecuencias más allá de Colombia. Sería una señal de que, incluso cuando un organismo regional de derechos humanos reconoce la urgencia, y aun cuando la sociedad civil aporta datos y rutas comunitarias, la inacción legislativa puede derrotar la protección. Para América Latina, donde muchos derechos existen en el papel pero colapsan en la implementación, esa es una tragedia conocida.

El Senado aún tiene, como dicen las organizaciones, una oportunidad histórica para convertir el reconocimiento en una respuesta legal efectiva y evitar que este avance se pierda por inacción. Esa frase, por inacción, es la clave. No todo fracaso proviene de la hostilidad. Algunos fracasos vienen del retraso. De la agenda. De la evasión. De la decisión silenciosa de que otro asunto es más urgente.

Pero para una niña en riesgo, el retraso no es neutral. Es exposición.

Colombia lleva casi dos décadas sabiendo que la MGF existe dentro de sus fronteras. El país ya no necesita descubrir el problema. Necesita decidir si protegerá a las niñas que viven con ese conocimiento.

Lea También: La violencia en la campaña de Colombia convierte la división de la derecha en la prueba más dura para la democracia

Related Articles

Botón volver arriba
LatinAmerican Post