Ecuador salva ranas mientras el suelo bajo ellas sigue cambiando
En el paisaje rico en ranas de Ecuador, un refugio a las afueras de Quito se ha convertido en un arca frágil. Wikiri Sapoparque muestra cómo la conservación ahora depende de laboratorios, la confianza de la comunidad y un trabajo de rescate constante, mientras la minería, la presión climática, las enfermedades y el tráfico se cierran cada vez más.
Un refugio construido porque lo silvestre ya no es suficiente
En el valle de Los Chillos, a las afueras de Quito, el sonido llega primero. Docenas de ranas croan durante el recorrido por Wikiri Sapoparque, y por un momento, el lugar puede sentirse menos como un esfuerzo de rescate y más como un mundo sano haciendo lo que siempre ha hecho. Pero esa impresión no dura mucho. El parque, impulsado por el centro de investigación Jambatu, existe por una razón sombría. En uno de los países más ricos del mundo en diversidad de ranas, la supervivencia de muchas especies ahora pende de un hilo.
Esa es la contradicción central en la historia anfibia de Ecuador. Es un país de asombrosa abundancia, pero también de creciente precariedad. Mateo Reyes, investigador del Centro Jambatu y guía en el parque, le dijo a EFE algo que impacta precisamente por su sencillez: “Nos encantaría que nuestro trabajo no fuera necesario, pero no es así. Más aún ahora con la minería o el cambio climático”. En una frase, describe la profunda tristeza que subyace a la conservación moderna. Estos lugares existen no porque el orden natural esté asegurado, sino porque no lo está.
Ecuador alberga 709 especies de ranas, y más de 400 están amenazadas o en peligro, según Reyes. Ese número da la magnitud de la crisis, pero aún no su sentimiento. El sentimiento surge al entender lo que realmente es un lugar como Wikiri. Fue creado como la rama educativa del centro de investigación, una forma, como dijo la coordinadora de investigación Andrea Terán a EFE, “de involucrar a la ciudadanía”. También recalcó que la conservación en un país tan “sapodiverso”, con el mayor número de especies por unidad de área, es un reto muy complejo.
Esa palabra, involucrar, importa. La conservación en Ecuador no puede sobrevivir como un ritual científico privado, oculto tras las puertas de un laboratorio. Las ranas del país necesitan técnicos y monitoreo de campo, sí, pero también necesitan imaginación social. Necesitan que la gente entienda que una rana no es solo un adorno de la biodiversidad, sino parte de un antiguo orden vivo que mantiene unidos ríos, bosques, insectos, humedad y memoria. En América Latina, con demasiada frecuencia, las criaturas más ligadas a la salud de la tierra solo se hacen visibles cuando están cerca de desaparecer. Wikiri intenta interrumpir ese viejo patrón haciendo que los ciudadanos sean testigos antes de que se conviertan en dolientes.
El parque alberga alrededor de 70 especies de ranas, 35 de ellas forman parte de programas de investigación y conservación en laboratorio. Algunas se comercializan legalmente en el mercado internacional como mascotas para ofrecer una alternativa al tráfico ilegal de anfibios. Ese detalle es incómodo, pero revelador. Ecuador se ve obligado a defender la vida frágil usando herramientas pragmáticas porque las amenazas ya son demasiado numerosas y organizadas para responder solo con pureza.

Cuando la conservación empieza a parecer medicina de emergencia
Las presiones mencionadas en el texto original no son abstractas. El tráfico ilegal sigue siendo una de las principales amenazas, no solo por la extracción masiva de animales de sus hábitats naturales, sino por las enfermedades que ese movimiento propaga. La minería aparece como otra sombra sobre el paisaje. El cambio climático se cierne sobre todo, menos visible en el momento, pero implacable en su alcance. Juntas, crean la condición que ahora define la conservación de anfibios en Ecuador: urgencia.
Uno de los ejemplos más claros es el jambato de Intag, una especie marrón con puntos amarillos en la espalda, que se consideró extinta tras no ser vista desde 1989. En 2016, una expedición redescubrió una población en el valle de Intag, en la provincia andina norteña de Imbabura. Más tarde, se encontró una segunda población, y esas dos siguen siendo las únicas poblaciones naturales conocidas. Debería haber sido una historia triunfal, el tipo de relato que los conservacionistas esperan años para contar. Pero en Ecuador, el redescubrimiento ya no significa seguridad. Ambas poblaciones están ubicadas dentro de concesiones mineras.
Ahí es donde la historia deja de ser meramente biológica y se vuelve política. Una especie puede volver a ser visible y seguir atrapada dentro de un modelo de desarrollo preparado para borrarla. En ese sentido, la crisis de las ranas en Ecuador es también una lección sobre cómo se comporta el extractivismo latinoamericano. Rara vez llega anunciándose como enemigo de la belleza o la vida. Viene envuelto en el lenguaje de la necesidad, el crecimiento y el uso. Pero desde el punto de vista de la rana, desde el punto de vista del ecosistema, desde el punto de vista de un país que sigue aprendiendo cuánto está perdiendo, el resultado es el mismo. El hábitat se reduce. La supervivencia se vuelve técnica. Lo que debería ser una continuidad natural se convierte en una emergencia gestionada.
Por eso Jambatu y Wikiri lanzaron en julio del año pasado una prueba de reintroducción con individuos criados en laboratorio en una de las zonas del valle que no están concesionadas. En esa primera liberación, soltaron alrededor de mil individuos, entre adultos, juveniles y renacuajos. Reyes contó a EFE que parabiólogos formados por el centro entran al bosque todos los días para evaluar el estado de las ranas. Agregó que el éxito no depende solo de la supervivencia, sino de si logran reproducirse en libertad.
Esa es una frase extraordinaria porque resume la ambición moral del proyecto. El verdadero éxito no es que una rana viva un poco más bajo supervisión humana. Es que una rana regrese a un mundo donde pueda volver a ser común.

Lo que las ranas de Ecuador revelan sobre el país mismo
Otra especie en el centro de estos esfuerzos es el jambato limón, una especie negra y amarilla del género Atelopus y nativa de la Amazonía ecuatoriana. Desapareció hace más de una década debido al mortal hongo quítrido y la construcción de carreteras en su hábitat en Morona Santiago, donde parte del ecosistema fue sepultado. El pasado agosto, tras 10 años, se realizó una prueba de reintroducción de la especie.
Lea eso con atención, y el mensaje más amplio se vuelve ineludible. En Ecuador, las ranas están desapareciendo no por una sola catástrofe aislada, sino porque múltiples formas de alteración están convergiendo. Hongos. Construcción de carreteras. Minería. Tráfico ilegal. Presión climática. La conservación, por lo tanto, debe convertirse en parte santuario, parte laboratorio, parte escuela de campo, parte campaña social. Wikiri se ha convertido en una pieza clave para evitar la desaparición de algunos de los anfibios vulnerables del país precisamente porque el paisaje más amplio ya no puede protegerlos por sí solo.
Esa es la verdad más inquietante en los reportajes y entrevistas de EFE. Un parque a las afueras de Quito ahora sirve de refugio para especies que deberían haber podido persistir en bosques, valles y hábitats amazónicos sin necesitar un arca. La riqueza anfibia de Ecuador sigue siendo real, pero ya no significa seguridad. Significa responsabilidad bajo presión.
Hay algo profundamente latinoamericano en esa tensión. La región es famosa por su abundancia, pero tan a menudo se ve obligada a una postura defensiva para preservar lo que esa abundancia alguna vez prometió. Un lugar como Wikiri Sapoparque se convierte en algo más que un centro de conservación. Se convierte en testigo de una paradoja nacional. Ecuador todavía tiene las ranas. Todavía tiene el conocimiento. Todavía hay personas dispuestas a entrar al bosque cada día para medir si la vida está regresando. Pero el hecho de que este esfuerzo sea necesario ya es una advertencia en sí misma.
Las ranas siguen cantando en Los Chillos. Esa es la parte esperanzadora. La parte más difícil es entender por qué necesitan tanta ayuda para seguir haciéndolo.
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