ANÁLISIS

La violencia en la campaña de Colombia convierte la división de la derecha en la prueba más dura para la democracia

El vandalismo en la sede de campaña de Paloma Valencia en Bogotá expone unas elecciones colombianas tensas donde confluyen el miedo a la inseguridad, la fragmentación de la derecha, la política de la IA, las ambiciones constitucionales de Petro y el recuerdo del asesinato de Miguel Uribe, justo antes de que los votantes elijan el 31 de mayo bajo fuerte presión nacional.

Una sede de campaña se convierte en advertencia

El vidrio roto en Chapinero no era solo vidrio roto. En el tramo final de la campaña presidencial de Colombia, la sede vandalizada de Paloma Valencia, candidata del derechista Centro Democrático, se volvió un pequeño pero revelador teatro de la ansiedad más profunda del país: la política ya no está solo polarizada. Ahora se expone físicamente.

La oficina de campaña de Valencia en Bogotá fue atacada el jueves por un grupo de jóvenes encapuchados que protestaban en una de las principales avenidas de la capital. La sede quedó con grafitis, ventanas destrozadas, pintura arrojada desde la calle y material de campaña arrancado. Algunos de los manifestantes enmascarados bajaron un cartel de campaña tras tachar el rostro de Juan Daniel Oviedo, compañero de fórmula vicepresidencial de Valencia, según relatos de la campaña incluidos en los reportes.

El secretario de Gobierno de Bogotá, Gustavo Quintero, condenó el episodio en X, afirmando que un grupo aislado había recurrido a la violencia de manera injustificada e incluso atacado a equipos de diálogo y convivencia de la ciudad que trabajaban en el lugar. La campaña de Valencia calificó el ataque de inaceptable, señalando que los agresores ingresaron al sitio para pintar grafitis en las instalaciones, robar elementos de la fachada y poner en peligro a las personas dentro de la oficina. La campaña también vinculó el incidente con el vandalismo ocurrido dos días antes cerca de la residencia del expresidente Álvaro Uribe en Rionegro, cerca de Medellín, y pidió a las autoridades investigar, identificar a los responsables y garantizar la seguridad de todos los actores políticos antes de las elecciones del treinta y uno de mayo.

Esa exigencia no es rutinaria. Colombia ha aprendido, una y otra vez, que la violencia política rara vez comienza con el acto más dramático. Comienza con el permiso. Se arranca un cartel. Se tacha un rostro. Se marca una sede de campaña como territorio enemigo. Un rumor de amenaza. Un escolta más. Un candidato que cambia de ruta. Un mitin que se convierte en cálculo de riesgo.

El país llega a estas elecciones cargando el recuerdo del senador Miguel Uribe Turbay, aspirante presidencial del Centro Democrático, quien fue baleado en un evento de campaña en el barrio Modelia de Bogotá el 7 de junio del año pasado. Murió dos meses después. Valencia ha invocado su caso directamente, diciendo que no pide lástima sino que promete liderar una agenda de seguridad para que Colombia pueda vivir sin miedo.

La candidata presidencial colombiana Paloma Valencia en Bogotá, Colombia. EFE / Mauricio Dueñas Castañeda.

La derecha se enfrenta mientras Cepeda lidera

El ataque a la sede de Valencia se produjo en una contienda ya marcada por un extraño desequilibrio. Iván Cepeda, el senador de izquierda que compite con la coalición Pacto Histórico del presidente Gustavo Petro, lidera las principales encuestas. Pero el voto conservador está dividido entre Valencia y el ultraderechista Abelardo de la Espriella, el polémico abogado conocido como “el Tigre”. Valencia se ubica en torno al tercer lugar en intención de voto, detrás de Cepeda y De la Espriella.

Esa división puede decidir la elección más que cualquier discurso de campaña. Es poco probable que la primera vuelta se defina de inmediato, ya que los candidatos necesitan más del 50 por ciento para evitar una segunda vuelta el veintiuno de junio, y Cepeda sigue por debajo de ese umbral en varias encuestas. La contienda, entonces, es en parte una competencia para determinar a qué rival enfrentará la izquierda en la segunda vuelta: Valencia, la heredera uribista con experiencia institucional y menor rechazo, o De la Espriella, el outsider de línea dura cuyo mensaje agresivo de seguridad puede entusiasmar a la derecha pero asustar al centro.

La tensión entre ambos se ha hecho cada vez más pública. De la Espriella acusó a Valencia de evitar un debate abierto y desestimó su campaña como “jueguitos”, presentándose como alguien ajeno al establecimiento político. Valencia, sin embargo, carga tanto con la fortaleza como con el peso del Centro Democrático, fundado por Álvaro Uribe, la figura conservadora central de la política colombiana moderna y adversario histórico de Cepeda.

Por eso el vandalismo no puede leerse como un ataque a una sola oficina. Se convierte en combustible simbólico para el argumento mayor de la derecha de que las fuerzas de oposición carecen de garantías en Colombia. También permite a Valencia reforzar el mensaje central de su campaña: seguridad, orden y resistencia a la intimidación. Sin embargo, el mismo incidente puede profundizar la espiral emocional que dificulta el debate sereno.

Valencia ya ha denunciado que un frente disidente de las FARC planeaba asesinarla, diciendo que le informaron que un grupo narcoterrorista había puesto precio a su cabeza. Afirmó que el supuesto complot involucraba al Frente Cuarenta y Dos de las FARC y a un individuo conocido como Buchetula, con un pago de 2 mil millones de pesos, unos 560.000 dólares. El presidente Gustavo Petro rechazó esa versión, diciendo que la inteligencia indicaba que el supuesto atentado no era real sino una disputa entre criminales. El ministro de Defensa, Pedro Sánchez Suárez, también dijo que el trabajo de inteligencia descartó una amenaza contra Valencia vinculada a la estructura de las FARC o al individuo mencionado, aunque insistió en que la protección de seguridad para los candidatos seguía activa.

En una democracia sana, tales denuncias se procesarían a través de instituciones en las que confían todas las partes. Colombia ya no tiene ese lujo. Cada desmentido puede leerse como una forma de minimizar. Cada advertencia puede verse como teatro de campaña. Cada informe de seguridad se convierte en material político.

Un grupo de personas observa la sede de campaña de la candidata presidencial colombiana Paloma Valencia, vandalizada en Bogotá, Colombia. EFE / Mauricio Dueñas Castañeda.

Una papeleta bajo presión regional

Para América Latina, las elecciones en Colombia importan porque el país se encuentra en la intersección de casi todas las fracturas regionales: crimen, producción de coca, disidencias armadas, fatiga democrática, gasto social, populismo de seguridad, reforma constitucional y el futuro de la izquierda tras Petro. Si Colombia se inclina demasiado hacia el miedo, podría sumarse al giro latinoamericano hacia políticas de seguridad de mano dura. Si descarta el miedo con demasiada facilidad, corre el riesgo de parecer indiferente ante ciudadanos que viven bajo extorsión, ataques y control armado.

La ventaja de Cepeda depende en parte de la maquinaria política de Petro y del impulso de gasto del gobierno. Observadores han señalado niveles récord de gasto, un aumento del salario mínimo del 24 por ciento y un auge en la creación de empleo público. Entre marzo de 2025 y marzo de 2026, se crearon 650.000 nuevos empleos, incluidos 369.000 en sectores de servicio público como educación, salud y administración. No es un detalle menor. Significa que la elección transcurre con el Estado mismo jugando un papel económico poderoso en la vida de los votantes.

Pero Cepeda también carga con vulnerabilidades. Apoya la política de “paz total” de Petro en un momento en que la opinión pública se endurece tras ataques como la matanza de 20 civiles en el Cauca a finales de abril. Ha respaldado el impulso de Petro para una Asamblea Constituyente, que el presidente dijo presentaría antes del 20 de julio, cuando se instale el nuevo Congreso. Otros candidatos rechazan la idea, convirtiéndola en una de las cuestiones institucionales más explosivas de la campaña.

En Colombia, el cambio constitucional nunca es solo arquitectura legal. Es una lucha por quién tiene el derecho de refundar la república, bajo qué mandato y con qué salvaguardas. En un país con grupos armados aún activos y una confianza pública frágil, la propuesta puede venderse como renovación democrática o temerse como vía al exceso de poder político.

Por eso importa la sede vandalizada. Aparece justo en el punto donde la elección colombiana se estrecha en una forma emocionalmente peligrosa: izquierda contra derecha, paloma contra tigre, Uribe contra Petro, seguridad contra paz, establecimiento contra outsider, reforma contra miedo. El próximo presidente asumirá el 7 de agosto con poco margen de error y una región observando de cerca.

Colombia no necesita una campaña de vidrios rotos y rostros tachados. Necesita una campaña capaz de enfrentar las preguntas más difíciles del país sin convertir a los rivales en blancos. La oficina en Chapinero puede repararse. La tarea más difícil es reparar el piso democrático que la sostiene.

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