ANÁLISIS

Elecciones en Colombia enfrentan al Tigre contra el sobreviviente de la izquierda mientras aumentan las apuestas regionales

El avance de Abelardo de la Espriella en la primera vuelta y el voto resiliente de Iván Cepeda por la izquierda han llevado a Colombia a un contundente balotaje el 21 de junio, poniendo a prueba los temores de seguridad, el legado de Petro y el creciente debate latinoamericano sobre democracia, crimen, mercados, memoria histórica y equilibrios de poder regional.

Un balotaje nacido del cansancio

La primera vuelta en Colombia no solo eligió a dos finalistas. Expuso a un país que vota con un ojo en la urna y el otro en el camino de regreso a casa, donde la extorsión, los grupos armados y viejos duelos aún ocupan la imaginación pública. Con el 99.8% de las mesas escrutadas, De la Espriella, el candidato de ultraderecha de Defensores de la Patria, superó los 10 millones de votos, o el 43.73%. Al mismo tiempo, Cepeda, del gobernante Pacto Histórico, lo siguió con 9.6 millones, o el 40.91%, según la Registraduría Nacional. Ninguno alcanzó la mitad más uno requerida.

De la Espriella rompió la narrativa de las encuestas que lo ubicaban detrás de Cepeda, y luego absorbió gran parte del voto antiizquierda que el conservadurismo tradicional creía que aún le pertenecía. Paloma Valencia, senadora del Centro Democrático, quedó tercera con 1.6 millones de votos, o el 6.92%, muy por debajo de los 3.2 millones que obtuvo en la primaria de centroderecha del 8 de marzo. Sergio Fajardo obtuvo el 4.25%. Claudia López quedó por debajo del 1%, detrás del voto en blanco.

Ese colapso del centro es el trueno poco reportado de la elección. Un voto en blanco de 406,830 papeletas, o el 1.71%, superó a seis candidatos. En un ciclo normal, eso podría ser irritación cívica. Aquí se lee como agotamiento con el centro gerencial, que alguna vez prometió decencia y calma tecnocrática. Los votantes se agruparon en dos campos emocionalmente legibles: castigo y memoria, orden y reparación, el puño y la herida.

Iván Cepeda. EFE

Dos biografías, una vieja herida

De la Espriella llega como un outsider hecho para la cámara, un abogado penalista y empresario de 47 años que ha representado a clientes controvertidos como Alex Saab y David Murcia Guzmán. En los reportajes y entrevistas de EFE, las frases que quedan son teatrales: un “puño de hierro”, Elon Musk como “compadre”, Colombia transformada en un país de emprendedores. Admira a Donald Trump, replica a Nayib Bukele y envuelve su campaña en saludos, valores familiares y política antiaborto. Es una ley, una marca, un disco de tenor, una etiqueta de ron y un mito de redes sociales, todo a la vez.

En América Latina, donde las instituciones suelen llegar tarde y la violencia temprano, el estilo político no es un accesorio. Es una promesa de sustitución del Estado. El atractivo regional de Bukele nunca fue solo por las tasas de homicidio. Era el comando visible, el espectáculo de un líder imponiendo orden sobre el caos. De la Espriella ofrece una traducción colombiana: menos tecnócrata, más vengador; menos maquinaria partidista, más patriarca con micrófono. Para los colombianos cansados de la “paz total” inconclusa de Petro, esa actuación puede sentirse menos como ideología y más como refugio.

La biografía de Cepeda tira hacia el otro lado, hacia los muertos que nunca se fueron del todo. Filósofo formado en derecho internacional humanitario, se ha descrito, en palabras de EFE, como un “sobreviviente de genocidio político”, marcado por el exilio y el asesinato en 1994 de su padre, el senador de la Unión Patriótica Manuel Cepeda Vargas. Su vida pública creció desde la defensa de las víctimas, Movice, y los debates en el Congreso sobre paramilitarismo, que lo convirtieron en antagonista persistente del uribismo.

Cepeda no es solo el candidato de continuidad de Petro. Sin embargo, su fórmula con la líder indígena Aída Quilcué defiende la reforma agraria, la transición energética y la negociación con grupos armados. Es la apuesta de que Colombia puede gobernar desde la memoria sin quedar atrapada en ella. Su papel en el acuerdo con las FARC de 2016 y los diálogos con el ELN le da credenciales negociadoras, pero lo deja expuesto a la acusación central contra la izquierda: que las conversaciones se han convertido en tiempo comprado por los armados más que en paz entregada a los ciudadanos.

Votación en Bogotá, Colombia. EFE

América Latina observa el péndulo de la seguridad

El balotaje ahora se convierte en un referendo sobre Petro, pero también sobre el ciclo latinoamericano que siguió a la pandemia: esperanza en la reforma social, decepción en la ejecución y el regreso de la seguridad como el lenguaje político más contundente. Reuters reportó una participación cercana al 58%, dejando a ambas campañas margen para buscar abstencionistas antes del 21 de junio. También señaló que los votantes de derecha podrían consolidarse detrás de De la Espriella tras una primera vuelta que dispersó el apoyo conservador y centrista.

Para la región, una victoria de De la Espriella anunciaría que el modelo Bukele ya no es una excepción centroamericana, sino una tentación andina portátil. Colombia no es El Salvador. Es más grande, más descentralizada, atada a rutas de cocaína, inestabilidad venezolana, puertos del Pacífico y corredores caribeños. Un giro fuerte hacia megaprisiones, ofensivas militares y una alineación ideológica más cercana a la Washington de la era Trump tendría repercusiones en vecinos donde la ciudadanía exige seguridad mientras los tribunales, cárceles y sistemas de derechos humanos se ven sobrepasados.

Una victoria de Cepeda enviaría otro mensaje: que la izquierda post-Petro puede sobrevivir si habla no solo de redistribución, sino también de control territorial. Su agenda de tierras, derechos de las víctimas y transición energética toca las fallas más profundas de la región, desde la dependencia extractiva hasta la soberanía indígena. Sin embargo, los datos muestran que no puede ganar solo por herencia moral. El cuarenta por ciento es sólido. No es suficiente. La izquierda debe convencer a los colombianos de que la paz no es permisividad, que la reforma no es deriva y que la memoria puede proteger a los vivos tanto como honrar a los muertos.

En Bogotá, Barranquilla y pueblos donde el Estado sigue siendo un rumor con sello, la segunda vuelta se siente menos como una elección entre programas que como una elección entre miedos. Miedo a la cura autoritaria. Miedo a la impunidad criminal. Miedo a que la promesa de Petro se haya agotado. Miedo a que la vieja derecha regrese con ropas nuevas.

Lea También: La violencia en la campaña de Colombia convierte la división de la derecha en la prueba más dura para la democracia

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