Bolivia sopesa estado de excepción mientras los bloqueos cercan La Paz
La crisis de bloqueos en Bolivia ha empujado al presidente Rodrigo Paz hacia poderes de emergencia, exponiendo una peligrosa lucha entre la protesta social, la fuerza estatal, la memoria indígena, la escasez de alimentos y el antiguo temor latinoamericano de que el orden puede convertirse rápidamente en represión.
Un país al borde de la emergencia
Bolivia vuelve a estar en el punto donde un bloqueo de carretera se convierte en algo más que un bloqueo. Se convierte en una pregunta sobre quién controla el país. ¿El gobierno electo en La Paz, o los movimientos sociales que pueden cortar sus arterias con piedras, cuerpos y rabia?
Mientras las protestas y los bloqueos entran en su cuarta semana, la posibilidad de que el presidente Rodrigo Paz declare un estado de excepción ha pasado de ser un rumor a una preparación legal. El Senado de Bolivia aprobó un proyecto de ley para derogar restricciones vigentes desde 2020, allanando el camino, si la Cámara de Diputados lo respalda, para que el gobierno despliegue fuerzas de seguridad con menos límites parlamentarios en medio de una crisis que ha dejado a La Paz y El Alto luchando con la escasez de alimentos y combustible.
El debate surge mientras los manifestantes, especialmente en la región andina, exigen la renuncia de Paz. La geografía importa. El altiplano boliviano no es solo territorio. Es memoria política. Son los lugares donde las organizaciones indígenas, los sindicatos y el poder rural han demostrado repetidamente que el Estado puede ser desafiado no solo en las urnas, sino también en la carretera.
El proyecto de ley aprobado el domingo en el Senado derogaría la actual Ley de Estado de Excepción y ahora debe ser debatido por la Cámara de Diputados. Su objetivo es dar respaldo legal a Paz para invocar una medida de emergencia permitida por la Constitución de 2009, promulgada durante el gobierno de Evo Morales. La ironía es evidente. Una herramienta constitucional nacida bajo Morales podría ahora ser utilizada por un gobierno que enfrenta presión de la comunidad campesina aymara, la Central Obrera Boliviana y sectores leales al propio Morales.
Carlos Alarcón, legislador de la alianza Unidad y promotor de la medida, dijo a EFE que el proyecto busca abolir la ley de 2020 aprobada bajo Eva Copa, entonces presidenta interina de la Asamblea Legislativa. Esa ley exigía regulación parlamentaria de las decisiones ejecutivas que involucraran a las fuerzas de seguridad en conflictos internos. Alarcón argumenta que el marco actual ata las manos del gobierno, impidiéndole usar la fuerza legítima y legal del Estado a través de un estado de excepción.
Ese es el lenguaje de la autoridad. Pero las calles de Bolivia escuchan otro idioma también: la memoria de 2019.

El fantasma de 2019 regresa
La llamada ley Eva Copa fue aprobada durante el gobierno transitorio de Jeanine Áñez para limitar el uso de las fuerzas de seguridad tras la crisis que siguió a la renuncia de Morales en 2019, cuando las muertes durante los disturbios dejaron una profunda cicatriz en la memoria nacional. La Vicepresidencia, encabezada por Edmand Lara, quien se ha declarado en contra de la medida, señaló que la ley de 2020 fue diseñada para evitar que el Estado respondiera nuevamente a los conflictos sociales con armas letales después de aquellos dolorosos acontecimientos.
Esa advertencia no puede ser descartada como simple cautela procedimental. En América Latina, los poderes de emergencia suelen llegar envueltos en lenguaje legal, pero se recuerdan a través de los cuerpos. El Estado puede hablar de restaurar el orden. Las familias recuerdan a quienes no regresaron. Bolivia sabe esto más que la mayoría de los países porque su política moderna ha sido moldeada repetidamente por el choque entre fuerzas de seguridad y comunidades movilizadas.
La ley actual establece que bajo un estado de excepción, cualquier restricción a la libertad como castigo está prohibida, y que las Fuerzas Armadas solo pueden ser utilizadas para controlar disturbios civiles cuando la policía ha sido sobrepasada. No existe otro medio efectivo para restablecer el orden. Para Alarcón, esto da al legislativo demasiada capacidad para “hacer y deshacer” un decreto gubernamental. Lo calificó de absurdo, argumentando que los legisladores carecen del conocimiento en seguridad necesario durante convulsiones internas.
Sin embargo, la propia Constitución, en el Artículo 137, ya establece límites. Permite un estado de excepción en todo o parte del país durante conmoción interna. Aun así, señala que los derechos y garantías fundamentales no pueden ser suspendidos. No exige automáticamente el despliegue militar. Eso dependería de la evaluación específica del gobierno sobre el conflicto. Alarcón sugirió que la medida podría aplicarse de manera gradual, primero con despliegue policial y luego con intervención militar en ciertas regiones.
Esa palabra, gradual, se supone que tranquiliza. Puede lograr lo contrario. La escalada gradual sigue siendo escalada. Y en un país donde la protesta social es uno de los lenguajes centrales de la vida política, la línea entre restablecer la circulación y criminalizar la disidencia puede volverse muy difusa, muy rápido.

El peligroso pacto de América Latina
La Central Obrera Boliviana, que impulsa las protestas exigiendo la renuncia de Paz, rechazó la decisión del Senado. También lo hizo la Vicepresidencia. Su resistencia indica que este no es solo un conflicto entre el gobierno y los bloqueadores. Es también un conflicto dentro del Estado, en términos de autoridad, y en el debate no resuelto de Bolivia sobre cuánta fuerza puede usar una democracia contra la movilización social.
El problema del gobierno es real. La Paz y El Alto no pueden permanecer como rehenes de la escasez indefinidamente. Los hospitales necesitan suministros. Las familias necesitan comida. El combustible no puede tratarse como un lujo opcional en ciudades construidas sobre una geografía difícil y cadenas de distribución frágiles. Un Estado que no puede garantizar el movimiento básico comienza a parecer débil. La debilidad invita a más presión.
Pero la rabia de los manifestantes también surge de causas sociales reales. Los bloqueos en Bolivia no surgen de la nada. A menudo nacen de demandas salariales, desconfianza hacia reformas, problemas de combustible, agravios indígenas, presión sindical y la creencia de que las decisiones nacionales se toman por encima de las cabezas de quienes pagan primero el costo. Los bloqueos son disruptivos porque están diseñados para serlo. También son una de las pocas herramientas que los movimientos rurales y sindicales creen que pueden obligar a los gobiernos a escuchar.
Para América Latina, la crisis boliviana es una advertencia en un momento regional tenso. En todo el continente, los Estados enfrentan crimen organizado, presión fiscal, agotamiento social, desconfianza en los partidos y crecientes demandas de orden. Los poderes de emergencia se vuelven políticamente tentadores. Los presidentes pueden argumentar que las herramientas normales son demasiado lentas para crisis anormales. Los ciudadanos que sufren escasez o violencia pueden estar de acuerdo.
El peligro es que la emergencia se vuelva costumbre. Una vez que el Estado aprende a gobernar mediante la excepción, los límites democráticos pueden empezar a verse como obstáculos en vez de salvaguardas. La historia latinoamericana está llena de gobiernos que prometieron fuerza temporal y dejaron heridas permanentes.
El caso boliviano es especialmente importante porque se sitúa en la encrucijada de la movilización indígena, la política de recursos, el poder sindical y una autoridad ejecutiva frágil. Si Paz invoca el estado de excepción y usa la fuerza enérgicamente, puede reabrir caminos pero perder legitimidad en el altiplano. Si no hace nada, la escasez puede erosionar la confianza en su gobierno. Si negocia sin poder de negociación, los manifestantes pueden percibir retirada. Cada camino conlleva riesgos.
Por eso la pregunta no es solo si el estado de excepción es legal. Es si es políticamente sensato, socialmente sostenible y compatible con los derechos humanos.
Las carreteras de Bolivia se han convertido en el escenario de una prueba nacional. De un lado está el Estado, argumentando que el orden debe restablecerse antes de que la escasez colapse las ciudades. Del otro, movimientos que ven los poderes de emergencia como el primer paso hacia la represión. Entre ambos, los bolivianos comunes cuentan el precio de la comida, el combustible que queda en el tanque y la larga memoria del país sobre lo que ocurre cuando el Estado decide que ha llegado a su límite.




