ANÁLISIS

La apertura económica de Cuba divide a la Revolución de su propia izquierda

Las profundas reformas económicas de Cuba y el repentino ascenso del nieto de Raúl Castro como canal extraoficial hacia Washington están provocando una rebelión inusual, no de disidentes en el extranjero, sino de socialistas que temen que la Revolución esté entregando en silencio su alma económica.

La disidencia viene desde adentro

Durante décadas, La Habana ubicó a sus críticos más ruidosos en Miami y Washington. Ahora la inquietud proviene de su propia izquierda militante.

El detonante fue el anuncio sorpresivo y la rápida aprobación de 176 medidas destinadas a liberalizar y descentralizar la economía. El gobierno califica los cambios como urgentes y necesarios, insistiendo en que no representan una transición al capitalismo. Entre miembros del Partido Comunista, medios de izquierda, activistas juveniles e intelectuales socialistas, esa garantía no ha zanjado el debate.

El temor no es simplemente que crezca la empresa privada. Cuba ya conoce el acceso desigual a divisas fuertes. La preocupación más profunda es que las reformas puedan cambiar silenciosamente quién posee el poder económico, quién toma las decisiones y quién se beneficia de los activos nacionales, mientras el lenguaje revolucionario permanece.

El medio digital cubano Punto y Aparte describió partes del paquete como un regreso al “capitalismo puro y simple”, según EFE. Su editorial advirtió que las medidas podrían profundizar la desigualdad y equivaler a una rendición ante una nueva burguesía doméstica y el capital financiero internacional.

Ese es un lenguaje inusualmente directo dentro de un sistema donde el desacuerdo ideológico suele tratarse como deslealtad. La crítica no pide que Cuba abandone el socialismo. Acusa al Estado de abandonar el socialismo sin consultar al pueblo.

Un informe interno de militantes del Partido Comunista llega a una conclusión similar. Titulado “Avanzando el socialismo a través del poder popular”, sostiene que algunas reformas exceden lo que los cubanos históricamente han considerado admisible y chocan con el sentido social que generaciones aprendieron a asociar con el socialismo.

Esta es la contradicción central. Un gobierno construido sobre la propiedad colectiva y el sacrificio popular exige confianza mientras cambia rápidamente las reglas económicas, desde arriba y con limitada deliberación pública.

Foto de archivo de vehículos circulando por las calles de La Habana, Cuba. EFE/Ernesto Mastrascusa

La descentralización económica puede ser necesaria sin ser democrática.

Alejar la autoridad de los ministerios puede ayudar a que los gobiernos locales, cooperativas y empresas respondan más rápido. Una mayor iniciativa privada puede generar empleo y liberar energía productiva atrapada por la burocracia. Pero la descentralización puede convertirse en privatización con otro nombre si los activos públicos y las oportunidades rentables fluyen hacia personas con conexiones familiares o acceso privilegiado.

Por eso, los críticos de izquierda en Cuba plantean la pregunta que los reformistas de mercado suelen evitar: ¿descentralización hacia quién?

Alejandro Sánchez, secretario de la Unión de Jóvenes Comunistas en la Universidad de La Habana, argumentó en redes sociales que el poder no puede seguir ejerciéndose solo desde arriba. Pidió mayor participación y control popular. Su lenguaje llega al corazón de la disputa. El socialismo sin participación significativa se convierte en administración. La reforma de mercado sin supervisión pública puede convertirse en oligarquía.

América Latina ya ha visto esta transición antes. Los activos estatales se declaran ineficientes, la reforma se vuelve inevitable y un grupo reducido gana influencia antes de que los ciudadanos comunes entiendan las reglas. El resultado suele ser un capitalismo con conexiones políticas nacido dentro del viejo Estado.

Si las reformas en Cuba benefician a quienes tienen dólares, contactos, acceso a viajes o cercanía oficial, la desigualdad no será un efecto secundario accidental. Estará incorporada en la apertura.

La urgencia del gobierno es comprensible. Un Estado no puede preservar garantías sociales solo con consignas si su economía no puede sostenerlas. Pero la urgencia no puede justificar el secretismo. Cuanto más rápida la transformación, mayor la necesidad de audiencias públicas, criterios transparentes, auditorías y protecciones contra la captura por parte de insiders.

Los críticos no defienden la parálisis. Defienden la idea de que los cubanos comunes deben ayudar a decidir qué la reemplaza.

Foto de archivo del nieto del expresidente Raúl Castro, Raúl Guillermo Rodríguez Castro, en La Habana, Cuba. EFE/Ernesto Mastrascusa

El nieto y la herencia revolucionaria

La disputa económica se ha fusionado con un símbolo político: Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto y escolta del expresidente Raúl Castro.

Rodríguez Castro no ocupa ningún cargo formal en el gobierno, pero ha surgido implícitamente como referente cubano en los contactos con Estados Unidos. Ese papel enfurece a los críticos que ven cómo el privilegio hereditario toma forma dentro de una revolución fundada contra el poder heredado.

Michel Torres, presentador del programa estatal Con Filo, escribió que Rodríguez Castro había “usurpado las funciones del gobierno” y asumido un rol público para el que nunca fue elegido. En declaraciones a EFE, Torres defendió el desacuerdo pero insistió en que la unidad debe seguir siendo monolítica porque, en su visión, el enemigo de Cuba está en Miami y Washington, no dentro del Partido Comunista ni del gobierno.

Esa formulación revela la trampa. Los cubanos pueden criticar, pero no tan profundamente como para que la crítica amenace la unidad. Pueden condenar el nepotismo, pero no fracturar el sistema que lo permite. Pueden cuestionar la reforma, pero no debilitar el liderazgo que la lleva a cabo.

La prominencia del nieto importa porque el simbolismo es gobernanza en Cuba. Pero que un familiar no electo actúe como interlocutor con Washington le dice a los ciudadanos que el acceso aún puede viajar por las líneas de sangre, incluso mientras la economía supuestamente se abre.

Esta fractura es más grande que una disputa sobre mercados. La izquierda cubana está desafiando la toma de decisiones concentrada, las élites conectadas y la suposición de que la lealtad revolucionaria exige silencio.

El gobierno puede tener razón en que la reforma no puede esperar. Sus críticos pueden tener razón en que una reforma sin control popular podría vaciar el proyecto social que dice rescatar.

Cuba ahora enfrenta una elección más grande que capitalismo versus socialismo. Debe decidir si la transformación será negociada con su pueblo o entregada como otra decisión ya tomada. Una revolución puede sobrevivir al cambio económico. Es menos seguro que pueda sobrevivir a ser heredada.

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